martes, 9 de octubre de 2007

Review 'La extraña que hay en mí (The Brave One)'

Cuidadito con el mensaje
Neil Jordan factura un filme donde su principal traba es un endeble guión debilitado por lo ambiguo de su contenido y donde destaca una Jodie Foster excepcional.
Mucho se ha equiparado en deliberada comparación entre ‘The Brave One’ y ‘Taxi Driver’. Si en la obra maestra de Scorsese Travis Brickle, el desequilibrado justiciero en busca de maleantes a los que aniquilar era un marine insomne que volvió de la Guerra de Vietnam con un síndrome paranoide dilatado por el rechazo de la sociedad y el retraimiento alienatorio, aquí Erica Bain es una locutora de radio que regresa de un coma tras una brutal agresión por unos pandilleros que asesinaron a su futuro marido y han dejado secuelas psicológicas irreparables y un pánico a los plácidos lugares sobre los que solía transitar. Ambos, de distintas formas, son incapaces de integrarse en una colectividad social, marcados por una vida de prejuicios y una personalidad a punto de estallar violentamente. Entre tanto, el Nueva York de ‘Taxi Driver’ parece no haber cambiado mucho después de treinta años, en su concepción gris y pútrida, donde habita la delincuencia en cualquier recóndito lugar del cosmos urbanita.
Sin embargo, lejos del calado emocional de trastorno y enajenación de Scorsese, aquí no existen coartadas para la violencia. Se trata simple y llanamente de odio y rabia, lo que hace al personaje de Jodie Foster (otro punto en común con ‘Taxi Driver’) se entronque más al furibundo y resentido Paul Kersey que personificó Charles Bronson en ‘Death Wish (El justiciero de la ciudad)’, de Michael Winner, que a los conceptos sociopolíticos del filme de Scorsese. Entre otras cosas, por la médula impulsiva que reporta la irascible violencia; el asesinato de una esposa y la violación de la hija en un caso y la paliza mortal del prometido del otro. De Bickle, Erica Bain hereda la voz en off de sus pensamientos, de su inercia impotente por la justicia violenta y poética, el aislamiento al que la ha sometido el miedo y la narración subjetiva que va interrogando por sus acciones. Pero ahí se acaban los parecidos, si descontamos que en ‘The Brave One’, Erica Bain también utiliza su arma por primera vez en una licorería y nuestra antiheroina exonera a una prostituta hispana de su mezquino chulo.
Esta película dirige su reprobación contra la ineficiencia de un sistema legal irregular e injusto, evidenciando desde los primeros compases del largometraje que la justicia es imperfecta y parcial, trazando un desdoblamiento capcioso ajeno al propio caso de Erica, el de un narcotraficante que ha asesinado a su mujer haciendo que parezca un suicidio para que no testifique contra él y que es, obviamente, la arbitrariedad que hace cuestionarse al detective Mercer (un correcto Terrence Howard) la iniquidad del Orden Legal que maneja el Estado de Derecho.
Definido quiénes son los buenos (esta pobre mujer que ha perdido a su novio y un agente de homicidios honesto e íntegro) y quiénes son los malos (la gente de mal vivir que abusa de la injusticia y, por supuesto, los hombres que atacaron a la pareja en Central Park), los guionistas Roderick y Bruce Taylor y Cynthia Mort ya tienen los elementos necesarios para iniciar su particular espectáculo de balas y rabia populachera. Escudándose en el dolor que jamás desaparece tras una muerte cercana, la irreversibilidad de la carencia, la soledad y las contradicciones morales que provocan los actos violentos de la locutora, ‘The Brave One’ aboga por el desaliento silencioso que incita al estallido de ira y al reprochable derecho natural a la venganza que anida en el ser humano.
Neil Jordan, veterano e intachable cineasta de calidad sabe sacar partido del endeble guión, pues crea con habilidad y equilibrio la atmósfera visual y narrativa que requiere este ‘thriller’, empujando al espectador a la odisea traumática del personaje al que da vida Jodie Foster que es lo más destacado de la función, sabiendo acumular la humanidad llena de contrastes gracias a su desbordante talento y siendo capaz de llenar la pantalla y hacer creíble lo increíble. Serpenteando sobre la línea de lo políticamente incorrecto, pero sin serlo, el filme utiliza la heroicidad femenina como elemento de paridad, transformando a una mujer aislada y temerosa en una asesina justiciera inmersa en una espiral de ira, con el fin de encontrar una retribución a su dolor, sin tener en cuenta los límites que excede. En su cometido, la película se conforma con ser arbitraria y desquilibrada en su funcionalidad de ‘thriller’, sin tener en cuenta la posibilidad de que su protagonista también sea una desequilibrada que se deja llevar por la ceguera de su enardecimiento e incapacitada para apreciar debidamente sus circunstancias. Sus crímenes no vienen dados por una reflexión de dudas internas, de tragedia interior y tormento, si no por la animadversión contra su miedo, que generaliza a todo el que le rodea, lo que sitúa toda la parábola en un mero instinto, un pretexto argumental que justifique la venganza.
Entre tanto, el filme de Jordan se recrea en las oscilaciones emocionales de Erica y Mercer, que nunca terminan de definir a unos personajes que desfilan por un camino impreciso, marcado por los casualistas encontronazos de un destino dibujado por unos guionistas que abogan por el sensacionalismo moral de las acciones de ambos roles. Mientras una mata y hace el trabajo sucio, el otro se acomoda en su función de poli bueno que acepta los condicionamientos de su trabajo dentro de la legalidad. Ni siquiera se atisba, aunque se insinúe, una epítome de la violencia que anida en el norteamericano medio que vive con miedo desde los atentados del 11-S, por mucho que se haga énfasis en ello, pues en su desenlace, el resentimiento y la venganza parecen que ayudan amortiguar el dolor en vez de destruir, como sería lo lógico.
Parábola de ambigüedad ética sobre las determinaciones morales, bien podría acusarse al filme de cierto reaccionarismo, ya que en su discurso final, con un ‘happy end’ incluido, se desliga de cualquier censura a la hora de mostrar la filofascista culminación de la venganza, que incluso es autorizada por una improbable y utópica decisión policial, respaldando el impulso de justicia vengativa. Un mensaje muy peligroso en la actualidad de un país cuya legislación es más que permisiva sobre la compra, tenencia y uso de armas de fuego.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007