jueves, 25 de octubre de 2007

José Refoyo y el duro trance de su muerte

Había que recorrer unos cuantos pasos a lo largo de un extenso pasillo, en una casa antigua, bastante fría, pero extrañamente acogedora. Donde se pierden infinidad de anécdotas y recuerdos infantiles. Al final de él, la imagen sempiterna de mis abuelos sentados frente al televisor, unidos en la soledad catódica de una vida que pudieron aprovechar mucho más en conjunto, pero que, al igual que un inconsecuente reflejo de Waldorf y Statler, pasaron durante décadas recluidos en la voluntariedad de la calmada secesión de dos sillones y una mesa que han servido de idílico y reconocible escenario ante esas historias de la televisión. A la derecha, mi abuela Alfonsa, mujer paciente y sufrida donde las haya. A la izquierda, mi abuelo Pepe, todo un personaje al que no volveré a ver en lo que queda de vida y al que la estirpe de los Refoyo echará de menos más que nunca.
El pasado jueves moría después de una larga enfermedad respiratoria que fue consumiendo su vida lentamente, hasta extinguir la débil llama que avivaba su enflaquecida energía. Hasta entonces, la muerte había respetado a mi familia, en su totalidad, por ambos linajes genealógicos desde mis cuatro abuelos, dilatando un difícil privilegio que debía romperse por una cuestión tan cruel como natural. El hecho de la pérdida de un ser querido me había golpeado de cerca, pero desde una perspectiva secundaria, a través de amigos muy próximos que han sufrido este duro trance que deja una herida abierta difícil de cerrar, mucho más directamente que la defunción de un viejo cascarrabias tendente a la blasfemia, a la hosquedad y al ascetismo que pocas veces dejó la puerta abierta al sentimentalismo o al humor. Así era él, un hombre cerrado, pero lleno de historia y carácter, el que ha marcado a una familia que no responde al término de unión hogareña precisamente. Fue parte de esa intrahistoria que definió Unamuno en estos lares. Para llegar a la difícil idiosincrasia de José Refoyo había que tener vocación y paciencia, porque sólo así, siendo fiel a su enmohecido pensamiento ancestral, se podía llegar a entender su grandeza y su calma. Tuvo muchos defectos, por supuesto, pero también muchas virtudes. No voy a extenderme a modo de disertación fúnebre de panegírico subjetivo. Lo que en realidad me invade estos días es un sentimiento de culpa del que no puedo desprenderme, debido a que en tan amargo trance, mis progenitores optaron por ocultarme la muerte de mi abuelo, prescindiendo así del mal trago que hubiera dado al traste las vacaciones que pasaba en Menorca junto a Myrian. Una decisión que me alejó de mi familia cuando más apremia la necesidad de compañía y fraternidad. Sin ningún tipo de reprensión hacia ellos, siento que he fallado a todos por no estar a su lado, por no vivir un lapso tan duro como significativo. Como escribió Ciorán, cuando la muerte te toca de cerca, uno cierra los ojos dejándose sumergir en el caos de un sueño que une la realidad y conciencia. Pero percibo que no es suficiente. Tal vez la muerte no sea más que una experiencia, pero ella es la experiencia misma. Y la muerte de mi abuelo me hace pensar, como a todo el mundo que ha pasado por ello, que el único efugio que redime de la insignificancia, el olvido y el silencio es el buen recuerdo de aquel que se ha ido.
Abuelo Pepe, allá donde estés, siempre tendrás un espacio privilegiado en mis recuerdos, conmigo y llevaré tu apellido con más orgullo que nunca.