lunes, 11 de junio de 2007

Papel higiénico, accesorio vital para la Humanidad poco reconocido

Esta misma mañana, cuando he acabado de hacer de vientre, llevado la curiosidad sobrevenida por una absurda pregunta que me he hecho en el váter, he investigado de dónde proviene el papel higiénico y en qué año se descubrió. Un tema escabroso por lo excrementicio de su funcionalidad, pero relevante por su importancia dentro de nuestras vidas.
Fue en 1890 y casualmente lo lanzó al mercado Scott, la empresa de los perritos esos tan monos que sirven de guía a los invidentes. También se comenta que en la Antigua Roma se utilizaba una esponja atada a un palo que se usaba para estos menesteres y luego se enjuagaba en un cubo de agua de mar. Debía ser una chabacanería escatológica porque, por supuesto, se compartía sin ningún pudor. Imaginadlo por un momento.
Escarbando en estos particulares anales (referido a la Historia, no vayamos a pensar mal), en 1391 los emperadores chinos ya ordenaron la fabricación de hojas especiales para el baño, de 0,5 x 0,9 metros de longitud, que iban aprovechando dependiendo de la cantidad evacuada y de los estigmas fecales adheridos al lugar donde la espalda pierde su nombre, mientras que los colonos norteamericanos prefirieron las mazorcas de maíz hasta bien entrado el siglo XVIII. Todo ello, muy lejos del papel actual fabricado con diversos tratamientos para obtener los tres tipos de pasta con los que se confeccionan; la química (tratamiento químico), la mecánica (desintegración/raspadura) y las intermedias o CTMP (tratamientos mecánicos, químicos y térmicos sucesivos).
Por eso, amigos, hay que pensar en lo venturosos que somos y la suerte que tenemos al contar con este importante accesorio para la higiene dentro de nuestro día a día. Un complemento de baño convertido en elemental, sí, pero relegado a la desatención por la regularización cotidiana que ha convertido al papel higiénico en otro pilar de comodidad asumida.
En el fondo, somos unos privilegiados y no nos damos cuenta.