lunes, 1 de mayo de 2006

'El dilema': El pulso del poder mediático

¿Qué nos cuentan los medios de comunicación?
Por mucho que en su día se dijera que con el tiempo sería una obra maestra y hubo gente que incluso le colocara dicha etiqueta, ‘El dilema’ sigue siendo una película irregular, amén de su grandilocuente fondo, pero a su vez excepcional visión, no ya sólo del periodismo cada vez más corrupto y desleal con el receptor de la era actual, sino por la conjetura de distorsión social que generan los ‘mass media’ cuando el poder y el dinero (dualidad generalizada hoy en día) se meten en el juego del supuesto ideal del cuarto poder.
La historia giraba en torno a Jeffrey Wigand (un espantoso -como casi siempre- Russell Crowe de constante mueca forzada), empleado de una gran empresa tabaquera que decide revelar el oscuro secreto que encubre dicha corporativa. Lowell Bergman (un mejor Al Pacino), un probo y veterano periodista, productor de ‘60 minutos’, el programa más visto en Estados Unidos, sabe que es una de las historias más rentables de su carrera y decide entrevistarle delante de las cámaras acusando de la nocividad para la salud pública de la empresa. Por supuesto, la entrevista escuece, complicando la vida de todos los que se ven involucrados.
Apasionada a la vez que anquilosada, ‘El dilema’ fue uno de esos productos profusamente manufacturados que nacieron con vocación de polémica, con la intención de hacer pensar al público, pero que en su final acababa por mostrar una posición ideológica demasiado evidente, excesivamente falsa, terminando por hacerse irreal, forzada y sentimentaloide (el giro en ralentí de la niña de Wigand es todo un cromo de la corrección y buena disposición). Bajo el estilo a veces monótono, pero con el pulso de un artesano de la imagen como Michael Mann, existe un espléndido ‘guión-denuncia’ sobre un tema pocas veces tratado por el cine, que es la vulnerabilidad de la (in)existente ética periodística y las restricciones a las que se pueden ver sometidos los medios cuando se inmiscuyen otros intereses empresariales.
Todo el alegato a la conciencia del informador, al respeto por la veracidad y al honor que tiene el emisor respecto a la fuente, a pesar de su efectividad basada en una segunda parte del filme muy eficaz, es, sin embargo, sobradamente idealista como para que el espectador se trague ése precioso final de cuento social (por mucho caso real que se cuente). ‘El dilema’ supuso, en definitiva, una muy buena muestra de un cine con delación que hasta el momento parecía aletargado en Hollywood, un cine crítico, con posturas claramente evocadoras de la figura de Sidney Lumet a la hora de abordar casos que abran los ojos a la sociedad ante la situación irreal que muchas veces vivimos a través de los medios.
Que ‘El dilema’ cuestionó los entresijos que mueven a las grandes empresas informativas era algo evidente, pero que existan héroes de la integridad y la deontología de Lowell Bergman es una cosa muy distinta. Por eso ese final abierto, alentador, que promete una comunicación basada en el interés social y en que todo sale a la luz pública, puede ser tomado como una creencia vana en la fe por la información pura. Sin embargo la pregunta era: ¿alguien se creyó esa realidad? El derecho fundamental y su verdadero significado parecían tener la palabra... Cuestionándose por lo subversivo del asunto se llegaba a la verdadera clave, cuando la película de Michael Mann encontraba algo de grandeza.