viernes, 13 de julio de 2007

Dossier CINE ZOMBIE

El día que los muertos se levantaron de sus tumbas
La secuela ‘28 semanas después’, de Juan Carlos Fresnadillo, evidencia que el subgénero ‘zombie’ ha vuelto por sus fueros en una evolución de éxito y decadencia, reencontrando su merecida reivindicación comercial.
No cabe ningún tipo de duda de que el zombie, como figura cinematográfica dentro del género de terror y subgéneros como el ‘gore’ o el ‘splatter’, variantes sanguinolentas caracterizadas por los salpicones y vísceras de desagradable explicitud, se ha convertido, con el paso de los años, en una figura legendaria. Los zombies provienen del culto al vudú haitiano, donde un muerto podía ser resucitado por conjuros mágicos realizados por un hechicero adorador de la serpiente sagrada Dambala y convertirlo así en su esclavo. En la cultura popular, el zombie ha pasado, gracias fundamentalmente a la literatura y al cine fantástico, como un muerto viviente designado, en sentido figurado, como autómatas privados de voluntad que se mueven mecánicamente con un solo objetivo e instinto irracional: matar humanos para poder comer, involucionando hasta el lado más salvaje y primario de nuestra naturaleza.
A través de varias décadas, el zombie se ha extendido con su sed de sangre y carne fresca, siguiendo una misma delineación distintiva que ha ido evolucionando con el paso de los años; desde esos seres sin voluntad creados por medio de ritos paganos, pasando por la experimentación y creación por parte de aquellos ‘mad doctors’ enloquecidos de los años 50, hasta la llegada del más reconocible del muerto viviente que todos conocemos y su posterior genealogía, llegados de la mano de George A. Romero con su obra maestra y referente del género ‘La Noche de los muertos vivientes’ en 1968. Con esta antológica película de Romero el no muerto pasó a ser la representación del pánico de los propios norteamericanos, ignorantes y violentos ante las amenazas (algo parecido a lo que sucede en la Era Bush), en una dimensión más discursiva que en sus antecedentes, porque, de algún modo, el miedo proviene del propio ser humano, caracterizado en un núcleo que suplanta la actitud occidental equiparada a un soberbio paralelismo con las hordas de zombies magnificados por Romero y su guionista John A. Russo.
Se suele situar la aparición referencial de aquellos que se levantan de la tumba en la novela de William B. Seabrook ‘The magic island’, que fue la inspiradora del primer filme de contenido netamente ‘zombie’: ‘La legión de los hombres sin alma (White zombie)’, película de 1932 dirigida por Victor Halperin, que fue encontrando un espacio propio dentro del desarrollo del cine fantástico y de terror, bien sea por la lóbrega e insalubre procedencia de estos personajes, por su truculencia a la hora de llevarlo a la pantalla, como por la trasgresión y audacia con la que muchos y grandes cineastas han sabido traspasar las fronteras de la imaginería terrorífica para ofrecer planteamientos estéticos y formales violentamente novedosos, así como elementos de una rudeza nunca vista antes que destruyó para siempre los expirantes cánones del cine de terror clásico.
Hasta la llegada de ‘La noche de los muertos vivientes’, el cine de zombies se había asentado en el ‘exploit’ fantástico con algunas variantes dentro del género desde los años 30, donde el citado filme de Halperin suscitó una modalidad con figuras que volvían de la muerte convertidas en umbrosa amenaza; ‘Ouanga’, de George Terwilliger, ‘King of the zombies’, de Jean Yarbrough o la obra maestra primigenia de esta tipología genérica ‘I walked with a Zombie’, adaptación del cuento de Inez Wallace por parte del genial Jacques Tourneur, dieron lugar a la proliferación de películas de serie B con el reclamo del prolífico y encasillado Bela Lugosi en cintas como ‘Valley of the zombies’ o ‘Voodoo man’ o las añejas películas de John Carradine, que fueron ofreciendo una serie de olvidables sucedáneos del tipo de ‘La isla de la muertos’ o comedias como ‘Zombies on Broadway’, que dejarían nombres de cineastas como Gordon Douglas, Phillip Ford, Edgard L. Cahn, Mark Robson y el célebre Ed Wood, entre muchos otros.
