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sábado, diciembre 31, 2005
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Luces y sombras de un año algo apático Como cada año en el final de la temporada cinematográfica, se acostumbra a compendiar lo mejor y lo peor del año, a la injusta e inevitable subjetividad de listas enumerativas que ofrecen un examen a modo de ejercicio recapitulativo del cine que se ha ido estrenando a lo largo del año (como el pasado Resumen del Abismo 2004). 2005, más allá de misericordias e ignominias, ha dejado clara una cosa: el cine español ha traducido su actual situación en la más desastrosa cosecha que se recuerde en muchos años. Es imposible apoyarse en inexistentes culpas de la administración central en torno a las subvenciones, ni las postergadas polémicas entre la FAPAE y los intérpretes nacionales, ni la comercial actitud de los distribuidores a la hora de comprar los célebres ‘packs’ favorecedores de la industria foránea. Y lo más triste, tampoco se puede buscar una justificación pretérita en la destructiva política de Pilar Miró que derrumbara la evolución de nuestro cine gracias a la intención de realizar producciones de presupuesto holgado para recibir así más subvenciones y el ajuste no menos interesado en aceptar los arbitrios de la comisión ministerial ante los proyectos presentados. Todo eso no es excusa. Lo más destacable de este 2005 es la rotunda nulidad de los títulos españoles, fétidos en su gran mayoría, ineficaces comercialmente, sin sentido de ser; desde la execrable ‘Torrente 3’, de un Santiago Segura cada vez más poderoso y propulsor de una comedia ultrajante para la inteligencia, ‘Ninnete’, de Garci, ‘El penalti más largo del mundo’, ‘El rey de la Habana’, ’20 centímetros’, ‘Reinas’, ‘Frágil’, ‘Ausentes’, la pérdida absoluta de calidad en el cine de género con ‘Frágiles’, de Balagueró, ‘La monja’ o ‘El habitante incierto’… Un luctuoso inventario producto de la impericia de un cine español incapaz de proponer al espectador productos de cierta dignidad. Que este año se considere lo mejor de nuestro cine a dos películas tan mediocres como ‘Obaba’, de Montxo Armendáriz y ‘Princesas’, de Fernando León de Aranoa simboliza el pésimo momento que vive en la decadente y constante catástrofe, en una proterva debacle que ha dado como consecuencia una fatídica situación en la cinematografía. Por otra parte, este 2005 tampoco es que haya brillado por una horda de espectaculares títulos. Más bien apático, el año que se va ha dejado, como es lógico, algunos títulos de cierto interés, con la consolidación de un apotegma que, hoy en día, resulta incuestionable: el cine norteamericano, a pesar de ofrecer bastante inmundicia bien manufacturada, sigue divulgando con el ejemplo del mejor y más variado cine de la cartelera internacional. La lista de lo más destacado y lo peor de este 2005 que acaba hoy mismo es la siguiente. TOP 10 - 2005. ‘The aviator’ es el vehículo idóneo para que Scorsese haya podido componer eso que tanto tiempo llevaba buscando: una entusiasta oda de amor al cine clásico, al viejo Hollywood de la Época Dorada, con una cuidada reconstrucción estética y argumental. El cineasta italoamericano contiene para ello su megalomanía fílmica, pero no su propensión a cierta mitomanía que llega a someter a la historia hasta un cierto punto de convencionalismo, justificando, a pesar de ello, su pericia narrativa, llena de épica en esta maravillosa crónica simultánea de una victoria ocasional y de un fracaso personal. Scorsese ejerce en ‘The Aviator’ de exegeta fílmico, de metódico estudioso del cine de la Época Dorada, donde no falta cierta dosis de manierismo y virtuosa reconstrucción de la época, explícita y deliberadamente enfática y grandilocuente, a veces excesiva, pero siempre delimitada a una línea narrativa de perfecta sutileza, de puro cine clásico. ‘Finding Neverland’ recoge el espíritu del personaje creado por James M. Barrie para llevarlo a su propia vida, que transcurre en parsimoniosa cadencia y arteramente aislada de cualquier problema, donde las contrariedades más terribles pueden ser silenciadas con la imaginación, atenuándolas con la candidez de aquel que no quiere sufrir, pero que no se enfrenta a la realidad para superar sus miedos. Una obra que ostenta un ajustado equilibrio entre realidad y fantasía, con un estilo (para bien o para mal) algo edulcorado, que pese a un plausible manejo de las emociones, no pierde de vista su afán melodramático y consigue transformarse en una película de admirable sensibilidad. 8.- ‘Dare mo shiranai (Nadie sabe)’, de Hirokazu Kore-Eda. (Ver crítica) Desprovista de una estética enfática y rehusando seguir una línea narrativa impuesta (ya que las acciones vienen dadas por situaciones que surgen de forma espontánea) ‘Dare mo shiranai’ se muestra traslúcida, descomponiendo el drama entre el lirismo, el silencio y la acrimonia del momento, en una deliberación en absoluto moral sobre el desánimo que provoca la negligencia y la falta de atención, pero que es suplantada por los vínculos familiares en un entorno de libertad y podredumbre que deja en el camino terribles sucesos, hambre, y en último término las dificultades más extremas a las que conlleva la madurez prematura. Una película que deja la difícil mácula de lo imborrable, sin ningún tipo de grandilocuencia, desde la severidad de la emoción sincera. 7.- ‘Turtles Can Fly’, de Bahman Ghobadi. (Ver crítica) ‘Turtles Can Fly’ es una fábula tan oscura como desesperanzadora que recrea la amistad de unos niños cómplices en su esperanza a pesar de su realidad, contrapuesta a la violencia de la que son víctimas. El drama, sustentado en la amenaza bélica, recorre un arduo camino de penalidades en busca de un mensaje devastador, fortaleciendo la historia con pequeños toques de humor para que nada resulte excesivamente crudo. La cinta de Ghobadi es un grito de paz en tiempos de guerra que azota a un país que, tras sufrir siglos de agonía, se ha acostumbrado injustamente a la conflagración constante. 6.- ‘Una historia de violencia’, de David Cronenberg. ( ver crítica) Poco tiene que el guión de Josh Olson con el ‘cómic-book’ de John Wagner y Vince Locke, ya que Cronenberg destruye los preceptos ‘tebeísticos’ en su disertación sobre la gradual metamorfosis que conlleva a la conducta violenta y nada ajena a su cine, ya que la trasgresión, la perversión, la abyección psicológica y la sexualidad sin tapujos giran en torno a la identidad constituida a partir del ámbito claustrofóbico de ese otro ‘yo’ localizado en la interioridad subjetiva. La metamorfosis es, en definitiva, una mutación de la subjetividad que se fracciona en el exterior. Cronenberg aborda un conflicto existencial a través de un personaje coaccionado por su pasado que ve cómo el espectro de sus actos pretéritos subvierten en sus renovados valores, sin cuestionarse por la moralidad de las cruentas acciones que en ella aparecen. Una maravilla. Salvando las distancias, Wes Anderson, al igual que Bretòn, Cocteau, Tzara o Artaud, destruye lo preconcebido, desformalizando los criterios discurridos, experimentando con el cine, con el arte gráfico, con el drama y la comedia, con todo aquello que pueda hacer delimitar sus películas a un género o a un juicio estipulado. En ‘Life Aquatic’ hallamos un melodrama suavizado donde el desencanto de la vida y los objetivos malogrados se ponderan con un característico humor absurdo. Rareza inclasificable, epatantemente gamberra, melancólica y sombría en ocasiones, repleta de detalles ingeniosos, la nueva obra de Anderson destila ambigüedad y una extraña belleza que la perfilan como uno de los títulos más sugerentes e incatalogables de este año. ‘Sideways’ desciende al desencanto con otra lección existencialista y real de la vida, desde la ominosa comedia que ahonda en la tribulación más insondable del ser humano, mostrando la vida como lo que es: una cruel comedia en la que hay que reírse de los fracasos y ubicar la vida con expectativas descubiertas como la gran parte de la verdad que nos rodea. Una cinta mostrada como intencional comedia cínica que va adoptando un tono sentimental a través del metafórico viaje de un entrañable personaje como Miles Raymond, un tipo confuso, repleto de vacilaciones, que se sabe perdedor y ahoga sus miserias en el vino cuando algo no va bien. 3.