lunes, 10 de abril de 2006

Recordando 'Alien'

Por alguna extraña razón, ayer volví a ver ‘Alien’. Y por alguna otra, esta mañana me he levantado con ganas de escribir algunas líneas sobre una película que, a estas alturas, ha marcado de forma multilateral un hito en los fastos del celuloide. Juzgándola desde una perspectiva tecnológica y conceptual, la película de Ridley Scott (por entonces con una capacidad extraordinaria para despertar admiración sin límites hacia su emergente obra), se ha transformado en todo una emblema de tintes mitológicos, de dimensiones abrumantes, una experiencia fuera de lo común de la mano de la terrorífica criatura parida por el diseñador suizo H.R. Giger y que marcó, con su presencia, un antes y un después en varios géneros que sin ‘Alien’ no serían o mismo.
Cuando en 1978 George Lucas y su épica trilogía ‘Star Wars’ revolucionaron el género de la Ciencia-Ficción y se adueñaron de las taquillas de todo el mundo, Gordon Carroll, Walter Hill y David Gile se aliaron con el fin de producir para la Fox un guión titulado ‘Star Beast’, propiedad del joven Dan O’Bannon, que aportaba una innovadora visión genércia conjugado el terror más psicológico que efectista basado en una estética gótica, aterradora y oscura con el drama de supervivencia de una tripluación en el espacio. O’Bannon había escrito el libreto de ‘Dark Star’, dirigida por su amigo John Carpenter. En ella, también se daba cita una inaudita mezcolanza; la ciencia-ficción y la comedia, otorgando una parodia irónica y cáustica de ‘2001: Una odisea del espacio’, de Stanley Kubrick pero jugando, a su manera, con el vestigio de opresión e histerismo que viven unos astronautas perdidos en el vacío espacial y que, según O’Banon, “suponía una metáfora de la rutinaria y agobiante vida americana”. Fue el mencionado Walter Hill (que ya era un prestigioso guionista gracias a ‘La Huida’, de Peckinpah) quien revisara el promisorio guión y lo transformara en lo que sería el definitivo ‘Alien, el octavo pasajero’.
Entonces nadie podía imaginar que aquella película dirigida por Ridley Scott, conocido en el medio por una sola película, ‘Los duelistas’ y financiada con un presupuesto de 11 millones de dólares se convertiría en una obra maestra trascendental, pasando a engrosar todo un lucrativo y legendario fenómeno que acabó por cosechar uno de los éxitos más celebrados en la historia del género de terror, amén de obtener excelentes críticas y varias nominaciones al Oscar (ganó el de mejores efectos especiales). La cinta de Scott, con reconocidas influencias de la novela de Joseph Conrad ‘La linea de sombra’ y de inolvidables películas de serie B como ‘It! The terror from Beyond Space’, de Edward L. Cahn o ‘Fiend without face’, de Arthur Carbtree, narra, con apasionante destreza y sentido del ritmo, la absorbente y obsesiva historia de los siete tripulantes espaciales de la nave Nostromo que, tras fracasar en el intento de rescate de otros astronautas en el planeta Acheron, recogen involuntariamente un inesperado visitante con la perversa apariencia de una sobrecogedora bestia babosa.
La protagonista de la odisea fue la por entonces desconocida Sigourney Weaver, que se hizo con el papel de la teniente Ripley después de que actrices de mucho más renombre y experiencia como Meryl Streep lo rechazase por el riesgo al que conllevaba una película de terror espacial. Junto a ella, Tom Skerritt, Yaphet Kotto, Harry D. Stanton, Veronica Cartwright, Ian Holm y John Hurt como ‘engendrador’ del repugnante alienígena.
A pesar de que durante la postproducción, el equipo del filme se mostró entusiasmado con el material rodado, los productores hicieron que Ridley Scott tuviera que desechar algunas polémicas escenas como aquélla en la que un Dallas (Skerritt) ‘cocoonizado’, pedía a Ripley que acabará con su vida para así evitar la agonía de ser devorado por la horripilante bestia o el plano final, totalmente apocalíptico y desesperanzador, en el que se podía descubrir un huevo de alienígena justo después de que Ripley fuera a hibernar sus 57 merecidos años hasta su llegada a la Tierra. El filme es hoy en día una grandiosa y única muestra de cine de Ciencia-Ficción y terror que engloba toda una genealogía posterior, una leyenda propia y una rotundidad que la hacen ser una de las piezas ineludibles en la concepción más amplia del cine.
Artística y técnicamente impecable, ‘Alien, el octavo pasajero’ le debe esa fascinante elaboración estética a los diseñadores más importantes del momento. Creadores de sueños y pesadillas góticas y hechizantes de la talla de H.R. Giger, Ron Cobb, Chris Foss o el inimitable Moebius que pusieron todo su talento al servicio de una extrapolación de lo gótico tanto a un ámbito totalmente moderno y tecnológico de Ciencia-Ficción como a un género tan complejo como lo es el terror. Por su parte, Ridley Scott desplegó con su buen hacer una historia de ritmo agresivo, aportando grandes dosis de maestría en los espacios que incluían tensión e intriga, con admirable destreza visual en su recreación de unos seres humanos a merced de las fuerzas de la naturaleza y mostrados, en consecuencia, indefensos. Una naturaleza con la terrorífica apariencia de babeante y peligroso extraterrestre que describe una conexión empática con el espacio exterior. Cuanto más va creciendo el espacio y la pérdida de los astronautas, más grande se hace la criatura.
Cada una de las secuencias de ‘Alien’ explora, de forma minimalista, todo tipo de ambientes escénicos, que sostienen y justifican la narración mediante la combinación de tres importantes componentes de la puesta en escena: la escenografía, la iluminación (gracias a la labro de Derek Vanlint) y el encuadre, jugando (según sea la disposición de la trama: terror, acción, drama...) los espacios físicos pasando de ser claustrofóbicos y oscuros a ser amplios e iluminados, con arreglo a la situación y momento de la película. En el recuerdo nos quedarán imágenes imborrables como cuando Brett va en busca de Jones, el gato mascota de la tripulación, el desagradable nacimiento del alien emergiendo del abdomen de Kane o los gritos de Dallas o el mítico final con una exuberante Ripley, en braguitas, sufriendo y deshaciéndose del molesto inquilino.