lunes, 29 de enero de 2007

XXI Premios Goya: Mejorando, pero...

Cuando hace dos años, en una horrenda y desventurada Gala de los premios de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión (ATV), el imprevisible José Corbacho tiró a la basura de forma simbólica la propia gala, aludiendo a que, de vez en cuando, hay que hacer un poco de ‘autocrítica’, debía tener asumido que presentar y dirigir una ceremonia como los Goya no es una empresa sencilla. Pues bien, Corbacho cumplió, pero no convenció. Su gala fue insulsa, rácana en espectáculo e imaginación. Sólo en alguno de los ‘sketchs’ parodiando las películas nominadas (en especial el sensacional de ‘Volver’) dejaron la impronta de estar ante algo un poco sugestivo.
El exceso de protagonismo concedido en todo momento a su propia figura fue el desliz más reseñable de, eso sí, una gala más amena que sus antecesoras. Un listón muy fácil de superar para el humorista catalán. Así, la gala, determinando su esencia a la fugacidad y la prontitud, transcurrió sin mucho margen para la concesión de ninguna novedad destacada. Empero, si por algo sorprendió Corbacho, por supuesto dejando a un lado sus escandalosos trajes y su carencia en el medido guión de sus míticos ‘hachazos’ (sustituidos por una amortiguada corrección política bastante vergonzosa), fue por esa inmoral depilación de cejas digna de esteticien de barrio.
Lo de que Pedro Almodóvar no se lleva bien con los Goya ha pasado a mejor vida. A su ausencia más que sospechosa en los Globos de Oro, llegó su exilio voluntario de unos premios que han cambiado la tradición de martirizarle despóticamente por la de otorgarle sin miramientos estatuillas inmerecidas. Si Corbacho no estuvo a la altura esperada (o al menos no a la que se espera de un ‘showman’ tan insurrecto como él), menos lo estuvo un palmarés repugnantemente parcial y arbitrario, indulgente y previsible. La voluntad de repartir ‘justamente’ todos los premios para que nadie fuera el gran derrotado es un oprobio a la ecuanimidad. Así, ‘Volver’ ganó cinco premios, ‘El laberinto del Fauno’ siete, ‘Alatriste’ tres, los mismos que ‘AzulOscuroCasiNegro’ o ese único Goya para ‘Salvador’, el de mejor guión adaptado… Y todos tan contentos.
Es lógico que, tras la decepción de no ver la película de Almodóvar nominada a los Oscars, no se le otorgara la cortesía de desagraviarle en su propio país. Tampoco hubiera sido "justificable" para la Academia premiar una película considerada ‘mexicana’ antes que ensalzar la reincidencia de Peeeedro en su temática endogámica; la rancia nostalgia geográfica, los vínculos familiares de tres generaciones de mujeres que simbolizan la veneración del director manchego a la feminidad y a la maternidad. Hasta en eso, el cine español sigue estancado en sus complacientes previsiones. También el trabajo de Penélope Cruz debía ser subrayado, ya que es (y puede que sea) la mejor interpretación de la actriz en toda su carrera.
Por lo demás, sobre el escenario desfilaron las estrellas más ‘guapas’ de nuestro cine, en su gran mayoría actrices de nuevo cuño con mermadas dotes interpretativas pero con atractivos dotes físicos (caso de Verónica Sánchez, Natalia Verbeke, Kirá Miró, María Valverde, Elena Anaya -que lució un ridículo modelito…-), completándose esta tendencia con otros ciudadanos del mundo del cine faltos de carisma para sostener una presentación decente, como el caso de Ray Loriga o Isabel Coixet.
Tampoco ayudó mucho la nueva presidenta de la Academia, Ángeles González-Sinde, que aburrió a las ovejas con su vetusta historia del cine español y su insulsez innata, situando su estúpida fábula en la Prehistoria, en las cavernas paleolíticas de pinturas rupestres, con sus coletillas inadmisibles para una guionista de su supuesta talla como “se lo juro por Dios” o “el tío de la linterna”… Hasta un párvulo de primaria puede redactar mejor una historia de semejante calado. Se echa de menos a aquella Marisa Paredes tirándose un vaso de agua encima mientras hablaba a la platea o a la grandísima Aitana Sánchez-Gijón, capaz de llenar un escenario con su simple presencia.