- ‘Oldboy’, de Park Chan-wook. Basada en el cómic del mismo título, la hipnótica ‘Oldboy’ es una radical propuesta tanto estética como dramática que, colmada de un lirismo y el perfecto manejo musical, formula un impetuoso discurso sobre los justificables motivos que provocan un resentimiento irrefrenable de conocer una meditada venganza, identificativa en su crudeza y pragmatismo de amoralidad expiatoria. ‘Oldboy’ explora, de forma incómoda, el odio y la venganza en evolutiva progresión que alcanza el aturdimiento final, donde el espectador es cómplice de una inaudita sensación de impotencia. Chan-wook apuesta para ello por una drástica visualidad avasalladora en la que prepondera su portentosa plasticidad para acompañar a una historia prodigiosa. 2.- ‘American Splendor’, de Shari Springer Berman y Robert Pulcini. (Ver crítica) Fascinante cinta que mezcla documental y ficción en una suerte de experimental estructura donde su historia divulga la profundizada dependencia entre el autor Harvey Pekar y su obra, fusionando cómic y cine, en una sinergia entre estos dos artes tan desiguales y complejos que fundamentan ejemplarmente su trascendencia en la vida. Autorreflexiva, inteligente, espectadora de lo cotidiano, ‘American Splendor’ se presenta como un sencillo relato que, sin recurrir a la deconstructividad de sus elementos lingüísticos y cinéticos, trasciende cualquier atisbo de gravedad, sin mensaje explícito o fábula moral de superación. 1.- ‘Million Dolar Baby’, de Clint Eastwood. (Ver crítica) Eastwood escarba en los sueños de la vida y los riesgos que se deben tomar para lograrlos, a modo de inigualable introversión sobre la muerte en un mundo de desarraigados unidos por imperfecciones y defectos comunes, donde la deuda de las ilusiones supera las frustraciones vitales en un entorno de fortaleza mental, representado en un cuadrilátero que delimita la vida de unos seres que solventan en él gloria y sufrimiento. ‘Million Dolar Baby’ acoge el existencialismo tratándolo con ecuanimidad. Fábula sobre el amor y el dolor, la compasión y el horror en una de las experiencias emocionales más intensas que se hayan podido contemplar en una pantalla en la última década. Eastwood logró así una de sus películas más personales, heterodoxas y arriesgadas de su estupenda filmografía. DIRECTOR 2005 Clint Eastwood, en ‘Million Dolar baby’. Parecía difícil que tras ‘Mystic River’ Clint Eastwood volviera a arriesgar tanto en su nueva propuesta. Eastwood aborda lo arduo de la situación con una comprometida simplicidad del cine clásico que, en manos del director, consigue la sobriedad del más que difícil ejercicio de denotar lo profundo a través de lo sencillo, en una frontera realista en la que no existe la poética ni el lirismo y donde nada está embellecido, filmado con una elegancia y moderación que sólo puede darse desde la experiencia vital de quién ha vivido y sabe lo que es la vida, especulativo con todas las respuestas vitales que ofrece este maravilloso drama. ACTRICES 2005 Hillary Swank, en ‘Million Dolar Baby’. Hilary Swank apuntala con una inabordable solidez el alma de la película con su entrañable interpretación de Maggie, esa inculta y obstinada chica que economiza y reserva todo su dinero para entrenarse y progresar como boxeadora, trabajando para ello como camarera y subsistiendo de las propinas y de las sobras de sus clientes. Swank, que ya demostró sus estupendos dotes en ‘Boys don’t cry’, acredita una sublime miscelánea de fisicidad e interpretación que merece todos los elogios del mundo, increíble en su fusión de rudeza palurda y candidez inocente. Sin duda, la interpretación femenina del año. Natalie Portman, en ‘Closer’, ‘Garden State’, ‘Star Wars; Episodio III’ y ‘Free Zone’. Una de las más prolíficas actrices de este 2005 ha sido Natalie Portman. Una actriz que, poco a poco, ha ido quitándose la etiqueta de ‘lolita’ y empieza a demostrar un potencial interpretativo a tener en cuenta. Portman ha ofrecido este año (en la mayoría de sus trabajos) una dádiva interpretativa que mezcla la dulzura e inocencia con la cognición de saber que las grandes oportunidades dramáticas que tiene entre manos hay que aprovecharlas. ACTORES 2005 Clint Eastwood, en ‘Million Dolar Baby’. A pesar de que su dirección destaque por encima de todos los demás apartados, es cierto que Clint Eastwood es quien merece en la mejor película del año una mención aparte, ya que en este terreno en el que empezó y se convirtió en estrella, es donde nunca ha sido reconocido como una estupendo actor, y en ‘Million Dolar Baby’ compone su mejor actuación cinematográfica, mostrando su parte más humana en un elogio a la vulnerabilidad, a la emoción contenida. Sin duda alguna, Eastwood ha creado la mejor interpretación de su carrera y es justo, por ello, destacar esta faceta de un clásico del cine. Paul Giamatti, en ‘Sideways’ y ‘American Splendor’. Otro de los actores de este 2005 ha sido Paul Giamatti, demostrando que a pesar de estar encasillándose en el paradigma de caracterización del ‘loser’ sin futuro, grado de verosimilitud dando vida a Harvey Pekar y a Miles Ryamond no es producto de una compasiva apariencia amplificada por un físico reconocible e identificativo, sino por la impronta de un actor en constante estado de gracia que sabe adaptarse a todas las situaciones. Giamatti es uno de los grandes genios de la interpretación actual. De eso, no hay ninguna duda. PELÍCULAS DESTACADAS ‘King Kong’, de Peter Jackson. ‘Sin City’, de Robert Rodríguez y Frank Miller. ‘Broken Flowers’, de Jim Jarmusch. ‘Match Point’, de Woody Allen. ‘San zimske noci (Sueño de una noche de invierno)’, de Goran Paskaljevic. ‘Shi mian mai fu (La casa de las dagas voladoras)’, de Zhang Yimou. ‘Garden State’, de Zach Braff. ‘La dama de honor’, de Claude Chabrol. ‘Batman Begins’, de Christopher Nolan. ‘Star Wars. Episodio III: La Venganza de los Sith’, de George Lucas. PELÍCULAS ESPAÑOLAS Como no ha habido títulos de calidad, esta sección que tan desértica como la calidad ofrecida por nuestro cine. Tal vez podríamos destacar ‘Tapas’, de Juan Cruz y Jose Corbacho y ‘Malas tempordas’ de Manuel Martín Cuenca. Pero ambas no son representativas de un cine de cualidades tan destacables como para estar como las ‘mejores’ películas españolas del año. PEORES PELÍCULAS ‘Torrente 3’, de Santiago Segura. ‘Alexander’, de Oliver Stone. ‘Land of Plenty’, de Win Wenders. ‘Kingdom of heaven’, de Ridley Scott. 'Gerry', de Gus Van Sant. ‘The Nun’, de Luis de la Madrid. ‘El penalti más largo del mundo’, de Roberto Santiago. ‘Hostel’, de Eli Roth. ‘Constantine’, de Francis Lawrence. FUTURAS ‘CULT MOVIES’ ‘The Birthday’, de Eugenio Mira. ‘Bothers Grimm’, de Terry Gilliam. ‘Kiss kiss, bang bang’, de Shane Black. ‘11:14’, de Greg Marks. ‘Primer’, de Shane Carruth. ‘Demonlover’, de Oliver Assayas. ‘Saw’, de James Wong. ‘Spellbound’, de Jeff Blitz. ‘Land of the Dead’, de George A. Romero.
