martes, 3 de octubre de 2006

'Lost Souls', el milenarismo desinflado de Kaminski

El satanismo milenarista, como subgénero atávico y popular, fue uno de los centros terroríficos de Hollywood a principios de la década. Un subgénero que englobaba de por sí y de un modo ancestral y evolutivo, un sentido intimidatorio en pos de una destilación de conceptos inquietantes que, bien utilizados, puede ser de lo más efectivo. Pero la tradición filosófico-religiosa sobre del tema se ha popularizado mediante el arte, la cultura y folclore, llevando muchos de sus conceptos taxativos a una esfera estética llena de total vacuidad. Aprovechando el cambio de milenio, el director de fotografía Janusz Kaminski debutó en la dirección con ‘Lost Souls’ al amparo del guión de Pierce Gardner.
Como nueva confrontación de la dicotomía del Bien y el Mal y sus consecuencias en una sociedad actual con una carencia de fe mayúscula, la fallida cinta debut se planteó sobre la estructura narrativa del fantaterrorífico en su subgénero de posesiones infernales y satanismo, pero acababa centrándose, de forma intencionada, en el fantastique estético más que en el terror psicológico. La aburrida historia se centra en Maya Larkin, una joven que se dedica a ayudar a un grupo de exorcistas dirigidos por el padre Claude Lareaux en su lucha contra las posesiones demoníacas. Después de una sucesión de hechos reveladores, Maya se convence de que el Anticristo tomará el cuerpo del escritor Peter Kelson, un acontecimiento que deberá impedir a toda costa.
Pues bien, a pesar de tener unas magníficas bases narrativas, lo que es interesante sobre el papel no lo fue en pantalla. Kaminski, consciente de ello, impuso, sin embargo, un buen ‘tempo’ y cadencia en constante búsqueda de la suntuosa yuxtaposición de imagen y ritmo fílmico, revistiendo a ‘Lost Souls’ de una luminosa visualidad que se intentó vincular en todo momento al estilo sintético de Owen Roizman utilizado en ‘El exorcista’, para ampliar así su inquietante atmósfera con un conseguido granulado, que lograba un primer propósito subsistente como la mayor virtud de un filme muy irregular e impasible.
Inadecuada y simplista, ‘Lost Souls’ adolece en muchos de sus ciclos de un desabrimiento presuntuoso que se hace evidente en su tramo final, estas Almas perdidas se adhieren a un tipo de terror efectivo y efectista, sin concesiones a una profundidad que termina por otorgar al género la enésima percepción idiotizada del satanismo masónico de fin de milenio.
El guión, constantemente bajo la predisposición comercial de sus erradas intenciones, se va haciendo endeble a medida que la imagen, dinámica y conseguida de Kaminski, va proporcionando el ambiente necesario para el extraordinario y mirífico desenlace. Uno de los puntos álgidos de esta discreta obra de terror fue la gran aportación de una Winona Ryder (que por entonces volvía a emerger después de sus problemas con los hurtos textiles), logrando hacer lo que pudo en pantalla, pero sin brillar lo suficiente ante un reparto anodino e impasible.
‘Lost Souls’ se malogró en el reiterado intento por asemejarse, en algunos instantes, con sus volubles ambientes que pretenden evocar al cine Polanski (la subtrama relacionada con el edificio en el que vive el joven escritor) y la crudeza documental de Friedkin o Roeg en muchos otros, mistificando así un conjunto resuelto con intenciones, pero adoleciendo de una vitalidad necesaria que hubiera hecho de ‘Lost Souls’ una obra, al menos, interesante. La apática quietud de fondo hizo que la ‘opera prima’ de Kaminski cayera, merecidamente, en el desinterés, y acabó por acotar y ocultar sus propósitos genéricos en un conformista manifiesto visual que configuró a su director como una promesa estética del Hollywood más preciosista y superficial que no ha vuelto a dirigir nada desde entonces. Y hace ya seis años de este frustrado debut.