viernes, 13 de octubre de 2006

Todd Solondz: La cruel mordacidad de un inconformista

Confutando a aquellos que llevaron a instrumentalizar el cine independiente americano a un nivel de conformismo auspiciado por las grandes ‘majors’ cinematográficas, Todd Solondz se ha consolidado como un faccioso elemento dentro de este subnivel que se da en llamar cine ‘indie’. El cineasta nacido en Newark (New Jersey) ha persistido en su inmutable intento de llevar la independencia hasta extremos subrepticios, solidificando su capacidad de diseccionar sin miramientos y con una arrojadiza valentía a la clase media alta abocada sin remisión a la soledad. Todd Solondz, extravagante cineasta de oscuro fondo, se ha distinguido por asentar su retórica argumental en una brusca mordacidad, a veces de repelente crudeza sarcástica, capaz de encoger el corazón del público con sádica lentitud a lo largo del metraje de los filmes que componen su corta pero eficaz filmografía: ‘Fear, Anxiety & Depression’, ‘Bienvenidos a la casa de muñecas’, ‘Happiness’, ‘Storytelling’ y su última y recién estrenada en España ‘Palíndromos’.
En todas ellas, Solondz exhibe un mundo aséptico en su apariencia, pero de pútrida naturaleza en su interior, que vincula la ilusoria felicidad a la superficie y encubre bajo su forzada sonrisa la podredumbre moral y humana de las alimañas que rodean sus fábulas con inocentes protagonistas inmersos en un mundo de ogros sin entrañas. Sin recurrir a la falsa moralina en su destrucción de tabúes sociales, el cineasta establece una incómoda empatía entre el público y sus disfuncionales seres que, en realidad, cometen un crimen punible en nuestros días. Simplemente, el de ser diferente a los demás, colocando al espectador en una difícil posición como público pensante y racional al enfrentarle sin remilgos ni coacciones ante planteamientos morales que son, en definitiva, un espejo en el que mirarse.
Son los protagonistas de las películas de Solondz personajes avocados a avergonzarse y a expresarse mediante una afligida mirada a un universo que no les comprende, menospreciados por la arrogancia de una sociedad en la que, como señala el erudito J. Hoberman “impera la democracia de la desesperación”. Pocos cineastas se han atrevido a llegar tan lejos en su descripción de las miserias humanas, urdiendo una metodología propia e indigesta para establecer teorías sobre el lado más umbrío del ser humano, de su infelicidad y sus frustraciones, para romper con su diatriba entre realidad y ficción las normas narrativas impuestas por la corrección a la hora de llevar un guión o una idea a imagen. El cine de Solondz no busca la polémica infecta, sino que mediante esa supuración irónica e hiriente lo único que se pretende es hostigar los fantasmas de la hipocresía bienquista, de la falsedad de la decencia social y de la peligrosa ignorancia de ‘happy way of life’ americano.
Para ello, el humor gélido y cortante de Solondz es utilizado como herramienta para atenuar su destructivo discurso de fondo, alcanzando a veces cotas de una maestría catastróficamente diletante, pero otras, bordeando la vertiente más impía, sin concesiones a cualquier atisbo de ética o conformismo que apuntilla con su tendencia personal al exacerbado hipnotismo por la deformación moral procedente de la literatura de gente como Philip Roth o Allegra Goodman, visualizados a través de Solondz como una dialéctica iconoclasta de irritante perversidad.
Ya sea en los círculos artísticos neoyorquinos, o en el mundo preadolescente de una chica fea y despreciada por sus compañeros, en una familia disfuncional con problemas de comunicación o, como en sus últimas historias corales, donde emergen de la iconografía ‘solondziana’ la profusa y variada temática que encierra la impostura de la decencia social de ciertos sectores acomodados en Estados Unidos; fanatismo religioso, ‘freakismo’ llevado al extremo, humillaciones psíquicas y físicas, abortos irreversibles, racismo, artificialidad feminista, pedofilia descontrolada, parálisis cerebral, incesto, abuso de autoridad y un sin fin de ultrajes que aportan, además de una incontinencia sarcástica muy peculiar y reconocible, la dosis exacta de misantropía que caracteriza el cine de Solondz.
En cualquier caso, esa virtuosa conclusión a modo de insalubre final feliz de ‘Happiness’, con la inolvidable conversación entre un hijo que descubre su sexualidad a la vez que la pederastia de su padre, es uno de los momentos más representativos de la psicología enfermiza y mórbida que maneja el autor más trasgresor del cine actual.