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viernes, diciembre 30, 2005
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Cierto es que estas fiestas suponen una vetusta antítesis entre los que piensan que esto de la Navidad es una emotiva liturgia subrayada en la estética celebración de la Pascua, de la Parusía y, por otra parte, los que con su diatriba incriminan a esta época con su reprobación hacia la impúdica comercialidad de unos días dedicados al mezquino gasto y al exceso en todos los terrenos. Es el reiterativo antagonismo ideológico de todas las Navidades. La violencia, como tal, aún siendo un inconfundible elemento congénito a la naturaleza humana, procura apartarse en estos días de paz y amor que, aunque hipócritamente, suele funcionar. Un ominoso concepto postergado juiciosamente en un mundo enloquecido y cada vez más violento que descubre, por casualidad, alegorías violentas en forma de villancicos subversivos. Como si, de repente, la campana sobre campana cayera desde la ventana desnucando al niño en la cuna y a todos los que aparecen en el villancico, como si el remiendo que se echa y se quita se hiciera con aguja hipodérmica e hilo médico en plan película ‘gore’ o los peces salieran del río y en vez de beber y beber por ver a Dios nacido fueran pirañas caníbales con ansias de devorar carne humana del Belén. Si hace poco tiempo todos confesamos percibir ‘Flexiputas’ en vez de ‘Flexicuotas’ y patentizamos nuestro entendimiento, ahora llega el ‘Violent Christmas Carol’, o españolizando ‘El Psyco-Villancico’. Resulta que el célebre e inocente ‘Canta, ríe y bebe’ se ha radicalizado con una malignidad final bastante evidente, en este caso audible, ubicada en la frase final de la popular melodía navideña. Salvajismo sañudo al alcance de todos los niños. Escuchadlo y juzgad, porque hay que reconocer que es divertidísimo.
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jueves, diciembre 29, 2005
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A estas alturas todavía no había escrito nada sobre Nacho Vigalondo en el Abismo. No sé por qué. Máxime cuando he reconocido muchas veces en cenáculos ‘amiguetiles’ que uno de los mejores cortos de los últimos años es, con todo merecimiento, esa pieza de culto llamada ‘7:35 de la mañana’. Es una buena oportunidad para hacerlo, debido a que su nuevo corto, ‘Choque’, está ya en su página web. Antes estaba en la base de Fotogramas en Corto, pero ahora está disponible a una calidad bastante decente como para cotejar las bondades del esperado último trabajo de este cántabro hecho a sí mismo como personaje multimedia, que intensifica con sus trabajos la aletargada actualidad audiovisual con su sarcástica astucia vivificadora. Vigalondo, más allá de devociones o animadversiones, es un crack. Y lo demuestra en cada trabajo. 'Choque' es un excelente corto mostrado como inteligente paralogismo (aunque con cierta dosis de exactitud) que se centra en otro drama humano, en esta ocasión, en trascendentalizar la vida a través de una historia descerebrada, la de una pareja que, movida por la diversión nostálgica de los coches de choque, se introduce en un submundo de demencial paranoia donde fluyen los instintos y el sentido del honor mal entendido. Como en ‘7:35 de la mañana’, ‘Choque’ aborda la difícil decisión que se toma ante una situación vital que se transforma en insostenible. Una decisión manifestada como radical e incoherente, pero a su vez lógica e inherente al ser humano, ya que habla de la dignidad, abordando la estima personal más allá del ridículo en el que solemos caer cuando necesitamos demostrarnos a nosotros mismos que estamos por encima de los demás. La imaginería, aparentemente simplista, de un Vigalondo cauteloso con sus objetivos, se magnifica con la capacidad de emoción que desprende su talento narrativo, su ingenio humorístico que convierte lo más miserable de las situaciones en auténticas odiseas de grotesca ironía, su impecable ritmo desenfrenado y su magistral proceder como contador de historias cuya máxima probidad reside en su extravagante originalidad sin prejuicios. Y no es fruto de la suerte, sino que es fruto del talento.
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Tras el recuento de votos, Nacho Natas se ha alzado ganador absoluto con su ‘minicorto’ ‘El Engaño’ consiguiendo 12 votos. La absurda historia de la enloquecida permuta de un whisky de marca por una bebida mucho más popular y los efectos que provoca en el extraño rey vacuno protagonista de la historia ha despertado la simpatía de nuestros votantes. Le ha seguido Suda Sánchez con 8 votos para su mítica creación ‘Amor Imposible’. Con 7, y cerrando el podio de finalistas, Enrique y su ‘shakaspeareiano’ ‘Romeo’. En conclusión, un inconsecuente concurso que ha pretendido en todo momento vuestra participación en la intrascendente iniciativa propuesta por el descubrimiento de Bombay TV.
