lunes, 3 de abril de 2006

Fin de semana, panzada cinematográfica (I)

Tras un emoliente fin de semana de purificación hepática y descanso sosegante, sin más compañía que la televisión y mi pequeño y fiel amigo Woxter X Div 600, aliado visual e incansable, el itinerario cinéfilo semanal se ha incrementado en una exorbitante dosis a modo de maratón fílmico totalmente fructuoso, con espacio para la heterogeneidad de películas que, por alguna u otra razón (ya sea la indecisión indolente de los distribuidores salmantinos, bien su carácter inédito o simplemente el hecho de dejar pasar la ocasión de asistir a la sala cinematográfica), no había tenido el gusto de disfrutar.
El caso es que entre este sábado y domingo he visto los siguientes títulos que paso a comentar sucintamente:
.- ‘Los tres entierros de Melquiades Estrada’ (2005), de Tommy Lee Jones.
Guionizada por Guillermo Arriaga (‘Amores perros’ y ‘21 Gramos’), la segunda película de Lee Jones como realizador se salda como una de las más reconfortantes cintas de lo que va de este año 2006, en un recorrido por áridos parajes y furibunda polvareda amparado en un ‘western’ crepuscular, de tintes agonizantes en su vena genérica, que recuerda al Peckinpah más pesimista y rudo. Con un arranque afásico, donde los tiempos se confunden y el eje narrativo se distorsiona, la cinta dibuja inolvidables personajes que serán adventicias víctimas del asesinato accidental de un mexicano ilegal que consolida una hermosa amistad con un capataz que aún cree en el honor y la palabra.
‘Los tres entierros de Melquiades Estrada’ recorre un feroz itinerario, moral y expiatorio, en busca de justicia, dignidad y redención en un ambiente fronterizo, desértico, donde los sueños se han perdido por la esperanza de un mundo mejor, pero que arraigados al pasado y al origen. Destacan particularmente Tommy Lee Jones en su faceta de actor (al que acompaña un Barry Pepper espléndido) y esa hermosa fotografía fronteriza de Chris Menges. En breve, una ‘review’ de extensión abismal. Porque esta cinta lo merece.
.- ‘Stay’ (2005), de Marc Forster.
Caleidoscópica extrañeza del director de ‘Monster’s ball’ y ‘Descubriendo Nunca Jamás’, ‘Stay’ narra la historia de un profesor de psicología que pretende evitar que un estudiante de especiales dotes paranormales termine suicidándose. Esta película es un tramposo ‘thriller’ laberíntico de enigmática fascinación visual que apoya toda su eficacia en una ficción onírica de pretenciosa ambivalencia, mezclando realidad y ficción en un capricho demasiado previsible, que se embelesa en lograr una lúgubre atmósfera que apenas consigue captar breves momentos de inquietante belleza.
La utilización del sonido suscita el constante éter alucinatorio de una película con signos reiterativos que acaban por convertirse en un ‘deja vù’ cinematográfico dentro de un género, el ‘thriller’ psicológico, que redunda en sus elementos. Forster, reiterativo con sus conseguidos diversos efectos visuales, de composición estroboscópica y ostentosa digitalización, acaba por resultar demasiado ambicioso en su propuesta. Su trío protagonista (Ewan McGregor, Naomi Watts y Ryan Gosling), algunos momentos de fuerza turbadora y el ‘score’ incidental de Asche & Spencer son los únicos elementos que salvan a esta más que aburrida ‘Stay’ .
.- ‘La princesita’ (1995), de Alfonso Cuarón.
Descubierta por el que suscribe más de una década desde su estreno, esta prodigiosa obra de Cuarón es una hermosa fábula a modo de cuento de hadas en la que su engranaje funciona a la perfección. Un filme de extremo virtuosismo, de constante genialidad en el proceder de una narración donde no falta ese poso ‘dickensiano’ que sublimó el director mexicano en ‘Grandes Esperanzas’. La magia, el tono realista del rígido internado femenino de Nueva York contrapuesto a la imaginación de la pequeña Sara, la tragedia dramática enfrentada a la historia de ‘Ramayama’, leyenda épica hinduista, se entretejen con hermosas historias de amistad, amor paternofilial, adversidades y un final feliz como en todo cuento que se precie.
Himno fabulesco a la lectura y al poder protector de la fantasía, ‘La princesita’ es, además, un prodigio cinematográfico en todos sus contextos; en la disposición emocional y formal de su director a la hora de conseguir una dirección admirable, en su majestuoso y humilde diseño de producción, en su soberbia fotografía (impecable Emmanuel Lubezki) o en la música de Patrick Doyle. Pero También en la esplendorosa interpretación de la pequeña Liesel Matthews como la inolvidable Sara y en, su totalidad, en ese subtexto mágico y fascinante al alcance de los grandes clásicos familiares.
