martes, 3 de abril de 2007

Review '300'

El salvajismo de la épica
Ágil combinación entre mitología, historia, cómic y cine, la cinta de Snyder encuentra su mayor virtud en su arriesgado discurso apologético sobre la guerra y el honor en una época de actual de excesiva corrección política y censura.
Los pilares sobre los que se apoya un género tan olvidado como el ‘peplum’ residen en elementos comunes; como la representación del héroe imbatible, hercúleos mitos implicados en epopeyas fantásticas y homéricas, la búsqueda de la libertad colectiva, el hiperbólico enfrentamiento entre el héroe y un enemigo de inverosímiles proporciones… Todo ello, con la tribulación sensorial de un ‘exploit’ de antítesis visual cimentado en el claroscuro, donde prevalece la desbocada exaltación y la vehemencia de las segregaciones hormonales llevadas al extremo. En definitiva, la gloria de la guerra con sobredosis de épica. ‘300’, la versión cinematográfica del venerado cómic de Fran Miller, llevado a la gran pantalla por la promesa consolidada en que se ha convertido Zack Snyder tras ‘Amanecer de los Muertos’, no renuncia a ninguno de esos cánones, permitiéndose ir mucho allá en su aspiración de convertir el aparente filme que abdica sus aspiraciones históricas por alcanzar un panegírico de violencia salvaje y heroicidad extrema en un valiente divertimento que asume riesgos en su grafía y en su trasfondo.
‘300’ narra las vicisitudes bélicas de los espartanos, regidos por su Rey Leónidas allá por el año 489 a.C, cuando apenas tres centenares de hoplitas cuya negativa a someterse al Emperador con ínfulas de deidad Jerjes lucharon contra el poderoso ejército persa en la áspera orografía de las Puertas de Fuego de las Termópilas, estrecha angostura situada entre dos solemnes escarpas en los acantilados del Adriático. Una última epifanía que les llevaría a dar sus vidas para no terminar siendo una satrapía del Imperio de Jerjes. Dejando a un lado si el filme contiene una glorificación de la concepción eurocéntrica por encima de una visión orientalista de las guerras médicas y de aquel acontecimiento en particular, tanto la obra tebeística de Miller como la película de Snyder suponen una ágil combinación entre mitología histórica y cómic/cine de aventuras épicas y bélicas, que encumbra sin complejos, y a priori, la simplicidad de pensamiento y de acción sobre la Historia o su narración trascendentalista.
Sin embargo, la gran virtud de ‘300’ es el discurso que encierra de modo subversivo la historia de la batalla que libraron, con inspiración estratégica y temeridad, un pequeño grupo de arrogantes soldados espartanos que se enfrentaron a la superioridad numérica del imperio aqueménida, convencidos de su obligación de morir matando. Como ‘kamikazes’ de su época por la libertad. Un filme que puede ser tildado de reaccionario, homófobo y demás calificativos que encuentren una oposición a la impuesta corrección política que parece haber adulterado el concepto de la batalla y la violencia.
Dentro de ‘300’ hay, por supuesto, una manifiesta apología al honor, a la conflagración que conlleva el estipendio moral y físico que se paga con una muerte otorgada por la defensa de la libertad y la democracia, a pesar de hacer ver que las sociedades libres dependen de sus dictaduras internas para protegerse. Un mensaje, sin duda, que resulta, cuanto menos, incómodo y mal visto en los tiempos de falsedad moral que atentan contra la ortodoxia actual. Y es que el filme de Snyder (y por extensión, el cómic de Miller), bajo su engañosa superficialidad de producto renovador y digitalizado, defiende su propuesta hasta las últimas consecuencias. Como lo hacen los monolíticos guerreros espartanos con esa autoafirmarción a través del sacrificio ejemplificante para salvaguardar la civilización occidental de la subordinación de las hordas de Jerjes.
