lunes, 3 de julio de 2006

EXTRA VERANO 2006 (II): Dossier del díptico 'Kill Bill'

La salvaje suntuosidad de la violencia
Aprovechando su emisión en la tele pública, el Abismo publica el dossier de esta proeza de aleccionamiento sobre dirección, absorción de referencias y composición de un salvaje chute de adrenalina.
Los seis años de espera que separaron ‘Jackie Brown’ -posiblemente la mejor película de Quentin Tarantino hasta el momento- y el primer volumen de ‘Kill Bill’ sirvieron para demostrar que la ausencia del cineasta de culto fue el tiempo necesario para crear y componer la obra libre y desvergonzada que esta imprescindible y polémica figura del cine de este siglo estaba destinado a realizar. El aluvión mediático desplegado ante la primera mitad de película hizo previsible que ‘Kill Bill: Vol. 1’ fuera una película que respondiera al capricho que un director se otorga a sí mismo y a los amantes de los géneros a los que reverencia como repuesta a sus propios deseos como espectador. Y así fue. Tarantino realizó la película que le dio la gana.
Sin pretensiones, sin concesiones a las reglas. Cine libre en estado puro. Tarantino puso al espectador ante un preciso y contundente ‘cocktel’ de referencias temáticas sobre las que el cineasta es un experto conocedor. Así los clásicos de serie B, los dogmas populares, las cintas orientales y sus expresiones genéricas más estandarizadas (como el ‘wuxia pian’, los filmes de yakuzas, el ‘anime’ o el ‘western’ -en sus versiones clásicas y ‘spaghetti’-) desfilaron en un imposible combinado genérico donde la fuerza del impacto y las analogías temáticas no sólo evocaron simplemente el exceso y los aspectos más determinantes del cine de género, sino que, tras su primera apariencia, todo escondía un impresionante espíritu de rebelión subversiva que le confirió una intensidad emocional y un poder de fascinación infinitos.
Para su díptico, Tarantino dejó atrás cualquier complejidad argumental con el fin de narrar, a través de los ojos de un personaje creado para su musa Uma Thurman, una historia de venganza. La de La Novia, una ex asesina del Escuadrón Asesino Víbora Letal (DIVAS) que sobrevive a la matanza que se lleva a cabo por sus compañeros y su jefe, el enigmático Bill, el día de su boda. Cuatro años después, tras salir del coma, comienza la cruenta venganza buscando a cada uno de los miembros que han estado a punto de matarla. En su primera parte de la historia los objetivos de La Novia son Vernita Green (Vivica A. Fox), reformada de su carrera delictiva y encantadora madre de familia y O-Ren Ishii (una muy comedida Lucy Liu), la nueva emperatriz del crimen organizado de Tokio que tiene a su servicio a ‘88 asesinos’ y a sus guardaespaldas Sofie Fattale (Julie Dreyfus) y la sádica Gogo Yubari (de lo mejor de la función, encarnada por la perturbadora Chiaki Kuriyama).
Es en ésa lineal y reiterada trama donde Tarantino descubre la grandeza de su trabajo como realizador. Su epopéyica y trágica odisea de venganza se nutre de arquetipos, sintonías e historias ya contadas y vistas en multitud de ocasiones. Puede que sea cierto que ‘Kill Bill: Vol. 1’ parezca una simple y espectacular ráfaga de situaciones violentas, de luchas y sangrientos correctivos como reverberación del vacío argumental en el cine de género y del que hacían gala las películas de artes marciales orientales, pero también lo es el sustento del poder salvaje de la imagen sobre la palabra, de una forma adscrita a su descarada intención superlativa del impacto sobre el diálogo al que nos tiene acostumbrados. Una asombrosa lección de estilo, un riguroso catálogo de material popular y un festival de guiños, homenajes, devociones y conmemoraciones cinéfilas.