.- ‘Full Frontal’ (2002), de Steven Soderbergh.
Experimento de excéntrico metalenguaje, decididamente ‘underground’ y ciertamente encopetado pese a su escasez de medios, el intento de Soderbergh por volver a sus comienzos más ‘indies’ se le va de las manos con una cinta que habla del cine dentro del cine, de la ficción difusa, de la soledad, de la dignidad de un mundo caótico como es el universo cinematográfico, sin mucho que decir en su extravagante panegírico esteticista de la superficialidad de la industria.
Con imparable dosificación de artificio, realidad e impostura, ‘Full Frontal’ deja ver el ‘buenrollismo’ que existe entre populares miembros del ‘star system’ como Julia Roberts, David Duchovny, Brad Pitt, Terence Stamp, David Fincher e incluso el ‘todopoderoso’ Harvey Wenstein, que aportan un grano de interés anecdótico a una película donde hay que subrayar, tal vez (por destacar algo), las interpretaciones de Mary McCormack y David Hyde Pierce así como la portentosa capacidad de Soderbergh en el manejo de la cámara, en su juego de formatos y su ruptura final de realidad y ficción que deja dudas sobre qué es lo que quiso contar exactamente el director de ‘Traffic’.
.- ‘May’ (2003), de Lucky McKee.
Otra más que grata sorpresa. Emotivo y terrorífico viaje a la vida una inocente chica asocial, marcada desde pequeña por la diferencia, ya que May, en su infancia, era rechazada por llevar un parche a causa de un ojo vago. Un elemento de imprevista importancia; el ojo y la mirada, pilares de simbolismo radical en la abstracta visión del mundo de la joven May, diáfana y pura, que se va estigmatizando a través del rechazo ante su excentricidad inducida por la soledad, acompañada en su aislamiento por una siniestra muñeca que ha sido su mejor amiga a lo largo de su vida.
‘May’ es paradigmática en muchos de sus aparatados; en su aportación de ‘tempo’ narrativo (gracias a la excelente labor de McKee) que va descubriendo el inverso mundo de May a las engañosas concesiones ‘normales’ del mundo que le rodea (la compañera de trabajo lesbiana, su príncipe azul fan de Dario Argento, el jefe de la clínica veterinaria inmigrante e inepto), donde el espectador empatiza y se encariña con un personaje al que, en su segunda parte, comprende a la perfección en su siniestro plan, implicándole en el tránsito limítrofe que separa la orfandad sentimental y ‘freak’ de la locura vengativa que determina ese fetichismo simbiótico con Soozy, esa inquietante muñeca que personifica, a la perfección, el oscuro mundo de May. Una película abrumante y grandiosa en su conjunto.
.- ‘The Weather Man’ (2005), de Gore Verbinski.
Resulta sorprendente hasta qué punto el prolífico Gore Verbinski es capaz de afrontar productos que nada tienen que ver con su conocida labor de creador de cine ‘mainstream’ en plan mastodóntico, alejándose por completo del cine ‘blockbuster’. En las antípodas de las superproducciones, Verbinski indaga en la lacónica vida de un ‘loser’ que lleva una vida gris, distanciado de su familia, sin ningún respeto por parte de los televidentes (que le humillan constantemente tirándole refrescos y ‘fast food’) y que ha perdido la poca atención de un padre a punto de morir.
Tragicomedia irónica y contemplativa (que bordea la crueldad en muchas de sus secuencias), la grisácea estructura de la historia deviene en pesimista fábula que ataca sin piedad a la sociedad consumista de anhelos materiales, a las conformistas aspiraciones familiares de un hombre que no encuentra el camino adecuado en su vida y, en definitiva, a la hipocresía que nos rodea que se ha cristalizado en el vacío existencial que impera en la actualidad social del mundo desarrollado. Lo que acaba por transformarse en una inesperada oda a la infelicidad tan insólita como fascinante.
Fabulosa y sardónica, la visión del fracaso invernal oscurecida por una constante borrasca de ese inolvidable personaje que es David Spritz es una auténtica delicia de manos de un director ‘todoterreno’ como Verbinski. Todo es encomiable; su intencionalidad, la fotografía de Phedon Papamichael, la música de Hans Zimmer y las interpretaciones de Nicholas Cage, Hope Davis y, sobre todo, de un Michael Caine en estado de gracia.
Lo que no se explica es el ninguneo de distribución que ha sufrido esta película en nuestro país.