viernes, 22 de septiembre de 2006

Nostalgia por el Zinemaldia

Estos días que se avecinan tendrán un residuo de melancolía añadida para mí. La razón: Ayer arrancó el Festival Internacional de Cine de San Sebastián en su 54ª edición y yo no estoy allí.
Desde que en 1997 llegara poco menos que de casualidad al festival, es la primera vez que no voy por segundo año consecutivo al certamen donostiarra. El año pasado opté por Sitges como elección festivalera, donde absorber la nutrida selección de películas que engullir como referencia cinematográfica de la temporada. La otra ocasión en la que no asistí a la Bella Easo fue en 2002, cuando coincidió con las fechas posteriores al rodaje de ‘El Límite’.
Atrás quedan los años en los que, junto a cómplices y amigos periodistas, profesionales y aficionados, disfrutaba de todo lo que se proyectaba en el Zinemaldia y del mágico ambiente que desprendía a su alrededor. Pero las ansias se han turbado y ahora lo que era una necesidad anual ha mutado en la apática indiferencia debido al notable descenso de calidad en la selección de títulos en sección oficial y paralelas que ha sufrido el festival en los últimos años. Es evidente que el que es considerado uno de los festivales más importantes del planeta se encuentra en un período de gran mediocridad. Si a eso, añadimos que el presupuesto fue recortado de forma considerable y los patrocinadores cada vez son menos, tenemos uno de los pocos acontecimientos cinematográficos internacionales de renombre poco menos que herido de muerte.
Ya el año pasado, muchos de mis colegas acreditados a lo largo de décadas me comentaban, entristecidos, el infortunio de una insufrible muestra de películas mediocres, de cine apátrida en sus propósitos, sin mucho que contar, en un ir y venir sin películas trascendentales de otros festivales que lucieran en Zabaltegi. Y lo que es peor, en su escaparate de oropel, sin estrellas que den, al menos, una pátina de comercialidad al festival.
Este año echaré de menos esas reuniones a la salida de la proyección del Kursaal, bajo el cubo de Moneo o después de una relajante sesión en la butacas tan cómodas del Teatro Principal. Echaré de menos los madrugones, las crónicas incesantes y guerrilleras para no perderme una de las seis sesiones a las que uno se acostumbra cuando lo único que importa es ver cine y disfrutar del enloquecedor maratón visual. Añoraré las fiestas interminables del Bataplán, los etílicos paseos a altas horas de la madrugada por el casco viejo, los cócteles y sillones del Hotel María Cristina, las ruedas de prensa y los saludos efímeros a rostros conocidos pero nunca ubicados.
Pero si algo echaré de menos es el vicio de ese prototipo de alimentación universal que es el bocadillo, abanderado en ese mítico bar llamado Juantxo, un trozo de Paraíso Alimenticio que anualmente me regalaba los mejores momentos de apetito básico, de ese que se disfruta sentado en cualquier parte cerca de la playa de La Concha. Ay… el Juantxo, amigos, ése pedazo de Cielo que conquistó para siempre mi endeble y venal voluntad hacia el cenagal más pantanoso de la tentación y la abundancia, con esos más que soberbios, insuperables bocadillos, con sus pinchos, con su presentación de refectorio divino.
El Festival donostiarra ha dado a mi memoria muchos de los mejores recuerdos tanto en a nivel cinematográfico, como en un entorno personal de diversión y pensamiento. Este año no me reencontraré con todos esos recuerdos. De momento. Sin embargo, reservando mi intención de regresar a la ciudad que tanto adoro, tengo pensado acercarme a la Semana de cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, para volver con más fuerza que nunca a convergir con lo mejor de una pequeña metrópoli que ha dejado una huella tan profunda en mi vida.
De nuevo el monte Urgull servirá para inspirar nuevas ideas o el monte Igeldo para admirar la belleza de otro sueño que, de alguna manera, hace que cada año me reencuentre conmigo mismo, con mis deseos y con una de las ciudades más bonitas del mundo.