Lo de Tarantino no es, por tanto, una acomodaticia concepción del cine, sino un intenso ritual fruto de una convicción que es la columna vertebral de toda su obra: una fusión armónica entre cine y vida. Desde la cortinilla inicial de estilo ‘Drive-in’ “Now our feature presentation…”, seguido del logotipo de los Shaw Brothers, Tarantino está enseñando todas sus cartas, preparando al espectador para una película de venganza al puro estilo del ‘Grind House Cinema’, donde los protagonistas no son los típicos héroes o villanos arrogantes, sino victimas de sus decisiones en la que las motivaciones no tienen ninguna profundidad o resonancia psicológica, sino simplemente marcadores del diagrama argumental. Los personajes son definidos mediante sus características físicas y su recorrido vital viene dado por sus actos. Y en ese aspecto ‘Kill Bill: Vil. 1’ es una de las más honestas cintas vistas en mucho tiempo.
Amparado en su estética y puesta en escena de prominente atención a los detalles visuales, pleno de desbordante capacidad visual, Tarantino dejó su impronta de templado academicismo en una inteligente y ingeniosa lección de estilo. Este brutal ejercicio de cine de acción a medio camino entre el cine nipón y el ‘western’ escondía bajo su simulada apariencia frívola auténticas lecciones de cine y una cosmología visual de entusiasta poesía brutal que, además, hizo al espectador partícipe de la diversión categórica. El director de ‘Pulp Fiction’ se permitió con ello el intento de perfeccionar la técnica de desestructuración de sus anteriores trabajos y punto clave en su carrera fílmica. Y lo hizo realzando la subjetividad de la narración afásica y volviendo a jugar con los tiempos, donde la anacronía temporal residió una vez más en la acción definida y fragmentada en bloques, como capítulos de una novela ‘pulp’ que tanto prolifera en el cine de Tarantino.
Se impuso en ‘Kill Bill: Vol. 1’ una lógica que obedecía a la discontinuidad clásica cinematográfica basada en el ‘flashback’, signo evidente de la moderación de vocación establecida en ‘Jackie Brown’. Aunque pueda tener aquí una extensión rebelde. Esto queda patente en el hecho de que el juego formal y la ruptura directa con la realidad de sus dos primeros filmes vino a ser sustituida por la apoteosis de los capítulos. Y esto es extensible a ‘Kill Bill’ como filme unitario, que deja ver una intención comercial en la decisión de fragmentar la película en dos partes. Un tributo por parte de Tarantino y los Wenstein a la más antigua tradición popular de la narración, es decir, la historia dividida en entregas.
Como tentativa a un nuevo sentido del arte de la narración cinematográfica, en este filme-homenaje se permitió una experimentación de estilismo insólito, reflejado éste en la larga secuencia de lucha con los 88 asesinos, donde las texturas cromáticas y utilización del B/N juegan un papel vital para la preparación de la pelea final. La que tiene lugar entre La Novia y O-Ren, uno de los encuentros más violentos y hermosos del cine de este maestro contemporáneo, desarrollada en la Casa de las Hojas Azules, referente ‘Shuratukihime’, de Fujita o al drama ‘Tokyo Drifter’, de Seijun Suzuki. Pero donde la conjunción de géneros y de las referencias a la cultura pop llega a su apogeo estético es en el espléndido ‘backstory’ de animación japonesa que une con una cadencia perfecta el cine de ‘yakuzas’ (típica del ‘flingage’ nipón) con el ‘spaghetti’. Lo bueno de esta combinación de grafismos genéricos es que Tarantino sabe rescatarlos, reactualizarlos y volver a significarlos, asumiendo la mirada occidental y subrayando la incapacidad de occidente por representar con fidelidad la cultura oriental. Un irónico mundo donde chinos y japoneses son lo mismo, el inglés y la lengua oriental se confunden y se reemplaza ingeniosamente a mafiosos por mujeres que recuerdan (como el DIVAS) al cine de Russ Meyer en su visión feminista de la heroína vengativa y feroz. La representación devota de Tarantino del cine oriental vendría a ser como una película de ‘yakuzas’ y artes marciales dirigida por un ‘gaijin’ (un extranjero) ajeno al mundo que narra.
