lunes, 30 de enero de 2006

Más de lo mismo en los XX Premios Goya

La celebración de las dos primeras décadas de los Premios de la Academia, los Goya, era un tema recurrente que parecía ideal para inhumar el precedente ridículo y la parquedad de aptitud que se ha porfiado a lo largo de los últimos años (en realidad todos) en una gala habitualmente caracterizada por el estrambótico ridículo que suele hacer el cine español cuando se trata de laurearse a sí mismo, en un círculo donde nadie parece darse cuenta de lo mal que va la cinematografía española en cuanto a calidad y cifras.
Mercedes Sampietro, presidente de la Academia de las Ciencia y la Artes españolas soltó un discurso en el que, de forma crédula e infeliz, quiso hacer creer lo bien que va el cine español que, según el Ministerio, ha aumentado la cuota de mercado 3,5 puntos más que el año anterior. Parece ser que, dentro de la propia Academia y en el mundillo, nadie parece darse cuenta del bajo nivel que predomina en las películas nacionales. Por supuesto, no había que olvidarse de recurrentes temas como la venta de DVD’s, la aparición de nuevos canales (como Cuatroº -que todos sabemos que se hinchan a emitir cine…-) y, sobre todo, dos cuestiones vitales que son la excusa perfecta para echar balones fuera y no asumir la culpa de los deberes mal hechos; la piratería (que esta vez no fue el paupérrimo asunto victimista que el pasado año –afortunadamente-) y esa frase misteriosa e inculpadora “profesionales que desde su tribuna pública afirman orgullosos que no ven cine español y lo critican”. Una afirmación que fue rematada con inmodestia al certificar, adulterando la realidad, que este año 2005 al cine español hay que ponerle “¡buena nota!”.
Sí señora. Sigamos haciendo el paupérrimo cine que hacemos que nos va muy bien. Que los que critican, no tienen ni puta idea. Vamos a seguir así que lo estamos haciendo maravillosamente. Nos merecemos muchas palmaditas y, por supuesto, la culpa de cualquier problema es de los demás, no de nosotros. Deleznable elocuencia sin fondo, amiga Sampietro.
A lo que vamos. La gala de ayer fue la menos mala de los últimos años. Una buena labor de dirección de arte y decorado dispuso el esplendor necesario para que, al menos, todo luciera con algo de ‘glamour’. Una cualidad que brilló por su ausencia. Empezando por el horroroso y ridículo vestido de ese esperpento político que es la ministra Carmen Calvo hasta llegar al vestido ‘menina’ de Concha Velasco que, se dio cuenta a tiempo de que una de las consecuencias de la edad no es tener que anunciar Indasec, sino esos bochornosos pliegues de carne fláccida debajo de las axilas cuando se pretende lucir un vestido de noche con escote.
Y sí, amigos. La pareja encargada de presentar la gala fueron Antonio Resines y Concha Velasco. Qué pareja de dos, que diría algún trasnochado provinciano. Se limitaron a hacer su papel como ocasionales presentadores, siguiendo la consigna de una velada dirigida por el letárgico talento del espectáculo que siempre ha tenido Fernando Méndez-Leite, que abandonó su suerte a un guión improvisado tan artificioso como incomprensible; que si la chorba de este último, Fiorella Fantoyano, aparece detallando recuerdos de la Academia como si estuviera en un brindis de reunión de empresa, que si Resines se mete en plan gracioso con José Luis Cuerda y éste le devuelve la jugada, Elsa Pataki alude a las escaleras procurando parecer cómica o Santiago Segura evidenciando que es el único que sabe manejar este tipo de temeridades con su divertida verborrea (mítica la frase "En vez de darme de baja de la Academia o irme a Hollywood, aquí estoy, con solidaridad, la actitud necesaria para levantar el cine español y, si se me permite decir, ¡a España y sus naciones!"). Un caos de guión que certifica algo que parece evidente desde hace tiempo: en España, o no hay buenos guionistas o a los buenos no se les da la oportunidad de arreglar el percal.