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martes, diciembre 27, 2005
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10.- Chencho (Alfredo Garrido). ‘La gran familia’, de Fernando Palacios (1962). Una de las estampas ibéricas más navideñas se representa en ese niño pequeño y cabezón vestido a lo Cristobalito Gazmoño que se pierde en la Plaza Mayor de Madrid, entre los puestos del rastrillo lleno de figuras de vírgenes, sanjosés y belenes. La culpa es del pobre abuelo interpretado por Pepe Isbert, descolocado patriarca de una familia de quince hijos que despiertan las sospechas de que ese arquitecto paciente padre (Alberto Closas) era un selecto componente de un supuesto pre-Opus Dei. ‘La Gran Familia’ es una gollería argumental tan edulcorada o más que los pasteles que les lleva a los niños el Padrino “Bufálo” ( José Luis López Vázquez), que atribuye con su afectación ñoña un halo de benevolencia de pretenciosas subordinación política que subvierten un mensaje que acomoda al modelo de familia numerosa y feliz que trataba de atribuir el régimen franquista. Lo mejor, los petardos y la insubordinación de Críspulo ( Pedro Mari Sánchez). 9.- Billy Chapman (Robert Brian Wilson). ‘Noche de Paz, Noche de muerte’, de Charles E. Sellier Jr. (1984). Para Billy Chapman las Navidades simbolizan un trauma infantil difícil de superar, ya que cuando era un tierno infante que adoraba a Santa Claus, sus padres fueron asesinados delante de sus narices por un tipo disfrazado del entrañable gordo vestido de rojo y blanco. Más de una década después, trabajando en una juguetería, recibe un terrible precepto que despertará sus pretéritos y oscuros fantasmas: su jefe le ha pedido que se disfrace de Papa Noel para aumentar las ventas. La herida del pasado se abre y, reconvertido en aquel psicópata que le arrancó su infancia, Billy sustituye el saco por un hacha y los regalos por el castigo en forma de sádicos asesinatos que “merecen” los que han sido malos. Nunca unas Navidades evocaron de forma tan siniestra el espíritu de Batman en su reconversión de epifanía y maldad. 8.- Kevin McCallister (Macauley Culkin). ‘Solo en Casa’, de Chris Colombus (1990). Kevin McCallister, a pesar de su irritable tono repipi, supone un nostálgico icono de un cine ‘ochentero’ que daba sus últimos coletazos a comienzos de la década de los 90. Una familia numerosa que se va a Francia dejando al más insurrecto de sus miembros olvidado en Chicago. Una lección de supervivencia en la que el pequeño aprenderá a subsistir e incluso salvaguardar su casa de los ladrones Harry y Marv, que padecen el ilógico salvajismo de un no tan dulce niño de ocho años. Aventura infantil por antonomasia de los 90 que bebe del ‘slapstick’, ‘Solo en Casa’ proporcionó una de las películas familiares más antológicas de los últimos tiempos. Una cinta llena de humor, de mala hostia y de una estructura narrativa inspirada directamente en el cine de John Hughes (productor de esta película). A destacar, el desparpajo de un Macauley Culkin (antes de andar con Michael Jackson), el orondo John Candy como líder de una banda de Polka y la magistral partitura de John Williams en una de mis predilectas óperas navideñas menos valoradas. 7.- Stripe. ‘Gremlins’, de Joe Dante (1984). Al líder más protervo de los Gremlins, el conato de punkie llamado Stripe, le gusta la Navidad, le gusta robar los regalos, le gusta la nieve, le gustan los villancicos y sobre todo, le gustan los excesos de diversión sin fin que traen estas fiestas y que conllevan al vandalismo llevado al extremo, cosa de la que Stripe y sus acólitos saben mucho. Sobre todo si nuestro antagónico bicho se da un chapuzón en una piscina olímpica. ‘Gremlins’ tal vez sea la película más mordaz hecha nunca contra la Navidad. Y eso que es una cinta infantil y juvenil. Circula en su trasfondo un mensaje ‘antinavideño’ de brutalidad exacerbada, de un cinismo y maldad tal vez excesivos. Esa malévola Ruby Deagle espetando a una madre delante de sus hijos que si no tiene dinero se lo pida a Santa Claus, el enrarecido ambiente totalmente navideño lleno de luz, pero, sobre todo, la atroz confesión de niñez de Kate Beringer (inolvidable Phoebe Cates) sobre el terrible descubrimiento de la muerte de su padre obstruido meses antes en la chimenea cuando pretendía sorprender a su mujer y su hija vestido de Santa Claus. ‘Gremlins’ es una obra de culto, imprescindible, desalmadamente deliciosa y una referencia generacional en toda regla para aquellos que amamos regresar cada año a Kingston Falls. 6.- Willie T. Stokes (Billy Bob Thornton). ‘Bad Santa’, de Terry Zwigoff (2004). Uno de los últimos y más mitológicos personajes añadidos a la galería de la Navidad cinematográfica es Willie T. Stokes, un infame ladrón, borracho, pendenciero y malhablado que no duda en acostarse con jóvenes camareras con sexuales filias fetichistas por los disfraces de Papa Noel, preparar junto a su compinche enano Marcus (Tony Cox) robos en los grandes almacenes en los que trabaja que termina encontrando el espíritu de las Pascuas en un niño gordo y medio imbécil cuya máxima esperanza navideña es que Santa Claus le traiga un elefante violeta como regalo. Terry Zwigoff recreó una comedia despiadada y misantrópica, ejemplarizadora, políticamente incorrecta que sustenta su eficacia en un malsano humor negro sobre aquellos perdedores a los que el patetismo existencial aúna en la frustración y el fracaso en contra del conservadurismo propicio de las Navidades. 5.- El Sr. Mojón (Trey Parker). ‘South Park’, de Trey Parker y Matt Stone (1997). Es la más brutal de las efigies alegóricas de la Navidad actual. El Señor Mojón es una mierda, en el concepto físico de la palabra. Un trozo de caca que simboliza esa noción de fiesta navideña aceptada por los habitantes de ‘South Park’ (y, por extensión, al resto de aquellos que han dejado de creer en estas fechas). Sin embargo, a pesar de su naturaleza, el Señor Mojón conlleva una actitud fraternal y tradicional de las entrañables fiestas. Encomia la amistad, los buenos sentimientos y la sana devoción por la fibra y la regulación intestinal. Trey Parker y Matt Stone crearon el escatológico personaje sin saber que se convertiría en un icono navideño imperecedero. El ‘spot’ publicitario de su lanzamiento que contenía unas redes para coger los mojones del water y un ‘kit’ de accesorios para crear tu propio Mojón es uno de los momentos más delirantes de la serie: “Qué pena que papá no esté vivo”. El Sr. Mojón es uno de los roles catódicos más asombrosos y originales que ha dado la televisión en los últimos años. 4.- Francis Xavier Cross (Bill Murray). ‘Los fantasmas atacan al Jefe’, de Richard Donner (1988). Charles Dickens creó a Scrooge como representación de la ‘Anti-Navidad’ en un sibilino y amargado viejo cuyo odio le granjea el respeto de un pueblo al que tiene atemorizado por su excesiva maldad. Esos tres fantasmas del pasado, presente y futuro que abren el oxidado corazón del resentido anciano han sido llevados en varias ocasiones al cine y la televisión. Pero no con tanta fortuna como Mitch Glazer y Michael O'Donoghue para la cinta de Richard Donner ‘Los fantasmas atacan al Jefe’, siniestra comedia encabezada por el mítico Bill Murray que disfruta cada gesto de cinismo de Francis Xavier Cross, un Scrooge actualizado, directivo de televisión que abarca los defectos más tradicionales del poder; la tacañería, el menosprecio a toda la sociedad, la ingratitud, la implacabilidad y un cruel sentido del humor. Cierto es que muchos son los que acometen contra la cinta de Donner, ultrajándola por su fácil comercialidad, pero lo cierto es que ‘Los fantasmas atacan al Jefe’ sigue teniendo un difícil hechizo con inabordables virtudes cómicas y narrativas. Los tres fantasmas son impagables y esos cameos de todos y cada uno de los hermanos de Murray resultan de lo más anecdótico. Una película para almas caritativas impregnadas de un cínico humor negro que aún creen en la Navidad. 3.- El Grinch (Jim Carrey). ‘The Grinch’, de Ron Howard (2000). Personaje surgido de la imaginación del gran Theodore S. Geisel (más conocido por todos como Dr. Seuss) y llevado a los fastos de los dibujos animados más memorables con aquella narración impoluta de Boris Karloff, el Grinch es un simpático personaje de malévola sonrisa que pretende robar todos los adornos navideños a los habitantes de Whoville. A pesar de ser un antipático y peludo monstruo verde que vive en lo alto de la montaña en compañía de su perro, el Grinch cae bien, porque personifica perfectamente la Navidad moderna asumida como una farsa comercial sin espíritu, llena de derroche y estética. En la cinta de Ron Howard, protagonizada por Jim Carrey, ‘The Grinch’ se centra en Cindy Lou Who, esa dulce niña que intentará averiguar por qué el Grinch detesta tanto las Navidades. La pena es que la obra del Dr. Seuss sea tan desconocida en España. 