martes, 13 de junio de 2006

Bazares

En un bazar chino uno puede encontrar miles de piezas absurdas, destinadas a empaparse de polvo en una estantería repleta de objetos sin utilidad. Figuras de regalo, productos de papelería, menaje de cocina, extravagante ornamento de coloridos chillones, joyeros, ropa barata, velas aromáticas, juguetes, lencería, cristalería, porcelana y enseres decorados e incluso electrónica. Todo un submundo que, para algunas personas, se ha convertido, poco menos, que en una afición. Otra forma de pasar el tiempo invirtiendo su tiempo libre en una creciente rama del consumismo, uno de los padecimientos más extendidos de la era moderna.
Bien, ahora, imaginemos a alguien, un individuo cualquiera, de unos sesenta años, vestido de forma elegante, pulcramente aseado, perfectamente peinado y sumergido en uno de estos extraños pero familiares contextos. El tipo echa un vistazo a un cenicero con motivos marinos en su interior, seguidamente y tras pasar por el pasillo donde se albergan el papel, las toallas higiénicas y los productos de cocina, pasa a ojear sin mucho interés una pequeña colección de juegos de mesa magnéticos a los que le siguen más productos denominados ‘high end’. Poco después, mira la sección de bricolaje, sin encontrar nada acorde a sus gustos. Todo parece barato, pero sabedor del terreno que juzga, aprecia que la calidad no es suficiente para llamar su atención.
Aburrido y receloso del olor que impregna el lugar, el hombre sale a la calle a fumar un cigarro y espera a que su mujer termine con el enésimo repaso de todas las piezas de venta del establecimiento. Incómodo, echa un vistazo al reloj y, tras cruzar un saludo y dos frases con un conocido sobre algún tema intrascendente, el hombre empieza a impacientarse por la demora de su esposa. Con una insólita intranquilidad el hombre vuelve a introducirse en el bazar a buscarla. Entre estanterías, varios asiáticos le miran suspicaces, simulando que trabajan reponiendo en su quehacer diario. Tras escrutar pasillo por pasillo, con una canción en formato midi de fondo, descubre que no hay rastro de su señora. Visiblemente nervioso pregunta a un chino que, desorientado, le replica con alguna estúpida frase aprendida.
- Pasillo dos, fondo delecha- apunta con una forzada sonrisa.
- No, mi mujer ¿dónde está? Estaba aquí hace un momento – repite una y otra vez.
Sin contestación satisfactoria, se acerca a la cajera para preguntar. Ella parece ser la única que habla español. Una vez allí le señala que, en efecto, la mujer ha abandonado el local hace varios minutos. El hombre, haciendo memoria, no recuerda haberla visto mientras hablaba por un instante con el conocido.
- Perdone, pero creo que mi mujer no ha salido de aquí – afirma rotundo el marido.
Así que decide entrar al almacén a ir a su encuentro, ante la oposición de algún que otro asiático que intenta impedir su paso. Cuando accede al interior, lo único que encuentra es a otros dos chinos rebuscando dentro de una caja de material defectuoso aquello que puede volver a venderse. Sin una respuesta fiable, acalorado y al borde del colapso, el hombre decide llamar a la policía.
Tras varios minutos de angustiosa espera, una patrulla aparece cerca de la calle colindante. Del vehículo policial salen los agentes que hablan con el hombre acerca de lo sucedido. Después de escuchar la historia, los policías entran en la tienda y lanzan las mismas cuestiones a la cajera que el hombre había inquirido hacía poco menos de media hora. La cajera china reitera su aserción repetidamente “la mujer se ha ido hace un rato”. En el bazar, sólo se encuentran algunos clientes que observan soliviantados la situación. El hombre, afectado por la situación, comienza a dar signos de irascibilidad, seguro de que su esposa no ha abandonado el lugar. Un agente entabla conversación con el individuo para calmarle, mientras el otro examina el comercio y le pide a un empleado que abra una puerta. El asiático que antes no hablaba español le rebate en perfecto español “sin una orden, no puedo abrir”, contestación que provoca al oficial.
De repente, el hombre grita. Recuerda que su mujer lleva un ‘chip’ para diabéticos, un CIBB implantado que puede servir de ayuda para localizarla. Los agentes se acercan al coche patrulla con el individuo para recurrir a la búsqueda de este sistema. Uno de ellos se baja del automóvil cuando observa cómo la cajera va a cerrar la tienda, hecho que es impedido por el policía.
Después de unos segundos de espera, la pantalla ofrece información sobre el paradero de la mujer.
- ¡Joder! Su mujer está dentro de esta tienda – confirma el otro agente.
Con cierto, nerviosismo, vuelven a entran, dispuestos esta vez a registrar el recinto. Los chinos intentan oponerse, pero no pueden hacer nada por contener la inspección. Abren puertas y trasteros, pero todo permanece bajo una aparente normalidad. El hombre, crispado tira al suelo varias estanterías gritando que le devuelvan a su esposa.
- Cálmese, señor – le increpan.
Finalmente, gracias a este arrebato, una estantería mal colocada, da la pista definitiva a uno de los policías.
- Ahí – señala sacando su arma.
El agente separa la estantería. Tras una falsa pared descubren una enorme habitación donde la mujer yace en el suelo sedada y amordazada, mientras tres asiáticos, sorprendidos, levantan las manos ante la llegada de las fuerzas de orden público. Los agentes descubren varios utensilios de quirófano, una cama de hospital y cajas-nevera con hielo. El hombre abraza a su mujer blasfemando contra la comunidad asiática afincada en España. Un agente procura sosegarle a la vez que reanima a la señora. El otro, sin dejar de apuntar a los chinos, pide refuerzos.
Una historia impactante, que versa sobre el tráfico de órganos, diréis. En una primera lectura, parece producto de mi enferma imaginación. Pero nada más lejos de la realidad, amigos. Ya que este desagradable hecho ha tenido lugar hace una semana, aquí, en Salamanca, en un bazar chino bastante conocido por estos lares.
Una aterradora fábula que bien podría ser un argumento de algún episodio de la ‘Twilight Zone’ y que pone los pelos de punta al conocerse su veracidad, la realidad de una pesadilla vivida en primera persona por un matrimonio que vio de cerca la muerte y la impiedad de unos asiáticos que cada día, trafican con órganos en un mercado desconocido por la opinión pública, pero que crece paulatinamente en nuestro país, con vísceras humanas mercantilizadas en Internet y vendidas sin conocimiento de nadie.
O tal vez no. Tal vez se trate de una leyenda urbana, o mejor aún, del argumento de un próximo cortometraje. Una historia que mezcla ‘thriller’ e intriga salpicada con un poco de dramatismo real. Una idea interesante.
En cualquier caso, estad atentos a cada movimiento que hagáis, porque la siguiente víctima podéis ser algunos de vosotros…
Miguel Á. Refoyo © 2006