Tarantino compuso en la primera parte de su cuarta película una esplendorosa sinfonía de violencia, mecanismo cardinal de todo ‘Kill Bill’. Violencia extrema, salvaje y magnificada que encuentra su gran virtud en la parvedad de su discurso moral, despojado de cualquier teoría especulativa que acerca sin prejuicios al salvajismo sangriento de sus potentes imágenes. Como en ‘Reservoir Dogs’ y ‘Pulp Fiction’, la sangre es mostrada como elemento necesario, sin caer en la trivialidad y asentando todo el interés de su agresiva ceremonia sanguinolenta en la diversión y sentido del humor. Por eso, la imagen de sadismo, el desmedido exceso y la exageración de los combates desde la perspectiva de Tarantino es necesaria mostrarla detenidamente en cada golpe, en cada patada, en cada sablazo de katana y en cada muerte para reflejar siempre un sutil sarcasmo.
Una mirada que realza el crimen con su habitual estilización de violencia, eliminando su realismo para poder así coreografiarla en una espléndida disposición de signos. Por eso, la aparente linealidad de la trillada historia de venganza, fundamentada en el estereotipo más manido, se invalida con una dirección convertida en una auténtica celebración coreográfica, un rebelde manifiesto visual, una ofrenda de ilusiones que recupera el sentimiento del cine para ofrecer una explosión casi sublime del entretenimiento. La violencia, en este caso, resulta efecto y no causa. Una de las cualidades del cine de este dinamitador insurrecto.
Cabe destacar así el elemento que puede definir ‘Kill Bill: Vol. 1’. Y es la oda de amor de Tarantino por una actriz, por Uma Thurman (ya que retrasó el proyecto cuando la actriz estuvo embarazada), que realizó no sólo un verdadero y plausible maratón físico, sino que supo combinar este rasgo tan poco valorado en una actriz con una intensidad actoral mostrada en esa escena en que La Novia cree haber perdido a su bebé manifestado en un llanto desgarrador. Thurman está increíble. Filme de elegante coreografía visual, entre el ritual y la utilización del humor, el primer volumen se disparó como una descarga de maestría. Siempre manteniendo el equilibrio en el peligro del exceso, reforzando su intensidad por una inserción realmente prodigiosa de canciones y sintonías que forman una banda sonora inolvidable.
La madurez de 'Kill Bill. Vol. 2'.
Si con ‘Kill Bill. Vol. 1’, Tarantino logró su primer objetivo de crear una obra que, definitivamente, estuviera avocada a ser una irrepetible fusión armónica entre cine y vida, derivada de una libertad casi insultante en la creación de una película que respondiera a sus propios deseos como espectador al mezclar clásicos del serie B, dogmas populares, expresiones genéricas más estandarizadas con cintas orientales y el ‘western’ (en sus versiones clásicas y ‘spaghetti’), esta segunda porción, finalización de su cuarta cinta, persistió en su tentativa de dejar ver que su intención continuaba siendo mucho más que una maravillosa composición miscelánea de numerosas tradiciones con la impronta de la flagrante innovación en su fondo. Tarantino constató no sólo que es, posiblemente, el mejor director contemporáneo, sino que es capaz de ensamblar géneros y subgéneros con raigambre y astucia. Algo muy opuesto al especulativo ejercicio de sincretismo que muchos han achacado al cineasta en sus primeros trabajos y que compagina con una ruptura de las formas tradicionales del cine de una forma descaradamente irreverente.