2.- Jack Skellington (Danny Elfman). ‘Pesadilla antes de Navidad’, de Henry Sellick (1993). Jack Skellington es el siniestro guía tótem del oscuro pueblo de Halloween, cuya subsistencia es la celebración de esta tradicional fiesta pagana. Por accidente, Jack descubre la puerta al estético y luminoso mundo de la Navidad, que despierta su lógica fascinación. Hipnotizado por este nuevo mundo, Jack elabora así un funesto plan: secuestrar a Santa Claus y sustituirle para mezclar lo mejor de la pascua y lo más divertido del tétrico Halloween. Skellington es un clásico moderno, un ejemplo de la imaginería sin límites de Tim Burton en manos de un Henry Sellick en estado de gracia, con personajes inmersos en un universo de lúgubre lucidez, rodeados de tristes muñecas de trapo que ejercen de brujas, esperpénticos personajes de sombría raigambre, científicos simbolizados en ‘mad doctors’, el avieso Oogie Boggie y un poso de refulgente cinismo que convierten a ‘Pesadilla antes de Navidad’ en una obra imprescindible en la Historia del Cine Moderno. 1.- George Bailey (James Stewart). ‘¡Qué Bello es Vivir!’, de Frank Capra. George Bailey es un sufridor nato, un tipo con buen corazón que ha estado siempre sometido a los deseos de los demás sin esperar nada a cambio. Le salva la vida a su hermano Harry, es capaz de soportar estoicamente una paliza del Sr. Gower porque éste ha perdido un hijo y, por último, se hace cargo del negocio de su familia cuando muere su padre, malogrando su inquietud aventurera. Sólo un ángel bastante desgarbado y lerdo llamado Clarence (Henry Travers) que quiere conseguir sus alas es capaz de hacerle ver al pobre Bailey cómo hubiera sido la vida de los que le rodean si él no hubiera existido en el momento en que está a punto de suicidarse. Clásico irrefutable que supone la gran obra maestra de Capra, ‘¡Qué bello es vivir!’ es una hermosa fábula de buenos sentimientos, filantropía existencial y un trasfondo social de calado esperanzador y reflexivo. Inolvidable la frase de “Ninguna persona es prescindible, si tiene amigos”, imposible no enamorarse de Donna Reed o admirar la mala hostia del Sr. Potter (interpretado por Lionel Barrymore). Siempre es toda una experiencia volver a la pacifica Beldford Falls. Y aquella canción… “Búfalo no puede dormir, no puede dormir…”.
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lunes, diciembre 26, 2005
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Comparativa '¡Qué bello es vivir!' y 'Plácido' ‘¡Qué bello es vivir!’ y ‘Plácido’ son las dos películas navideñas más representativas de dos mundos tan disímiles como el americano y el español. En unas fechas como las que vivimos estos días, es inevitable tratar el cine navideño. A lo largo de la historia del Séptimo Arte se han desarrollado cierto tipo de películas ambientadas en Navidad; unas, de predisposición hacia los buenos sentimientos, otras, de tristeza o cinismo, según convenga. Todas ellas acondicionadas a un contexto visual en el que no faltan las guirnaldas, las lucecitas, el árbol, Papá Noel, la Nochebuena, la ilusión y la familia. Elementos utilizados para diversos fines argumentales en cualquiera de los géneros que ofrece la cinematografía. Impregnados por una globalización norteamericana que impone iconos y prescribe conductas y directrices en cualquier campo, desde hace años se puso de moda acudir como representación fílmica navideña a la gran película de Frank Capra ‘¡Qué bello es vivir!’, inspirada en un cuento de Philip van Doren. Una cinta que los norteamericanos (y más de medio mundo) revisita anualmente para asistir a un recorrido por la vida de un buen hombre, altruista sin límites, llamado George Bailey. Si bien es cierto que Capra dio al cine las más preciosas y amables proclamaciones de buenos propósitos con trabajos de una hondura y emoción que, más allá de cualquier crítica sobre su posible repleción edulcorante, representan un cine irrepetible, también lo es la necesidad de reivindicar la película española navideña más importante de todos los tiempos, esa obra maestra del cine ‘azconaiano’ como es ‘Plácido’, admirable celuloide que, con el paso de los años, está empezando a encontrar su importancia en un zócalo genérico navideño donde las producciones americanas parecen querer decir que esto de la Navidad es cosa de yanquis.  ‘¡Qué bello es vivir!’ acopia en su metraje valores humanos y espirituales donde la amistad, el amor, la generosidad y la solidaridad empapan un cine de corte fantástico, fabulesco y moral. La situación de Estados Unidos durante la época hace pensar que el mensaje subvertido de la historia de los Bailey era una excusa para lanzar una crítica al ‘New Deal’ de Roosevelt, ya que tras el aparente simplismo con que está contada esta tierna historia, podemos apreciar la oscuridad fantástica de un Capra que transcribe sus verdaderas intenciones bajo el más puro cuento de Charles Dickens para hablar entre líneas de una filosofía individualista, de un hombre cuya generosidad ha convertido su vida individual en un fracaso. Por su parte, Luis García Berlanga, apoyado en un prodigioso guión de Rafael Azcona, apuesta por una historia adherida a la realidad de una etapa donde la hipocresía es el arma caritativa que diferencia los estratos sociales del momento. Berlanga purga aquí cualquier atisbo de trasfondo amable, conciliador, que había caracterizado su cine hasta el momento, para dedicarse, desde esta joya de nuestro cine, a recrear (en palabras de Román Gubert) “un sainete con cianuro”. En ‘Plácido’ no hay espacio para la bondad, ni para camuflar los buenos sentimientos en una oda a la misericordia navideña. Todo es una proclamación de la falsedad de estas fechas. La represiva sociedad clasista, reflejada en un entorno cotidiano y localista, que tuvo como inspiración una campaña social que llevaba por título ‘Siente un pobre en su mesa’. Una campaña real que sirve para abrir los ojos a un microcosmos que obliga a los ricos a tener un acto de buena fe con los más desfavorecidos. El ejercicio de caridad, a diferencia de en ‘¡Qué bello es vivir!’ está forzado, como acto exigido de cara a la galería, un vendaval de apariencia que arrastra al pobre Plácido, un pobre hombre al que utilizan y necesitan por su recién adquirido motocarro que paga, no sin esfuerzo, letra a letra.  En ambas películas está muy arraigada una ambivalencia capciosa. Capra defendía unas ideas y aportaba sus argumentos para demostrar sus tesis políticas y Berlanga ofreció en su mejor etapa una hábil manera de camuflarse con ficticios sainetes costumbristas en los que se podía apreciar una subversiva crítica a la sociedad del momento. Ambos realizadores confluyen en el prototipo de obras inofensivas y amables, pero en el fondo suponen sendos ejercicios de funambulista para hablar de otros problemas sociales más importantes. En esa combinación de intereses es donde se ensamblan las personalidades de George Bailey y Plácido, dos personalidades parejas que sirven de beneficio para la comunidad que les rodea, ya que ambos representan a antihéroes anónimos e historias de progresión de sacrificio en pos de los demás. A pesar de ello, la película de Capra se antoja como una ilusión alegórica, utópica, irreal, excesivamente moralizada para un ‘happy end’ que en ‘Plácido’ consiste en irse a casa con la familia a comer lo que bien se pueda. Si Capra sofistica su pueblo, su doble juego de pasado y presente alternativo en el que el conformismo natural de la comunidad, tampoco varía mucho la vida de un George Bailey que hubiera nacido en Bedford Falls o en el siniestro Pottersville, Berlanga borda un tono coral de la narración donde no falta la ironía, la mala hostia, la presencia de la muerte y su preferencia por las clases medias.  La abismal diferencia entre ambas visiones de la Navidad está en que mientras en ‘¡Qué bello es vivir!’ utiliza la festividad como entorno de comprensión y expiación de los errores, ‘Plácido’ la delimita, con su rechazo a lo fantástico y ornamental, a una realidad fiel y rigurosa confinada a la incomunicabilidad aterradora del español medio de los 60. Un aspecto que concuerda con la segunda parte de la cinta de Capra, convertida en una aparatosa pesadilla de corte expresionista y de impacto humano. Compostura que, en manos de Berlanga no puede por menos que convertirse en una comedia negra llena de cínico sarcasmo. Dos películas que nada tienen que ver entre sí, pero que merecen un visionado en estas fechas como comprobación de todas las aristas posibles del periodo navideño. 