Salvo alguna excepción, que contó con el respaldo de los grandes estudios de Hollywood, como es el caso de ‘The walking dead’, de Michael Curtiz, con Boris Karloff o la mencionada película de Tourneur y su escéptica y sobria visión del zombie, el subgénero clásico está dominado por la mediocridad de filmes que utilizaban al muerto viviente como simple excusa fantástica para la reiteración temática a la hora de aprovechar su iconografía; ‘Dead men walk’, de Sam Newfield, ‘Voodoo man’, de William Beaudine o ‘Voodoo island’, de Reginald Le Borg, desvirtuaron en cierta medida la figura ‘zombie’, casi siempre al amparo de un científico loco capaz de experimentar negligentemente con la muerte humana para crear ejércitos indestructibles o de seres extraterrestres convertidos en ‘no muertos’ estereotipados en la caricatura de la época.
Sin embargo, la aparición de ese ‘zombie moderno’, al que conocemos hoy en día gracias al impulso de George A. Romero, tendría su nacimiento en una de estas obras de bajo presupuesto: ‘Invisible invaders’, de Edward L. Cahn. Una película centrada en una invasión extraterrestre de selenitas que reaniman una legión de cadáveres humanos en búsqueda del constante ataque a la humanidad. Una década después, ‘La noche de los muertos vivientes’ trocó definitivamente las estructuras vigentes y le dio una nueva perspectiva al mito, jugando con la idea del terror de una forma revolucionaria, incluyendo bajo la facilidad del grito y la sangre, una trama subversiva que exponía una metáfora sociopolítica sobre la sociedad de la época, reveladora de la deshumanización extrema de los patrones que regían un entorno carcomido por la hipocresía. Como si la masa de zombies representara a la propia humanidad, acabando poco a poco con la naturaleza social. Desde ese mismo instante, el cine de zombies planteó otras diatribas diferentes a las clásicas mucho más interesante en su dimensión argumental e intencional.
A partir de ése momento, la amenaza maléfica que supone el ‘no muerto’ vulnera de tal manera al ser humano que lo convierte en egoísta y violento, ejerciendo la total deshumanización y el lado más oscuro de la civilización. El zombie había pasado a representar a la sociedad descompuesta en la que vivimos. Romero, por supuesto, seguiría con la estela abierta con su clásico rodando otros dos filmes que completaron una trilogía definitoria para entender el cine de ‘zombies’ contemporáneos; ‘Zombi (Dawn of the Dead)’ y ‘El Día de los Muertos’, que abarcan las tres décadas en las que el subgénero transformó su discurso interno encubriéndolo en la gratuidad, muchas veces, de las imágenes ensangrentadas y salvajes, como mera excusa visual del ‘gore’, identificado así con el ‘zombie’ y su prototipo dentro del cine contemporáneo.
