jueves, 26 de julio de 2007

Review 'Transformers'

El “momento alegre” de Michael Bay
Las expectativas de la megaproducción de DreamWorks y Paramount se saldan con otra muestra de Michael Bay por la incontinencia y el énfasis por lo ostentoso en un filme que cuenta con la gran virtud de no aburrir.
Un concepto tan legendario y conocido como ‘Transformers’, aquéllos juguetes popularizados en los 80 por el sello Hasbro que alcanzaron un éxito internacional de tal magnitud que incluso fue llevado a viñetas por la Marvel y a derivaciones de dibujos animados, no podía dejar de ser un reclamo para esa floreciente fiebre de Hollywood por el ‘remake’, las secuelas y la restitución de símbolos del pasado, bien sean catódicos o, en este caso, populares, recuperados de un simple recuerdo nostálgico. El caso es materializarlo en forma de ‘blockbuster’. Toda esta maquinaria económica circunscrita a ‘Transformers’ ha sido explotada por un genio del entretenimiento como Steven Spielberg, sagaz productor generador de algunos de los títulos más taquilleros de la historia del cine, aliándose, para la ocasión, con Michael Bay, uno de los más conocidos entusiastas de la acción descocada y derroche testosterónico.
La fusión da como resultado una publicitada propuesta preconcebida únicamente con un ‘target’ delimitado a la juventud y al consumidor de cine comercial que, bajo una diluida añoranza de estos juguetes generacionales, se sustenta en unos personajes de fácil asimilación, simpleza argumental, algo de simulada ingenuidad en su conjunto y mucha y delirante acción. Tanta, que llega a convertirse en la razón de ser de un producto de consumo rápido. Instantáneo. Por eso, la virtud (o defecto) de esta nueva traca de Michael Bay es que no engaña a nadie. Como sus precedentes, este filme es al cine lo que la hamburguesa a la comida rápida. En esencia, imágenes que discurren con cierta celeridad, ritmo impostado de montaje que expone un dinamismo y ritmo eficiente y un tono que subvierte la formalidad fílmica para conferirle una pátina de humor y cinismo muy estudiado.
‘Transformers’ sigue narrando esa lucha milenaria entre dos razas de robots alienígenas que llegan a la Tierra desde el planeta Cybertron enfrentados por el destino del universo. Estos robots extraterrestres se dividen en dos grupos, los Autobots liderados por el mítico Optimus Prime y sus eternos enemigos, los malvados Decepticons, liderados por Megatron. Sin perder ese fondo argumental y la historia genealógica de los dibujos animados de antaño, a la acción hay que añadir un componente humano sobre el que recaiga la parte “dramática” del filme. Y Bay y sus guionistas Roberto Orci y Alex Kurtzman no desaprovechan la ocasión para ofrecer un poco más de los estereotipos y tópicos tan frecuentes en la obra del director de hipertrofiadas producciones como ‘Armageddon’, ‘Pearl Harbour’ o ‘La Isla’. Es decir, historia de típico ‘looser’ que, mediante su arrojo y fuerza de voluntad, logra convertirse en un héroe y salvaguardar, de paso, a la América más melindrosa y falseada de los últimos tiempos.
Por un lado, tenemos un ataque de los decepticons en plena transición bélica en Oriente Medio, donde algunos marines logran sobrevivir a un ataque que pondrá en jaque a las Fuerzas de Seguridad norteamericanas. Por otro, a un chaval algo patoso que sueña con salir con la chica más popular de su instituto (que a su vez, es la novia del capitán del equipo de rugby) al que su padre le compra un coche por sacar tres sobresalientes (sic) que resulta ser un autobot. Por supuesto, las dos historias no tardarán en unirse en un destino común salpicadas por la variabilidad desequilibrante entre la comedia humorística (sobre todo a costa de los padres del protagonista), el absurdo drama sin concesiones a la lógica (inevitable que el marine tuviera una mujer y una hija a la que aún no conoce), la acción pirotécnica sin freno (excepcionales enfrentamientos entre los bandos robóticos) y varios momentos de ‘spot publicitario’ que no podían faltar en una película con el sello de este director otrora creador de vídeos de Playboy. ‘Transformers’ es así un pasatiempo veraniego netamente comercial que sabe jugar sus cartas con gran destreza y que tampoco se toma nunca en serio así misma. Un hecho que se agradece a la hora de valorar sus virtudes y no ensañarse con sus defectos. Como ejemplo, la espectacular chica ‘playmate’ de póster central (pictorial, en términos puristas) a la que da vida la espectacular Rachael Taylor que ejerce de experta científica que en un momento de la cinta aconseja a los miembros técnicos del Gobierno americano que ha llegado el momento de pensar en “biomecánica” y en “física cuántica”.
Un producto magnificado en su particular incontinencia y énfasis por lo ostentoso, con una capacidad admirable a la hora de no aburrir, pero sin llegar a ser todo lo divertida que podía haber sido esta orgiástica superproducción. Hay un instante particularmente cómico del filme que deja bien claro cómo funciona Michael Bay. En él se alude a la masturbación como ‘gag’ familiar de ruborizante simpleza. Un efecto que, transferido al afán cinematográfico de Bay, viene a la perfección para explicar la actitud fílmica de un director acostumbrado a la megalomanía y al onanismo visual. En la película llaman a este acto de autoplacer como “momento alegre”. Y eso es lo que es ‘Transformers’ para Bay; una oportunidad de dar rienda suelta a su vena más solemne del cine de entretenimiento sin privarse de la grandilocuencia con la que suele narrar sus historias, confundiendo efectismo y artificiosidad con cine épico sin perder de vista la pretensión de que quede bien clara su trascendental moraleja incluida en el lema de la familia Witwicky: “No hay victoria sin sacrificio”. Por supuesto, para Bay si uno se lo propone y persiste en sus sueños conseguirá éxito social, coches rápidos y chicas guapas. Concepciones que definen muy bien la noción interna del cine de este megalómano sin freno. ‘Transformers’, además, es una demostración absoluta de revolución digital CGI exhibido en las batallas entre Autobots y Decepticons. Pero, más allá de eso, pone de manifiesto el talento y el desparpajo con el que el joven Shia Labeouf encandila con una interpretación más que sobresaliente para el tipo de producto que supone ese tipo de armatoste. Sin olvidar, eso sí, a la nueva ‘sex symbol’ femenina de efímero éxito Megan Fox. Sin duda alguna, el mejor efecto especial de la película.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007