La gala fue interminable, de lento devenir y ritmo pausado. Pero sin incomodar en exceso. En gran medida por la sensacional labor de los montadores de los vídeos que, constantemente (casi todos protagonizados por Fernando Fernán Gómez) recuperaban fragmentos de tiempos pasados que fueron, lógicamente, mejores que los de este apático momento actual. Eso sí, cuando llegaba la hora de finiquitarlos, los escindían con un tijeretazo que devolvía a la cruda realidad de los Goya. Como esa insoportable cortinilla musical de trompetas cómicas que introdujeron entre secuencias en los ‘clips’ de los nominados a los premios. Otro absurdo lance de la noche fue la risible inventiva a la hora de engarzar la presentación de las extemporáneas parejas que anunciaron a los ganadores (José Sacristán y Verónica Sánchez, Verónica Forqué (a la que presentaron como Rosa María Sardá –eso es concordia de guión-) y Juan Luis Galiardo, José Coronado, Pepe Sancho y Leticia Dolera o José Luis Cuerda y Bárbara Lennie…). Todos apareciendo tras una pantalla donde instantes antes se había proyectado una secuencia suya, recurso alusivo a ‘La rosa púrpura del Cairo’, de un Woody Allen, que sin saber que iba a ganar el Goya por ‘Match Point’ agradeció en un vídeo grabado el premio y envió a su hermana a recogerlo. Como en los Oscar, en los Goya nadie sabe quién va a ser el afortunado.
La divinísima Ana Fernández reivindicando que ‘El cielo gira’ no estaba nominada, Jorge Perugorría haciendo promoción del rodaje de su nueva película, Óscar Jaenada dándoselas de estrella con las gafas de sol puestas en medio de la gala, Pedro Masó limpiándose los ojos, las comisuras de los labios y la nariz con su pañuelo, el espantoso vestido de una enmudecida Leticia Dolera o la extraña elegancia de un refinado (de actitud y de peso) Álex de la Iglesia destacaron dentro de una función tan superficial como olvidable.
En el apartado de los premios: una paradoja brutal. Hace tres años, Pedro Almodóvar y su hermano Agustín abandonaron la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, alegando su desacuerdo con el sistema vigente de votaciones de los Goya. Esto, parece ser, no es óbice para bajarse los pantalones si uno sabe que va a ganar los premios más importantes de la noche. ‘La vida secretas de las palabras’ fue considerada la mejor película española (con actores extranjeros e intenciones americanas) del año. Agustín se frotaba las manos por esa ración extra de público y dinero, cayéndose al suelo (literalmente) cuando Isabel Coixet subió dos veces a por sendos Goyas como mejor guión y mejor director o su posterior recogida del premio a la mejor película. La buena de Isabel hizo el amago del ridículo que protagonizó hace dos años, pero simplemente se limitó a hacer sólo el ridículo verbal al que nos tiene acostumbrados. ‘Princesas’ se llevó los tres augurados (incluidos los de Micaela Nerváez y Candela Peña), Óscar Jaenada recibió el Goya al mejor actor por ‘Camarón’ (pero que nadie olvide de qué formas ha demostrado su discutible talento en ‘XXL’ o ‘Somne’), Carmelo Gómez el de mejor secundario por ‘El método’ y la gran Elvira Mínguez se llevó a casa el más que merecido galardón por ‘Tapas’, de José Corbacho y Juan Cruz, que también lograron el referente a la mejor dirección nobel. ‘Obaba’, de Montxo Armendáriz, con 10 candidaturas, sólo alcanzó el de mejor sonido y resultó la gran perdedora de estos XX Goya.
Total, que más de lo mismo, pero sin hacerlo tan mal como en ediciones anteriores. Lo que no quita el hecho de que no hubiera ninguna actuación musical, ni ‘gags’, ni gracia ni despertara algo de interés dejen a esta celebración como un letárgico trámite de autocomplacencia que sirvió, con sus vídeos conmemorativos de las ganadoras y nominadas del pasado, para exhibir que el cine español era mejor antes que ahora. Fragmentos de películas que, dado el triste momento al que ha llegado nuestro cine, parecen inalcanzables; ‘El viaje a ninguna parte’, ‘El bosque animado’, ‘Los peores años de nuestra vida’, ‘¡Ay, Carmela!’, ‘Amantes’, ‘Belle Epoque’, ‘Nadie hablará de nosotras…’, ‘Días contados’, ‘Mujeres al borde…’, ‘La buena estrella’
LO MEJOR: Antonio Banderas, que está siempre donde tiene que estar.
LO PEOR: Uno de los productores de ‘La vida secreta de las palabras’ que dio la lamentable puntilla a una noche moderada en cuanto a lo esperado al mendigarle a la ministra atención a modo de sustentáculo económico y político para con el cine español, llegando a demandar “excepción cultural” falseando la realidad asegurando que la gente del cine patrio no está ahí para forrarse. Como si alguien pudiera creerlo.

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