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sábado, diciembre 24, 2005
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Alguien ha robado las Navidades en el Vaticano. Feliz noche a todos, amigos del Abismo.
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Me niego a creer esas especulaciones que sugieren que la emotiva instantánea de SS. MM. junto a todos sus nietos (incluida la pequeña y entrañable Leonor) está tratada por Photoshop. Por más que la observo, además, detenidamente y con minuciosidad, no veo nada que haga pensar en que esto sea así. ¡Embusteros!
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El prestigioso crítico del Chicago Sun-Times Rogert Ebert (que en la foto da bastante repelús) ha publicado su lista de películas más destacadas de este 2005. 10. 'Millions', de Danny Boyle. 9. 'Yes', de Sally Potter. 8. 'King Kong', de Peter Jackson. 7. 'Nine Lives', de Rodrigo Garcia. 6. 'Me and You and Everyone We Know', de Miranda July. 5. 'Brokeback Mountain', de Ang Lee. 4. 'Junebug', de Phil Morrison. 3. 'Munich', de Steven Spielberg. 2. 'Syriana', de Stephen Gaghan. 1. 'Crash', de Paul Haggis.
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jueves, diciembre 22, 2005
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Ya está aquí otra vez. Bueno, en realidad llevamos ya un par de meses siendo ‘psico-dinamitados’ por ese concepto tan abstracto que es la Navidad. Llegó el júbilo, el desenfreno dispendioso, el constante convite, las parejas que se besan bajo el muérdago, de la lotería del calvo ese de la tele que sopla suerte a todos menos a los más necesitados, de los anuncios eternos y repetitivos, del Rey Juan Carlos I con sus letárgicos discursos o de las hiperpijas chavalitas que lucirán un ajustado modelo (“¡o sea, tía!”) en macrofiestas de moda donde que apenas se apreciará porque permanecerán casi toda la noche en la barra intentando amortizar el prohibitivo cotillón más ‘cool’ de la Nochevieja. Hay algunos que proclaman que la Navidad es una época especial. Otros que se empecinan en promulgar que no es más que una campaña de mercadotecnia. En cualquier caso, la Navidad se caracteriza por ser un acontecimiento que sirve de excusa para todo; para salir de fiesta y emborracharse, para engullir copiosas cenas regadas de todo tipo de excesos alimenticios y etílicos, para decirle al jefe lo cabrón que es fumando un puro sin miedo a que te despidan, para tirarle los trastos a la compañera de trabajo, para proponerse sin éxito ser mejor persona, para aburrirse, para sonreír sin ganas, para hacer de todo sin control… incluso, este año más que nunca, para aventurarse a dejar de fumar.  Fiestas arraigadas a conceptos tan familiares como las guirnaldas, las luces de colores, los belenes y el pequeño pino (talado violentamente) adornado. Cierto es que la Navidad convierte sin que uno se dé cuenta esa irracional predisposición a los buenos sentimientos en una ocasional y furibunda mala hostia. Al fin y al cabo, eso es la Navidad. En las épocas romanas, era un festival que honraba a Saturno o Mitras, según muchos historiadores y estudiosos de esta materia, Jesucristo no nació ni en diciembre ni en enero, sino con toda probabilidad en septiembre. Pero la historia nos da igual. No hay que desnaturalizar la Navidad, ni arremeter contra una serie de ritos que poco o nada importan. Para eso está esa canción tan desmadradamente cierta de los ‘Soziedad Alkoholica’ referente a esta cuestión. No voy a caer en el error de posicionarme en una actitud desmitificadora que enuncie una imprecisión disfrazada de individualismo, de puro egoísmo, del “no me gusta la Navidad porque es una mierda”. La Navidad es otra cosa, amigos. Yo, como gordo entrañable sin malas intenciones que me considero, hasta puedo preconizar estas fiestas, aunque sea por su alegre estética, por la citada preferencia a la algarabía, por las ridículas cestas con embutido barato, champán (o cava, no sea que me tachen de regionalista) sin marca y turrón del duro y, cómo no, a los Niños de San Ildefonso de esta mañana cantando la pedrea y el gordo. A mí me gusta cada Navidad ver las mismas películas; ‘Plácido’, ‘Qué bello es vivir’, ‘ Gremlins’, ‘Jungla de cristal’, ‘Los fantasmas atacan al Jefe’, ‘Solo en casa’, desde el año pasado ‘Bad Santa’... Parece que celebrar la Navidad se ha convertido en una actividad infamada y apática. Así que debo ser de los pocos gilipollas a los que les gustan estas fechas. En otras palabras: los que no saben tomar parte del rito se confortan atacándolo. Ante la imposibilidad de optar por un enfoque personal y apacible, eligen por refutar a los que nos gusta la Navidad.  Eso sí, cuando hay que celebrarlas, todo el mundo se apunta, se emborracha e intenta pasarlo bien. El concepto de Navidad está más allá de la parafernalia consumista. Y es que la confusión atávica ante el inexorable ciclo vital, del invierno y del verano (con las vacaciones familiares –la otra gran diatriba del español moderno-), ha creado celebraciones de solsticios para todos los gustos. Lo divertido de todo es ser cínico, socarrón y disfrutar de todo con divertimento y mucho cachondeo. La Navidad es la época ideal para reírse con más fuerza de aquellos a los que no le gusta. Algo así, como el mensaje de esa película de culto de Terry Zwigoff que es 'Bad Santa', donde un Santa Claus borracho, pendenciero, ladrón e hijoputa encuentra el espíritu de las Pascuas en un niño 'loser' gordo y medio imbécil cuyo máximo deseo es obtener un elefante violeta como regalo. La Navidad es cojonuda, amigos. Y quien diga lo contrario es que no sabe disfrutar de las cosas buenas de la vida. Otra cuestión a debatir sería si las efigies mágicas de nuestra Navidad española han dejado dilapidarse por imágenes anglosajonas, los Reyes Magos dilapidados por ese antipático gordo cabrón de rojo y blanco que se ha dado en llamar Santa Claus, San Nicolas, Kris Kringle o Papa Noel. Desde este Abismo, redecorado para la ocasión con un flash que define muy bien mi noción de la Navidad y de la socarronería divertida con la que hay que tomársela, quiero felicitaros estas pascuas. Es hora de disfrutar y adornar nuestros hogares, de comer sin freno y de procurar reírnos de todo. Por eso, a todos vosotros, a todos los que habéis hecho popular ‘Un mundo desde el Abismo’ os deseo, de todo corazón, una FELIZ NAVIDAD 2005 y pediros encarecidamente que procuréis ser todo lo felices que podáis. Un abrazo a todos. ¡Jo, jo, jo…! PD: Tengo que agradecer el simbólico flash a Myrian (como viene siendo habitual en mi vida), Dani “DCracker” Caravantes que han aportado su pequeño granito de arena y a Paco Cavero por vestir el ‘Refotoon’ de Santa Loser.
