miércoles, 13 de junio de 2007

Review 'Half Nelson'

Entre el didactismo y la autodestrucción
Ryan Fleck debuta con un filme que evita el exceso de dramatismo para narrar una dura historia de desilusión y fracaso, de violencia y sufrimiento devenidos en un mundo de camellos y toxicómanos cercanos y llenos de humanidad.
Concebida, confeccionada y vendida como pieza nacida para ser denominada como “película independiente” y ser premiada y reconocida (como lo fue) en esa factoría desdibujada desde hace años que es Sundace, ‘Half Nelson’, debut de Ryan Fleck tras la cámara, recoge lo mejor y lo peor de esta definición que responde al constante esfuerzo por apartarse de la industria del cine. Por una parte, hay una intención manifiesta por desvincular su aparente típica historia de relación fraternal entre profesor y alumno para llevar la historia a un entorno de drogadicción, soledad, dependencia y dialéctica de fuerzas, sin dar cómodas explicaciones de sus motivaciones. Llevando sus situaciones al extremo. Empero, por otra parte, Fleck decide expresarse con un estilo impersonal a la hora de plasmar los sentimientos e inquietudes en pantalla, utilizando la cámara continuamente en acomodaticios y vibrantes movimientos, en inmutable desenfoque y primeros planos, producto de una corrompida finalidad con la que llegar al universo realista que analiza. Sin salirse, por supuesto, de los cánones imperantes en el esquematizado sistema de producción de este tipo de películas independientes.
‘Half Nelson’ es la historia de Dan Dunne, un profesor enganchado a las drogas que imparte clases de historia y entrena al equipo de baloncesto femenino en una ‘high school’ de barrio marginal. Dunne fue un idealista que no ha perdido su talento pedagógico, pero que ha equivocado el rumbo y se ha metido de lleno en la desmotivación y el nihilismo, en el asumido vacío existencial de un drogadicto que se aferra a su trabajo como único cimiento para soportar el día a día. Sin embargo, encontrará la complicidad y la empatía con una de sus alumnas que le sorprende en pleno ‘viaje’ de crack. Son elementos que podrían haber sido planteados desde la más descara simplicidad con la que muchas veces se abordan este tipo de dramas. En esos términos, no es una película original. Casi, todo lo contrario.
El guión del propio Fleck y Anna Boden entra en unos interesantes derroteros a la hora de indagar en su coherente reflexión sobre la imperfección, sobre el vicio al que avoca la soledad y el fracaso. La pérdida de motivación, la incomunicación, el fortuito encuentro con alguien a quién dar una lección vital se desliga de lo fácil para formular la brutal contradicción que supone la desesperanza de un hombre rendido ante el ‘crack’ que asume con lucidez que el único camino de coherencia es su adicción que se enfrenta cada mañana a la pretensión de un futuro mejor para sus alumnos gracias a los efectos benefactores de su educación de calidad. Una espinosa diatriba que contrapone la habilidad de instruir y el impedimento ilógico de emplear la enseñaza en beneficio propio.
Por eso, lo más destacado de un filme irregular, con problemas de ritmo (subsanados con narraciones por parte de cada alumno que cuenta a cámara un acontecimiento histórico que supuso una lucha triunfal de una minoría por la defensa de sus derechos civiles a lo largo del siglo XX), es la sutileza con la que el guión logra soterrar la violencia y sufrimiento devenidos en un mundo de camellos y toxicómanos, dos fuerzas contrapuestas como las que exhorta el profesor Dunne en sus clases de historia, su particular autodestrucción y la tentación fácil del mundo del tráfico a pequeña escala con el que coquetea esa alumna afroamericana que camina en la cuerda floja de su condición social. Personajes, en definitiva, que divagan el frágil equilibrio de la esperanza y el caos personal.
Pese a que podría haber aprovechado la subvertida concienciación política como imperativo moral, Fleck prefiere incidir en el drama, dejando a un lado la sensiblería trágica y mostrar una extraña historia amistad y enseñanzas propias y ajenas, donde los debilitados ideales han hecho de un perfecto ejemplo social un despojo que ni siquiera encuentra consuelo en una familia aparentemente normal (en otros tiempos también con inquietudes de cambio) que no sabe ver la espiral de soledad, falta de ilusión y carencia de fuerzas para enfrentarse a un futuro de dudosa oscuridad y angustia en la que se encuentra este profesor de instituto. Y todo ello, sin enjuiciar ni moralizar en ningún momento en su discurso narrativo desalentador y lúcido donde un ‘Half-Nelson’ es una llave inmovilizante de la que resulta imposible librarse.
Si todas las miradas han sido puestas en el talento del actor de moda, Ryan Goslin, que aquí profundiza a intervalos en el dolor interno del personaje, pero que se deja llevar por una excesiva énfasis y exposición de su tortura interior, es justo destacar, muy por encima del intérprete nominado al Oscar por este filme, a Shareeka Epps, dando vida a la alumna capaz de mover al profesor de su vacío, replantearse de sus ideales y vislumbrar con ello una fugaz esperanza de un hermoso final a tan traumática experiencia. Ellos son, con su lenguaje expresivo cargado de talento, el alma de un filme que, sin tener grandes dosis de brillantez, sabe transmitir aquello que se propone. Un hecho que honra a sus creadores y la hace merecedora de un obligado visionado.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007