En el segundo volumen de ‘Kill Bill’, Tarantino equilibró su historia de venganza, dejando los postulados del frenetismo y de la acción de ritmo endiablado a un lado para ofrecer una hermosa pieza reflexiva y armoniosa, deteniéndose en una más que exquisita poética determinada por una ternura inusual en la visión argumental de su realizador, acostumbrado a magnificar el salvaje vigor de la imagen y el impacto. Una característica que si bien no pierde la feroz fuerza de su violencia ni sus más condensadas luchas cuerpo a cuerpo, sí encuentra el peculiar terreno de ironía y cinismo congénito a Tarantino, pero imbuyéndolo de matices íntimos, contemplativos y armónicos, sentimientos imprecisos, profundos y turbiamente impregnados de nostalgia. La culpa expiatoria de la maldad, el tiempo perdido, la acrimonia que deja los errores cometidos y el placer de la venganza más cruel son los dispositivos que prosiguen en su segunda parte de la función.
En el ‘Vol. 2’ ya no se trata de la yuxtaposición sorpresiva del reciclaje, sino de equilibrar la balanza, no de superar los logros. Y para ello, Tarantino acometió una obstinada profundización en los personajes que participan en la historia, creando verdaderos seres humanos, ataviándolos con personalidades demoledoras. Así, la figura incorpórea de Bill en la primera mitad, tiene su apoteosis aquí con el afianzamiento de un rol magnético, apasionante, de múltiples gradaciones y poseedor de una ideología tan fascinante que hay que acudir a los fastos de las mejores épocas del cine clásico para encontrar un malvado, un villano tan grandioso y atrayente.
Si a todo ello se añade el instinto maternal de La Novia/Mamba Negra, que la hace más peligrosa y letal y se descubre (como ya se pudo ver con O-Ren Ishii) ante sus antagonistas secundarios llenos de defectos y enfermo cinismo, asesinos delimitados a esa diatriba que es ‘matar o morir’ (la verdadera clave del total de ‘Kill Bill’), nos encontramos ante una propuesta que basa su fuerza, contra lo que pueda parecer, en los personajes. ‘Kill Bill’, como un todo común de cuatro horas, es una irreprochable película que revela la evolución hacia una perfección dialógica y cinéfila de un director llamado a ser uno de los grandes clásicos del Séptimo Arte, pero con ésas vertientes bien diferenciadas, en las que cumple un papel central la conciliación de subgéneros derivados de los géneros cinematográficos clásicos y donde es fundamental el procedimiento modernista de la intertextualidad genérica cuyo objetivo es releer y reinterpretar.
Inmersa en su particular venganza homérica, concordada en la idea de Esquilo y Sófocles, ‘Kill Bill. Vol. 2’ presenta a La Novia dejándola dónde se había quedado: con dos miembros del Comando Letal Asesino Víbora aniquilados y en busca de los otros dos (Bud –Michael Madsen- y Elle Driver –Daryl Hannah-) que dejen como único designio la venganza contra Bill y recuperar así a su hija de cuatro años a la que nunca ha conocido. Su agrio sentido del fatalismo, colmado de indudable pomposidad operística, concede una sublime eficacia que hace que esta segunda parte de filme le sirva a Tarantino para olvidar estilo de ese mencionado ‘Grind House Cinema’ para centrarse un poco más en el porqué, en las causas y las consecuencias. ‘Kill Bill. Vol. 2’ vendría a ser el complemento a lo propuesto, una elevada reflexión sobre la vida y la muerte, el amor y el odio y, principalmente, una preciosa y enternecedora glorificación a la maternidad.
Un núcleo ideológico y existencial que cavila acerca de la naturaleza de la maldad, utilizando como modelos la muerte del pez Emilio a manos de la pequeña B.B. y en el modélico discurso sobre el genuino Superman como camuflaje de una teoría que parece contener el centro temático de la historia. Un razonamiento que si bien incluye agudos comentarios sobre la identidad y honestidad personal, sirve como explicación perfecta para los auténticos motivos del villano. Por eso las peleas son mucho más breves, pero también más impactantes, pues se van conociendo las motivaciones de los personajes y sus propósitos. Las batallas con ‘katana’ y las luchas a muerte ya no funcionan como espectáculo y homenaje al cine de artes marciales, sino que contribuyen a la narrativa, fortaleciendo la historia y extendiendo la comprensión hacia los personajes. Y es en ésa esfera donde se sitúa el segundo volumen de ‘Kill Bill’.
