viernes, 15 de diciembre de 2006

Review 'Déjà Vu'

Pretérito imperfecto
Tras el descalabro de ‘Dómino’, Tony Scott logra con ‘Déjà Vu’ una cinta de acción frenética que tiene como atractivo la fusión de dos géneros como el cine fantástico de viajes temporales y el ‘thriller policiaco’.
Cuando se habla de Tony Scott los críticos de cine, entendidos o simplemente aquellos que se acercan de un modo neófito al cineasta etiquetado como “el hermano pequeño de Ridley Scott los términos que suelen monopolizar su definición suelen ser los mismos; montaje frenético, estética de videoclip, contexto publicitario, efectos pirotécnicos, opulencia fotográfica, planificación imposible, angulaciones improcedentes, plétora ruidista de cuidada sofisticación… En definitiva, un director propenso al exceso. Pero lo cierto es que Tony Scott, al contrario de esas detracciones que levanta su cine entre los más puristas, es un director dotado con un estilo propio, basado, eso sí, en los constantes filtros sincopados, en la búsqueda del encuadre abrupto, síntoma de una obsesiva predisposición hacia la abrasiva estética percutante. Para bien o para mal, su estilo ha determinado un estereotipo de cine imitado y furibundo que, más allá de la aparente insipidez de su forma, es todo un paradigma de honestidad hacia un género (el de acción) del que nunca se ha separado a lo largo de su filmografía. Algo que, desde el desconocimiento sin argumentación, suele generar imputaciones artísticas de lo más grotescas hacia su obra.
El recurrente término ‘déjà vu’ o paramnesia, la experiencia de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación, sirve de excusa para un argumento a modo de puzzle que viene firmado por Terry Rossio (autor de los libretos de ‘Piratas del Caribe’) y Bill Marsilii. Lejos de la decepción sin sentido que provocó la existencialista vacuidad y ostentosa abundancia de la desilusoria ‘Dómino’, ‘Déjà vù’ arranca con brío y algo de riesgo, en los tiempos de corrección política y contención violenta en el cine de Hollywood, al patentizar con todo lujo de detalles dignos de una superproducción de Jerry Bruckheimer, la explosión de un Ferry en la bahía de Nueva Orleáns donde mueren 543 civiles por obra y gracia de un terrorista fanático. Por supuesto que la inevitable paranoia post 11-S se esconde detrás de cualquier voluntad de trascendencia, así como los devastadores efectos del huracán Katrina. Pero también, la autoaquiescencia de formular, como en el cine de género de hace un par de décadas, a un villano de casa, a un norteamericano extremista y religioso con aires de grandeza histórica. La trama se centra así en el agente de la ATF Doug Carlin (Denzel Washington), un íntegro y virtuoso policía que, en colaboración del FBI, viajará a través del tiempo para intentar evitar el terrible suceso y atrapar a su principal responsable.
En este punto, con la inesperada incursión del cine de ciencia ficción, es donde Scott propugna sus mejores armas, al compendiar el género fantástico con el ‘thriller’ de acción, excusa perfecta para el atractivo tiovivo de diligencia al que ha acostumbrado el cineasta a sus fieles. Los científicos del FBI crean un dispositivo para penetrar en el pasado y observar con anticipación lo que el asesino estaba haciendo cuatro días antes del atentado. Un acto que puede resultar absurdo e incoherente, así como los viajes temporales. Pero al menos, Rossio y Bill Marsilii dejan a un lado el término que da título al filme acuñado por Emile Boirac y se fundamentan en leyes científicas en su sucinta reflexión sobre los desplazamientos temporales, utilizando hipótesis básicas sobre la estructura del tiempo y estableciendo las posibilidades teóricas de Einstein, Rosen o John Wheeler sobre agujeros de gusano y espuma cuántica de túneles de espacio-tiempo unidos por líneas de fuerza eléctricas. Un gesto que es de agradecer en el cómputo argumental en el que se centra la película. Una vez ingerida la irrupción de esta sorpresa genérica, el filme sigue con sus derroteros de intriga criminal, de estridencia explosiva y apremiante impacto acumulativo en su propósito de generar adrenalina visual, ese puro entretenimiento que se echó de menos en su anterior cinta.
En ‘Déjà Vu’, los dos (y hasta tres) universos consistentes y paralelos donde se desarrolla la acción, sirven a Scott para reiterar muchos de sus temas predilectos, sobre todo, en esa visión tecnológica del pasado, de vigilancia intrusista, que recuerda al ‘high tech’ de ‘Enemigo Público’ y ‘Spy Game’ en sus efectos vouyeristas y que terminan por acomodan la trama al esperado paroxismo visual del director. Es decir, esos planos saturados, deformados, acelerados y al ralentí, filmados desde varios ángulos y multitud de lentes… la sensación de montaña rusa que despiden sus imágenes de un modo casi estroboscópico. Aún así, Scott, a pesar de utilizar la fotografía de Paul Cameron (responsable de ‘Swordfish’, ‘Man on Fire’ o ‘Collateral’) no es otro inmoderado producto que rinda pleitesía al montaje sincopado y la estética publicitaria sin freno.
Tony Scott ha logrado con ‘Déjà Vu’ una de sus películas más moderadas, simples y sensitivamente honestas de su filmografía, sin renunciar a ese peculiar estilo fotográfico que marca los diversos momentos en que se desarrolla la acción. Por eso, lejos de ser perjudicial para el filme, llega un momento en el que los personajes, secundarios sin esencia o principales de importancia sin destino, ofrecen un plano adventicio respecto a la historia, imbuidos en un endiablado ritmo de celeridad personal, del habitual estilo de su creador, como aquellos momentos en que la trama se fragmenta bruscamente y los acontecimientos se van sucediendo, sin dejar lugar para el respiro de un espectador entregado a ese sentido heroico de la historia.
Con inspirados ecos obsesivos de ‘Laura’ de Preminger, ‘Déjà Vu’ supone un carrusel temporal entre dimensiones que marcan un ‘thriller’ existencial de ciencia-ficción sobre el destino y las consecuencias de las decisiones pretéritas. Sin embargo, más allá de todo eso, la última película de Scott es un cuidado juego de entretenimiento de género, sin más, que rezuma pureza y mesura dentro de lo exorbitante de esa trama artificiosa que permite a los personajes deambular retrospectivamente por el pasado y evitar una masacre. Se trata de una inocua superproducción de estudio, manufacturada con un fondo argumental muy interesante apoyado en la eficacia de su principal estrella Denzel Washington, en su reinterpretación de eterno policía incorruptible, además de evidenciar el deterioro al que está sometiendo la edad a Val Kilmer, el descubrimiento de la sugerente Paula Patton o el divertimento que provoca analizar el papel James Caviezel, reconvertido en el antagonista del Jesucristo de Mel Gibson, en otro autoproclamado líder espiritual, esta vez terrorista sin escrúpulos, que propugna el destino y la intervención divina, satanizada por la trascendencia de aquellos que eternizan su nombre cometiendo actos de horror.
‘Déjà Vu’ es una agradable experiencia degustada previamente, que propone la sensación de haberla vivido en el pasado, en el propio cine que autentifica el mejor Tony Scott, uno de los valedores más astutos dentro del cine de acción moderno. Y esto, hoy en día, es todo un logro.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2006