domingo, 5 de agosto de 2007

Review 'Harry Potter and the Order of the Phoenix'

Redundante calvario ‘shakesperiano’
Esta nueva película del niño mago es un cúmulo de reiteraciones que la convierten en un filme de transición dentro de una saga que ha ido perdiendo su fascinación e interés.
Por quinta vez en seis años, el fenómeno comercial con éxito asegurado en taquilla llamado Harry Potter regresa a las pantallas dejando se ser tan niño y pasar a ser un traumatizado mago convertido en una celebridad de nuestro siglo. Un fenómeno literario y cinematográfico que sigue siendo la gallina de los huevos de oro, inagotable fuente de ingresos, para su multimillonaria autora, la escocesa J. K. Rowling. ‘Harry Potter y la Orden del Fénix’ es, así de entrada, la prevista muestra de decadencia de este imperturbable icono de la cultura lúdica contemporánea.
La consecuencia de que una saga tan extensa como es la de Potter haya ido perdiendo paulatinamente fuerza es la sensación que desprende el reiterativo y monótono del proceso de crecimiento y problemas de un protagonista cada vez más resentido y atormentado. La fantasía iniciada tras las cámaras por Chris Columbus ha frecuentando hasta la extenuación sus virtudes, pero también ha enfatizado los defectos y menoscabos de sus películas. La constante autoreferencia y la obstinación por ubicar en la historia del mago una perspectiva ensombrecidamente ‘shakesperiana’ han terminado por convertir a Harry Potter en una víctima de un dramón de dimensiones argumentativas redundantes y pretenciosamente trascendentes.
Para esta nueva película se ha recurrido a David Yates, un director sin apenas carrera cinematográfica que ha llegado del mundo televisivo para narrar este quinto libro adaptado a la gran pantalla por Michael Goldenberg la novela más extensa escrita por Rowling y, paradójicamente, la más sucinta en metraje de las llevadas a cine hasta la fecha. En ella, la aparición de Lord Voldemort ha abierto un debate entre los que creen en la profecía sobre su regreso y los que piensan que es una invención de Harry, que percibe un aislamiento por parte de casi todos. Además, deberá enfrentarse al gobierno del mundo mágico y a las autoridades de Hogwarts, que pasarán a manos de la suma inquisidora Dolores Umbridge, quien termina sustituyendo al mismísimo Dumbledore, la figura paterna de la saga.
Parece que ésta es la historia de transición de la saga, porque tras más de dos horas y media viendo al pobre Potter sufrir sin remedio, esperando su debilitado enfrentamiento a un cada vez menos apocalíptico y más cercano Voldemort, no pasa absolutamente nada nuevo que no hayan insinuado o sugerido en el pretérito de esta epopeya que ha agotado su fascinación e interés a pasos agigantados. Y eso, teniendo en cuenta que cada vez que aparece una nueva película, la venden como la más oscura y terrorífica, cosa que aquí podría suceder, si no fuera por el letargo con que va avanzando un filme que, sin ser torpe ni falto de calidad, sí adolece de ciertos elementos de fantasía que brillaron con acierto en algunos títulos precedentes.
El gran problema de ‘Harry Potter y la Orden del Fenix’ es que carece de tensión y misterio. Y no por falta del talento de Yates, que prolonga la estela de los grandes nombres a los que ha sucedido, exhibiendo una adecuación muy moderada sin apenas exuberancias técnicas y alejándose de cualquier ánimo de énfasis en su recreación de la mortecina atmósfera que invaden los recintos cerrados de Hogwarts, pues en este capítulo, los espacios abiertos apenas tienen cabida. La pena es que ese material argumental que gira en torno al espeluznante augurio de la amenaza que se cierne sobre el mundo mágico no posee ningún tipo de fascinación y fantasía. A ésa reiteración de estructuras, donde el destino de Potter parece siempre el mismo, hay que sumar que la saga ha perdido cualquier dote estilística, sobre todo, porque el mundo de Hogwarts y la nigromancia de los libros están definidos desde su primera parte, diseñados y prefabricados, virando tan sólo a tonos más sombríos y a temas un poco más ocres y, supuestamente, más adultos.