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¡Por el culo te la hinco! Qué número más feo ¿no? Bueno, que sigo siendo igual de pobre (monetaria y espiritualmente) que ayer.
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Esta mañana, con los letárgicos primeros niños de San Ildefonso como agónica banda sonora de mi casa (parecían hombres de voz profunda y aburrida digna de la peor resaca) y mientras escribo para mi semanal colaboración para el periódico en el que escribo, me he enterado que el gran David Catalina, el mítico y carismático creador del imprescindible término “Adultolescente” y su no menos ilustre y prolífica blog, ha tenido a bien destacar al Abismo como Blog Revelación 2005 dentro sus simbólicas distinciones anuales en su Chaiko de Poderío particular. Es todo un honor. El primer reconocimiento público para esta página. Además, procedente de una fuente no adulterada por ningún interés fraudulento. Me congratula y me llena de orgullo. La verdad es que el gesto de David y su mención me han alegrado el día, las cosas como son. Muchas gracias, amigo Adultolescente. Por cierto, tengo la impresión que el Premio Gordo será el 56.411. Evidentemente, ni me acercaré. Pero por si acaso.
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miércoles, diciembre 21, 2005
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¿Estamos ante un posible heredero?
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Llevamos tiempo esperando ver ‘A Scanner Darkly’, la adaptación que ha llevado a cabo Richard Linklater de uno de los clásicos literarios de Phillip K. Dick, reflejando un alucinatorio cosmos de animación rotoscopiada como ya probara con éxito en ese existencial histerismo filosófico-animado que supuso ‘Walking life’. Hay unas ganas irrefrenables de sumergirse en ese mundo alternativo que esconde una vida real tal vez ficticia. Hay expectación por saber cómo luce en pantalla grande Fred bajo el hierático rostro de Keanu Reeves y su caracterización también como Bob Arctor, narcotraficante que, debido a una sustancia llamada D., acaba vigilándose a sí mismo y disociando la realidad y la ficción. Eso sí, habrá que esperar hasta la primavera de 2006.
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martes, diciembre 20, 2005
Esta mañana he sufrido una nueva y abismal experiencia. He tenido que abandonar la calidez del hogar cuando preparaba la pátina navideña que introduciré en breve al blog y me he visto obligado a asistir a uno de esos eventos que uno sólo se imagina cuando lee un cruel relato de realidad demostrativa surgida de la inefable mente de Chuck Palahniuk. Como soy un parado sin futuro, un ácaro social, el Servicio de Orientación de Empleo ha solicitado mi presencia para formar parte de una inacabable charla de tres horas sobre el Autoempleo. Una actividad grupal bastante surrealista donde me he visto inmerso entre mujeres cuarentonas, con hijos casi todas ellas y bastantes desubicadas, por lo que han señalado. La mujer que ha impartido el curso, Yolanda, es la típica cursi religiosa de formación católica y voz estridente. Bajo su tímida expresión oculta tras unas horrorosas gafas rosas, ha empezado su perorata a modo de palabreo inicial conciliatorio, procurando romper el hielo e intrascendentalizar la situación. Ha hablado de su hija, que se niega a ponerse un gorro con el frío que hace. Tras esto, ha comenzado a plantear las bases de lo que ha sido una insufrible cantilena sobre emprendedores, franquiciados, negocios propios, subvenciones… divagando en todo momento con frases contradictorias como “yo como desempleada aunque trabaje, bueno, es decir…” y exhibiendo una falta de vocabulario y preparación casi insultante; “que le den morcillas a Internet”, “muchas veces me voy pa’ casa con la cabeza cuadrá”, y “si es que hay de tó en la viña del Señor” han sido sólo un introductorio arquetipo del catálogo léxico de una tía que, a pesar de todo, me ha resultado simpática. Sin embargo, lo mejor de la mañana ha sido adentrarse por unos instantes en la vida de esas mujeres desesperadas reales, cotidianas y cansadas. Todas ellas bastante resignadas y desilusionadas con la falta de trabajo, la monotonía familiar y este tipo de charlas que sólo te ayudan a acrecentar tu amargo resentimiento frente a la inestabilidad laboral. La primera en presentarse ha sido Guadalupe, una profesora de secundaria de 47 años, caracterizada por su tinte de pelo rojo chillón. Afirma convencida que a su edad es imposible encontrar trabajo. “Tengo un 80 o 90% de posibilidades de que no me den un puesto de trabajo porque sólo quieren jóvenes”. La profesora, optimista y crédula, le ha refutado con la frase “ya verás cómo seguro que encuentras algo”. Y seguidamente ha puesto un ejemplo sobre una señora que encontró su vocación en la peluquería. Sí, así de incoherente. Reyes, por su parte, acaba de tener un bebé. Tiene 36 años y también es maestra. No tiene ganas de trabajar por el momento, porque se ha casado hace poco y ahora quiere cuidar al niño. Por eso, se ha mostrado ausente (como todas) a las consignas dadas por nuestra consejera casual. Tampoco se ha explayado mucho. Maika ha estudiado FP2 y trabajó como administrativa en una empresa que quebró. Lleva dos años sin trabajar y tampoco ve factible incorporarse a ninguna empresa porque está decepcionada y bastante cansada, según sus propias palabras. La estrella de la función ha sido Rosa, con un afán inconmensurable de protagonismo, bastante déspota y presumida, que ha tomado la palabra y se ha pasado más de diez minutos narrándonos cómo pasó de ser administrativa a azafata de vuelo en Madrid y luego venir a Salamanca sin contar las causas o estudios. Luego tuvo tres hijos y está ilusionada con un nuevo trabajo que comienza en enero. Concretamente en Qualytel, por lo que su historia de ambición sin límites ha quedado bastante enturbiada. Anécdotas de su cuñada, frases como “mi marido es funcionario con el mísero sueldo que la profesión conlleva” y “quien no encuentra trabajo es porque no lo busca” han dejado la sensación de petulancia de una mujer que ha interrumpido a todas y cada una de las mujeres que han acudido a esta farsa institucional (incluida yo, como otra cuarentona que las ha comprendido por unas horas). Lo que sí es cierto es que Rosa ha tenido la más acertada y lúcida deliberación de la mañana: “Para ganar 150 euros en una empresa en la que un tío gana 400 por el mismo trabajo y esos 150 euros se los voy a tener que dar a la chica que cuide a mis hijos, para eso me quedo en casa educando a los niños y que le den por culo al dinero y al trabajo”, ha dejado para la posteridad. Amalia se casó hace un año y ha tenido gemelos, por lo que está muy ocupada. Afirma que le gustaría trabajar, pero que lo ve “superdifícil”. Como Toñi, con una estética muy antifemenina a medio camino entre la andrógina imagen de Loyola de Palacio y la execrable Ángela Portero que ha pasado su juventud como técnico de laboratorio y que está metida desde hace años en bolsas de trabajo, pero no ve solución. Se ha mostrado muy quemada con esta charla, porque es la segunda vez que asiste y asegura que es “una pérdida de tiempo innecesaria y bastante vacua”. Tal y como, en efecto, así ha sido. Por último, María José, la más joven y coqueta de todas, 34 años, licenciada en psicología, pasó cuatro trabajando en una compañía de seguros y lleva dos sin encontrar un empleo. Hizo un master en gerontología a pesar de que no le gustan las personas mayores. También ha realizado varios cursos del INEM, pero insiste en que no valen para nada y ahora está pensando en abrir una tienda. Pero no sabe de qué. Mujeres, en definitiva, que encuentran condicionada su integración laboral ya sea por los hijos, por la edad, por su mala suerte y el destino. Ya no se trata de demostrar mucha más capacidad que un hombre para ascender en una empresa, ni de protestar por los pluses de concepto de riesgo y esfuerzo, ni de feminismo. Se trata de decepción y desesperanza. La pregunta que os estáis haciendo también me la he formulado esta misma mañana: ¿Qué coño hacía yo allí rodeado de estas mujeres? ¿Por qué me han llamado para compartir este suplicio de trasfondo catártico y femenino? ¿Acaso me espera la misma frustración mujeril en el futuro? ¿No la estoy sufriendo ya?