Hay, por tanto, dos partes muy bien diferenciadas en ‘Kill Bill’. Una primera, oriental, en la que el cineasta basó los movimientos de la trama en función del espectáculo puro y adrenalítico, utilizando referencias a los clásicos asiáticos Seijun Suzuki, Kiachi Okamoto y Toshiya Fuyita como explicitación del homenaje experimental de estilismo al cine de ‘yakuzas’ y al ‘wuxia pian’ de artes marciales y que representó la sección física de la cinta. Y una segunda parte que es el ‘spaghetti-western’ el encargado de transportar al espectador por el viaje emocional de su protagonista. Un género definitorio de ‘Kill Bill’ como película. Y es que el ‘spaguetti’ no es como el ‘western’ de Hollywood, ya que el salvaje Oeste yanqui idealizó en sus bases genéricas la cruda realidad histórica haciendo que sus elementos se circunscribieran al entorno geográfico y sus leyes. Sin embargo, en el ‘italo-western’ la vida fronteriza y desértica devino en áspera tragedia, donde un agresivo instinto de supervivencia alumbró nuevas formas de barbarie y libertad. ‘Kill Bill. Vol. 2’ es así dependiente de su primera parte para reflejarse en ella y aquélla necesita de ésta para entender su existencia. Ambas son complementarias y una sola, pese a ser heterogéneas. Como si la primera fuera el anverso de la segunda y viceversa.
Tarantino enfocó su pieza de cámara hacia una desbordante superación de los límites tradicionales de cualquier género, cuestionando cualquier orden, quizá para construir uno nuevo. El genial cineasta reinventaba con ello el ‘spaguetti’, manejándolo a su antojo y subvirtiendo los preceptos del ‘western’ y de su réplica mediterránea al sublevar la idea de Sergio Leone cuando decía que “la mujer en el Oeste no es más que un obstáculo para la supervivencia como problema esencial de la vida salvaje”. Una misógina idea anulada aquí cuando Tarantino traiciona cualquier prototipo de antihéroe de los filmes italianos a los que reverencia creando una superheroína, una mujer de armas tomar que no se puede desprender de su destino, entendido como una fuerza ciega que marca al personaje y a sus actos. Y además, superando el ascetismo esquemático que propone el género (y en último fin, la historia de ‘Kill Bill’), donde la degradación es el universo primitivo e irracional que rige las vidas de los que en él habitan. Un hecho que sirvió a Tarantino para moldear, mediante un asombroso y estudiado ‘dramatis personae’, unos caracteres que desglosaron lo mejor de su cine y desarrollar, de paso, unas líneas argumentales representativas de la mejor tradición clásica.
En ‘Kill Bill’ como filme unitario, la violencia extrema que se extrae de sus imágenes, lejos de significar el punto álgido en la dramaturgia e idiosincrasia de su ente formal y argumental, es una especie de terrible consecuencia de una angustiosa divergencia ‘psicológica-existencial’, provocada por la punición moral a la que conlleva el ansía de venganza. La violencia de ‘Kill Bill’, como se apuntaba en su primera parte es, pura y simplemente, exhibida en su más atroz esplendor, porque la violencia es inherente al ser humano y difícilmente puede ser sometida a los dualismos maniqueos de la filosofía tradicional. Como en el caso de los (anti)héroes de los ‘spaghetti’, que coexistieron en el sanguinario vitalismo de las tragedias griegas combatiendo la violencia con violencia para restablecer una justicia natural, cuya profundidad y honestidad está por encima de las imperfectas leyes humanas. Algo a lo que no es ajeno ese espectacular duelo final, no tanto físico como emocional entre Uma Thurman y David Carradine y todas las sangrientas muertes que quedan en el trayecto vital de La Novia hacia la redención como persona y madre.