En su extrema fidelidad formal al cómic, como sucediera en ‘Sin City’, de Robert Rodríguez y el propio Miller, la cinta se vale de un prodigioso ‘story board’ previamente publicado, lo que en muchos fragmentos del filme coartan de forma considerable las autonomías del medio fílmico sobre el cómic, buscando una detallada adaptación del tebeo a la pantalla, como un facsímil que funciona unas veces, pero otras no. Dentro de ese desequilibrio, ‘300’ procura plasmar (no siempre con fortuna pero de manera modélica) el movimiento de las viñetas traducidas de un modo plástico y suntuoso donde la utilización de los colores de Lynn Varley es fundamental para el tono de la narración. Así como su poderosa puesta en escena, el ambicioso acabado estético, la plasticidad que envuelve toda la película e incluso la continua saturación de estímulos sanguinolentos, de sangre digitalizada que adultera la violencia a favor de la funcionalidad del cómic exagerado. Snyder sabe lo que hace, consiguiendo la impronta antinaturalista de esta controvertida propuesta épico-digital. Lo que sigue sin funcionar, en ambos terrenos, es la voz en off preponderante y subjetiva de Dilios, guerrero espartano y narrador tanto en la novela gráfica como en su reproducción audiovisual.
‘300’ es también una película trufada de menoscabos, de carencias que no son cubiertas por el vendaval de voluntad e inteligencia con la que está rodado el filme. Ni siquiera en su potencial de atrapar y entretener al espectador. La historia se ciñe a un descarado esquematismo, donde algunas subtramas (los entresijos palaciegos de Esparta con la lealtad extrema de la reina Gorgo y la felonía de Theron o la infértil traición de ese espartano deforme llamado Ephialtes en las odaliscas, así como el final adormecido y estético del campo de trigo que recuerda tantísimo a la insuficiente ‘Gladiator’) desvirtúan muchos de los logros de la visión épica de Snyder.
Existe además, una extraña sensación de opresión dentro de las secuencias bélicas, planteado desde los planos cortos y medios, evitando ver en su totalidad el esplendor de la batalla, demasiado digitalizado en croma, sin recursos que recreen, como hubiera sido de recibo, la enardecida épica de multitudes contra los trescientos espartanos. Queda la impresión de estar ante una planificación ajustada a un estilizado cromatismo y celeridad en su ritmo (ese juego de énfasis en ralentí y aceleración), que a veces resulta insuficiente para que la emoción bélica traspase la pantalla. En el cómic de Miller esa atmósfera opresiva del arte en viñeta tiene su empuje e intención. En su traslación cinematográfica pide a gritos más amplitud, más espectáculo abierto a algo más que ver salpicones de sangre, desmembramientos y lujosas y estilizadas coreografías de sangre.
‘300’, lejos de las trazas históricas de mitos como Hércules, Ursus o Maciste, presenta esa pequeña hagiografía de Leónidas, dramatizado y algo petulante en sus disertaciones marciales de férrea disciplina impregnada de testosterona, que fundamenta su grafía en una estética violenta y violentista, de paroxistico color tratado por ordenador que le da esa buscada posmodernidad donde domina un cierto telurismo a la hora de componer la influencia geográfica con la que los espartanos defienden Esparta. Unos espartanos de cuerpos esculpidos en gimnasios, sin ápice de grasa. Pura perfección corporal que supura hedonismo y arrogancia. La misma que se utiliza para desfigurar y exagerar la realidad histórica con claro objetivo: el de abrumar al público con un producto cuya fuerza reside, casi en su totalidad, en su energía visual y narrativa.
Zack Snyder, en ese sentido, confunde en ocasiones espectacularidad con grandilocuencia a la hora de abordar la praxis de un ejercicio de demostración de habilidad cinematográfica, donde el cineasta hace gala de una ambición que no por ostentosa debe ser tildada de insustancial. Poético espectáculo de horror y brutalidad, iracunda y ampulosa, ‘300’ es un prontuario que proscribe cualquier atisbo de sentimiento o emoción al frío estatismo de sus retocados fotogramas, pero también es la demostración de que el riesgo, la brutalidad y el compromiso con lo narrado prevalece por encima de cualquier defecto, de cualquier consideración que lastre todo el potencial de una obra contracorriente.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007