Desde los 60, con los padres del ‘splatter’ y su plétora desmedida de sangre y vísceras Herschell Gordon Lewis y Ted V. Mikels, pasando por el discípulo de Romero y mago de los efectos especiales Tom Savini (que realizó un estupendo ‘remake’ del filme de Romero) y la cruenta proliferación del terror italianizado de gente como Lucio Fulci, Umberto Lenzi o Michele Soavi con películas de sugerente título como ‘Nueva York bajo el terror de los zombies’ o ‘La invasión de los zombies atómicos’, hasta la llegada de los grandes pesos pesados de los 80; ‘Re-animator’, de Stuart Gordon adaptando un relato de H.P Lovecraft, ‘La Niebla’, de John Carpenter, la trilogía ‘Evil Dead’, de Sam Raimi, ‘Rabia’, de David Cronenberg o ‘La serpiente y el arco iris’, de Wes Craven hicieron del ‘gore’ (palabra que significa literalmente “sangre derramada”) una forma diferente de ver el cine, una visión caracterizada por una peculiar codificación y distintivo modo de tratar sus argumentos. Un cine definido, en último término, por la imperiosa y morbosa necesidad (con humor o sin él) de mostrar sangre, vísceras y mutilaciones a granel que conformaron el hábitat formal de los zombies, contextualizando sus señas de identidad en un paradigma caníbal tanto en sus historias como en su sucia estética. Un patrón que proliferó hasta el enflaquecido estereotipo en los 90, donde el cine de zombies se sumió en la decadencia, únicamente reforzada en la brillantez de Peter Jackson y su inmoderada y bestial ‘Braindead (Tu madre se ha comido a mi perro)’, profusa exageración que explotó la caricatura y el tópico con una inteligencia y humor determinantes en el talento y posterior carrera del cineasta neocelandés.
Pero cuando parecía que el subgénero extinguía su materia en un cine indigno y desechable, manufacturado para minorías ‘gorehounds’ y algo de repercusión gracias a alguna joya dentro del campo del videojuego, el tono apocalíptico y claustrofóbico encontró su renacimiento en la pautas artísticas dentro la absurda exposición del ‘remake’ como ejercicio capaz de aprovechar desafortunados (o clásicos) productos del pasado y ofrecer nuevas perspectivas fílmicas. Así llegaría la resurrección con dos filmes; ‘Amanecer de los Muertos’, de Zack Snyder, ‘remake’ de la obra de Romero que volvió a reverdecer el subgénero en una intachable obra de culto que seguía, dos décadas después, metaforizando sobre el consumismo de la sociedad moderna y su precedente y verdadero título de su saneamiento, ‘28 días después’, de Danny Boyle, reflexión analítica sobre la naturaleza humana y su encontronazo con una la situación política y militar extrema.
Con estas dos grandes muestras de cine de género, la popularización del tema zombie se ha hecho evidente con filmes comerciales que han tenido un éxito capaz de restituir el interés por los muertos que se levantan de su tumba para asolar, con más fuerza que nunca, a la sociedad. Las dos partes de ‘Resident Evil’, de Paul W.S. Anderson, la divertida ‘Shaun of the dead’, de Edgar Wright, el capítulo ‘Homecoming’, de Joe Dante para ‘Masters of Horror’ y el regreso del maestro George A. Romero con su excelente ‘Land of Dead’ han hecho que este subgénero recupere su divinidad e interés.
Hoy en día, el cine de zombies vuelve a estar de moda, desplegando su reestructuración de las herencias literarias, de los vasos comunicantes entre la ficción y la realidad, donde el expresionismo, el documental, la ciencia ficción de efectos especiales y el cine discursivo de corrientes teleologistas, no olvida su trasfondo social para proyectar determinadas situaciones de países actuales oprimidos por sus propias restricciones y por la práctica manipuladora de sus gobernantes y la progresiva querencia por instaurar un miedo social metaforizado en el terror de siempre que sigue horrorizando al espectador amante de este tipo de cine.
A esta nueva y sorprendente ‘28 semanas después’, de Juan Carlos Fresnadillo, le seguirán varios títulos que patentizan que, más que una moda pasajera, el cine de los ‘no muertos’ ha resucitado para quedarse unos años; ‘Grindhouse: Planet Terror’, de Robert Rodríguez, ‘I’m a Legend’, de Francis Lawrence ‘Dead West’, de Adam Green, ‘World War Z’, producida por Brad Pitt, ‘Day of the Dead’, de Steve Miner… son sólo algunos ejemplos que ilustran regreso de los muertos a nuestros cines y a nuestras vidas.