Empero, en esta ‘Harry Potter y la Orden del Fénix’ está muy presente la represión, la censura y el sometimiento de un régimen estricto que coarta a los alumnos de Hogwarts y hace débiles a los que se someten a las restricciones. De ahí que aparezca esa organización secreta estudiantil liderada por Harry que instruye a los escolares para combatir el mal. Sin embargo, todas las intenciones por conferir a la historia un cierto dramatismo y oscura gravedad no se cristaliza en nada concreto, lo que convierte a esta quinta entrega en la más infértil de todas. Incluso los personajes, empezando por Harry, Hermione y Ron (Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint), empiezan a resultar particularmente insufribles y antipáticos, sin gracia, que se mueven por los débiles impulsos de un guión mal dibujado que da exagerada preeminencia a la nueva incorporación de Imelda Staunton como Dolores Umbridge y amplifica tanto su espacio que termina por doblegar a otros personajes para dejarlos en simples cameos. Como es el caso de los roles de Maggie Smith, Alan Rickman, Robbie Coltrane, Fiona Shaw, Julie Walters, Robbie Coltrane, Jason Isaacs, David Thewlis, Brendan Gleeson, Emma Thompson e incluso Ralph Fiennes (aunque ese halo de misterio como antagonista del mago adolescente sea el culpable de su escaso tiempo en pantalla). Por supuesto, es más importante otorgar la supremacía protagónica al calvario de Harry, donde no se duda en recurrir a multitud de ‘flashbacks’ para explicar que el aprendiz de mago tiene pasado y la evolución de su personaje conlleva una responsabilidad que han hecho de él un sufridor víctima de su pasado, de su linaje y de aquellos que le rodean, convirtiéndole en un ser circunspecto y sin ningún sentido del humor.
Lo más llamativo de esta ‘Orden del Fénix’ está en una insinuación argumental que, a pesar de que en anteriores capítulos había permanecido inteligentemente disimulada en el fuliginoso crecimiento de Harry Potter, en esta quinta entrega se establece como tangible. Se trata un paralelismo respecto a ‘Star Wars’ casi sonrojante, sobre todo en la alusión a la parte oscura de Potter, cuando su ira y el “lado oscuro” están a punto de sucumbir a la seducción del Señor Tenebroso, de sus motivaciones y desasosiego vital por soportar el peso de su maldición y, sobre todo, a esas ridículas luchas de varitas mágicas como si fueran espadas láser o el combate final entre Dumbledore (el Obi Wan Kenobi particular del chaval) y Voldemort. Todas estas situaciones ya se han visto hasta la extenuación en las Trilogías de George Lucas. Sólo faltaría que en próximas películas se desvele que Voldemort es, en realidad, el propio padre de Harry.
En definitiva, esta última (hasta el momento) película de Harry Potter es un filme que entusiasmará al público habituado a los lances del héroe literario y dejará frío y decepcionado al espectador que ha seguido con interés las películas sin ser un ferviente lector. ‘Harry Potter y la Orden del Fénix’ es un cúmulo de situaciones reiterativas con graves carencias de hipnotismo, como ese el vuelo nocturno con las escobas por Londres (que tanto recuerdan a ‘Peter Pan’), el adiestramiento secreto del ejército de Dumbledore encabezado por Potter, los fuegos artificiales de los gemelos Weasly, el hermano gigante de Hagrid… Eso sí, al menos Yates ha rehuido del tan sofocante ‘quidditch’. Y es que la saga de Harry Potter ha pasado a ser un producto exclusivamente destinado a los fans de un libro que, por lo visto, va perdiendo interés y misterio en cada nuevo capítulo. En la actualidad, J.K. Rowling acaba de firmar la última novela con las aventuras de Potter. A ver si es verdad.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007