Dentro de su estudio en forma de búsqueda de reconversión de géneros, Tarantino encontró su apogeo estético en la que es excepcional ofrenda al cine nipón, que tiene su espacio en este segundo volumen descrito en un ‘flashback’ protagonizado por Pai Mei (Chia Hui Liu), el maestro ‘shaolin’ cruel y soberbio de Mamba Negra y que Tarantino aprovecha para utilizar ‘zooms’ de ida y vuelta y una puesta en escena que definen el absoluto respeto por el homenaje, mucho más que por el guiño irónico que se pueda intuir. Una odisea cinematográfica donde, otra vez, los planos de lucha (esta vez más sucios y transitorios) encuentran la síntesis de una excepcional coreografía visual, entre el ritual y la utilización del humor, disparándose como una descarga de maestría y buscando siempre la superación y la forma de sorprender, como la angostura en el formato de proyección para angustiar en su secuencia del entierro o su guiños al clásico del ‘gore’ japonés ‘Lone Wolf and Cub’ (conocido en Occidente como ‘Asesino Shogun’) o su contextualización geográfica en las secuencias de México con alusiones subversivas al Santo el Enmascarado de Plata, de Kalimán. Eso sí, siempre conservando el equilibrio al filo del exceso y fortificando su intensidad por una inserción admirable de canciones y sintonías que forman una banda sonora inolvidable.
Si algo caracteriza esta obra rotunda, plena de arte procedente de un guión sin fisuras, es su honestidad a la hora de exponer su ideología e iconografía. ‘Kill Bill’, más en la segunda entrega que en su antecesora, tras su aparente intrascendencia esconde, siguiendo la idea de F. Velasco Capafons sobre el ‘western’, “una profunda reflexión del género con actitud ingenua y traslúcida donde la violencia es el exponente de una sociedad que está demasiado consciente de su propia monstruosidad y no quiere estarlo”. Una clave que reside en uno de los epílogos más hermosos y desgarradoramente optimistas que se han visto nunca. Si todos los mitos son de naturaleza simbólica y funcional, la heroína de esta obra maestra que se transmuta creciendo como personaje de La Novia a una madre ejemplar adopta una efigie de proeza en los rasgos de la musa ‘tarantiniana’ por excelencia, de una Uma Thurman que descarga el verdadero y plausible maratón físico para demostrar lo gran actriz que es, encontrando la complicidad de un Carradine carismático y en estado de gracia. Como si ambos hubieran esperado esta película para demostrar todos los registros posibles en una cinta de acción.
Quentin Tarantino creó una celebración y una elegía del cine en sus conceptos más amplios, reinventando con su espléndido ‘background’ cultural y heterogéneo basado en los diversos géneros ya mencionados una nueva forma de ver este apasionante arte. Sorprendente, elocuente, conmovedora e hipnotizante en casi todos sus sentidos, ‘Kill Bill’ supone una de las mejores películas de su autor y, posiblemente, el cenit de un cine moderno que encuentra en la historiografía del Séptimo Arte el lugar más destacado para esta inolvidable experiencia.
Tarantino está mucho más allá de su aplaudida renovación del orden narrativo, de su forma de contar historias, del acopio cuantitativo y cualitativo de su experiencia como espectador, corroborando que muchos de los homenajes sólo son un ardid para superar el espejo en el que se mira como cineasta, potenciando su inalcanzable universo. Tarantino llegó con ‘Kill Bill’ a la madurez como clásico del cine moderno. A partir de entonces, el espectador puede esperar lo mejor en cada una de sus próximas demostraciones de superioridad.