Corbacho estuvo fino cuando lanzó una de las pocas ‘puyas’ que le caracterizan, en el instante en que Dani Martín y Najwa Nimri, como si la cosa no fuera con ellos, oyeron de boca del maestro de ceremonias que se dejaran de tanto “tabaco de la risa”, sin saber (o sabiendo) que el premio a la mejor canción recaería en esa tipeja indigna que es Bebe (saliendo con una cámara de vídeo y demostrando, una vez, su encrespante descompostura).
También quedó claro cómo y de qué manera se la suda a la Academia el mundo del cortometraje. Si la semana pasada descubrimos que los cortos de Javier Fesser y Borja Cobeaga, nominados al Oscar en este apartado, no estaban en la incomprensible lista de candidatos al mejor corto de ficción de los Goya, el hecho de repartir a la vez el premio de esta categoría junto a los de mejor corto de animación y corto documental y hacer coincidir a los ganadores apiñados alrededor del atril, estorbándose unos a otros y víctimas de otro número de protagonismo de Corbacho y Santi Millán, deja claro que la fuente de talento es meada y escupida claramente por los que ya se consideran importantes, dentro y fuera de los premios. Otro desliz de guión que suponía la finalización de un particular ‘running gag’ al que se unió otro de similar corte por parte de Santiago Segura, el único que da siempre un poco de gracia a estos premios.
La cara de Ray Loriga cuando abrió el sobre de mejor guión adaptado y no leyó el nombre de Díaz Yanes por ‘Alatriste’ sino el de Luis Ascarazo por ‘Salvador’ también fue de lo más divertido. También resulto cuanto menos curioso que Antonio de la Torre, Quim Gutiérrez y Daniel Sánchez Arévalo agradecieran de una forma poética y hermosa, pero tan similar en su fondo y contenido que pareciera que el propio director hubiera escrito los tres discursos. Todo lo contrario que el singular agradecimiento de Carlos Benpar en plan ‘cherokee’ por su excelente documental 'Cineastas en acción'.
Como dijo el propio Corbacho “los espejos sirven para que cada uno se vea reflejado en ellos como quiera”. Una frase que sirve como metáfora condescendiente con la gala, con los premios, incluso con el propio cine español.
LO MEJOR:
- La presencia de todos y cada uno de los miembros candidatos a ‘El Laberinto del Fauno’; desde Guillermo Del Toro, a Guillermo Navarro, pasando por los actores, en especial esa niña ‘monstruo’, bilingüe y que da un poco de grima que es Ivana Baquero, creada para orar, agradecer premios y promocionar películas como nadie.
- La parodia de ‘Volver’ y ese primer falso premio en el que Corbacho disparó contra un supuesto ganador que se iba a extender en su discurso de agradecimiento.
- El maestro Juan Diego, compartiendo el premio con Juan Diego Botto.
- Un emocionado Tadeo Villalba (aunque viene siendo lo de siempre).
- Los vestidos y la elegancia de Verónica Echegui y Viggo Mortensen, respectivamente.
- Las ovaciones que recibió en todo momento Daniel Sánchez-Arévalo, el mismo que merecen los nuevos directores españoles con sus interesantes nuevas propuestas.
LO PEOR:
- La ignominiosa decisión de emitir la ceremonia con 30 minutos de retraso si esta vez no hubo teta de Paz Vega a lo Janet Jackson.
- La ausencia de Almodóvar.
- Corbacho cantando ‘Soy minero’ y piropeando a la Ministra Carmen Calvo, ensalzando su belleza, cuando es más fea que Picio.
- El vestido de la presidenta González-Sinde, diseño de David Delfín con frases del escritor Raymon Carver. Se nota que no lo tuvo en cuenta antes de redactar su discurso de los Goya.
- Que no hubiera ‘clips’ audiovisuales como los del año pasado.
- El dominio protagónico de Julio Fernández cuando Filmax recibe un premio, dejando al director de la película a un lado.