miércoles, 15 de febrero de 2006

Review 'Walk the line'

La autodestrucción de la fama y el triunfo
‘Walk in the line’ no deja de ser un ‘biopic’ al uso, de los que tanto gustan en Hollywood. De esos consignados a preconizar la figura mítica de una destacada personalidad, en este caso de la gloria musical Johnny Cash, con un medido y lacónico guión de desgastada estructura que apela más a la hagiografía que a la realidad, desdibujando la figura del biografiado. La historia de pobreza infantil (por supuesto, en ‘flashback’), meteórico estrellato y ascenso a la fama, coqueteo con las drogas, dispendio económico y/o existencial con su posterior arrepentimiento y redención es la porfiada fórmula seguida por James Mangold y su guionista Gil Dennis.
Por eso, la autocomplacencia y la sensación de haber visto esta película por enésima vez (sin ir más, lejos parece un facsímil inmediato del ‘Ray’, de Taylor Hackford) alteran ‘Walk in the line’ en otra desequilibrada mirada a una vida de luces y sombras. Impresionista, indulgente en sus momentos duros, supone una obra falta de ingenio cinético y de cualquier ambición renovadora. Conformista y desnaturalizada por sus maniqueas intenciones emocionales, la cinta de Mangold no abandona su tufillo a telefilme de lustre beatífico y apagado por lo previsible de sus mecanismos que nunca se alejan de lo ortodoxamente monótono.
Aún así, pese a su esencia ofensivamente esquemática, existen ciertas cualidades en el filme de Mangold que evitan su defenestración como obra cinematográfica, ya que, por ejemplo, la intuitiva progresión artística y musical del personaje se sitúa (no siempre) por encima de la personalidad variable de Cash, por lo que aporta cierta dosis de interés en su caída y resurgimiento, focalizado a través de June Carter. También sobresale ése desaprovechado eje narrativo que engarza pasado y presente con su legendaria actuación en la prisión de Folsom.
Pero si por algo destaca la fallida adaptación de uno de los mitos más imperecederos de la historia de la música es por las generosas ráfagas de brillantez interpretativas que ofrecen sus dos protagonistas, que entregan al espectador las mejores actuaciones de su carrera. Joaquin Phoenix ofrece un recital de intensidad dramática, sin necesidad de metamorfosis físicas, aludiendo a su meticulosa profesionalidad para crear un Johnny Cash creíble y humano, con su voz profunda y colérico espíritu, reproduciendo fielmente las canciones del maestro. Por su parte, Reese Whiterspoon, pese a que no llega a las cotas de su ‘partenaire’, demuestra su madurez como gran actriz de primer orden.
En cualquier caso, por encima de Mangold y su película, queda la figura de “El hombre de negro”, Johnny Cash, un clásico irrepetible que supo ser fiel a sus principios y personalidad, alejándose sutilmente del ‘rock and roll’, del country de Nashville, del ‘gosspel’, del ‘bluegrass’ o del ‘honky tonk’, creando un subgénero propio que fusionaba al desgarrado romanticismo del folk, el pesimismo del country y la insurrección de un rock & roll que marcó para siempre la memoria de la música.
Miguel Á. Refoyo © 2006

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