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lunes, diciembre 19, 2005
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1915-2005 Ha muerto un clásico, un hombre carismático, un ‘pichabrava’. El doctor Julio Iglesias Puga, el inigualable “Papuchi” nos ha dejado esta pasada madrugada a los 90 años de edad. Una lástima, ya que este veterano ginecólogo era un tipo encantador que suponía el último escollo de dignidad dentro del pestilente mundo de la prensa rosa. Un individuo afable que se ganó el afecto y simpatía pública con su naturalidad y desparpajo campechano. D.E.P.
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El arte vanguardista no conoce límites materiales. Cuando todo parecía concebido, fuera de las bases del color, la ruptura de las normas, la experimentación con la composición de la obra o la intencionalidad de un renovado lenguaje estético, llega una nueva forma de arte: el “quesismo”, que asienta sus fundamentos en moldear esculturas realizadas a base de ganchitos de queso. Lo sé. Es que estoy de un vago...
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sábado, diciembre 17, 2005
 El cineasta errante y ambiguo Nacido como Raimund Polanski hace 72 años en París, el que es uno de los últimos clásicos del cine contemporáneo vivió una terrible infancia en la que abandonó su hogar en Cracovia para refugiarse en una zona donde residían judíos, viendo cómo los soldados de las ‘Schuzstaffel’ se llevaban a sus padres al campo de concentración de Auschwitz. Para su más personal y último filme, ‘El pianista’, con el que ganó un polémico Oscar como mejor director y la Palma de Oro en Cannes el año de su estreno, Polanski regresó a aquellos escenarios para contar la historia de Wladyslaw Szpilman, un pianista polaco que es obligado, junto a su familia, a vivir en el corazón del ghetto de Varsovia, para fugarse después de un campo de concentración al que fue enviado. Una insólita, dolorosa y radical forma de exorcizar los fantasmas, característica con la que Polanski siempre a acometido cada una de sus obras. ‘Oliver Twist’, su nueva película, es más asequible como obra para toda la familia. La primera en toda su carrera. Y aunque obvie la crudeza de ésa tortura infantil, aparentemente alejado de los temas que han caracterizado la carrera de este polémico cineasta, analizando su niñez, tampoco es tan extraño que el director haya seguido expiando las sombras pretéritas que demonizaron su infancia, ya que, al igual que Twist, Polanski fue un niño con un traumático aprendizaje iniciático. El miserable Londres victoriano y la castigada Varsovia nazi guardan para el autor muchos puntos en contacto como los que podemos hallar entre Dickens y Polanski, dos artistas de atormentadas infancias para quienes el éxito de sus carreras no logró desvanecer la mancha instalada en sus memorias, ni el infortunio que siempre les perseguiría con obstinación. ‘Oliver Twist’ también es la excusa perfecta para otorgarle a Polanski uno de los grandes dossieres que se darán cita en este Abismo de incongruencia escrita.  Los comienzos de Polanski tienen lugar en programas de radio, obras teatrales y trabajando como meritorio en algunas películas, destacando ‘Pokolenie’, del maestro Andrzej Wajda, junto al que trabajó como actor en alguno de sus filmes. Sus primeros trabajos cinematográficos son cortometrajes más o menos acabados como ‘La bicicleta’, ‘Dos hombres y un armario’, ‘Morberctwo’, el documental ‘Aguafiestas’ y ‘Una gran sonrisa’, obras que marcarían su insólito universo creativo con unas directrices determinadas hacia el surrealismo, la violencia y el voyeurismo, protagonizados por personajes heredados de su tortuoso pasado, destacando en ellos una intención por abrirse camino en un mundo absurdo y superar así la fatalidad. Una de las claves del cine de Polanski, por tanto, empieza a ser desde la génesis cinematográfica ésa marcada pauta hacia lo infrecuente, lo inadmisible de la existencia, sin perder nunca la raigambre familiar desde un enfoque incómodo y ambiguo. Desde su primer e inquietante largometraje ‘Un cuchillo bajo el agua’ (Nominada al Oscar como mejor película extranjera de 1962), Polanski deja claro que es un cineasta contracorriente. A pesar de dejarse llevar por las lógicas inclinaciones europeístas fílmicas de la ‘nouvelle vague’, que evidencian la lúcida artificiosidad del filme, ‘Un cuchillo en el agua’ (escrita junto a Gerard Brach) aporta un subrepticio juego de dobles intenciones, de incómodas atmósferas a través de una historia simple y sin aparentes contrariedades argumentales, la de un matrimonio que recoge a un joven estudiante al que invitan a pasar el día en su yate. Un filme que, en su deconstructivo progreso, va desarrollando un potencial de insinuación que termina por depravar sus múltiples implicaciones. Así, Polanski contrapone a ese marido déspota y engreído frente a la libertad contestataria de un joven rebelde y astuto como símbolo de la sociedad en que vivía el realizador en aquélla época. Desde entonces, Polanski concibe el cine como reflejo de un mundo como un espacio cerrado, de oscura claustrofobia (aquí constituido en el agua que les rodea). Espacios obstruidos donde poder generar las más insólitas acciones o las más terribles pesadillas. El infortunio, la ansiedad, la demencia social, una tendencia a la desilusión familiarmente polaca o su afinidad por lo delirante y absurdo son elementos necesarios para entender la obra de un cineasta errante y extraordinario. Pero, sobre todo, polémico.  Decidido a acometer una filmografía de carácter internacional, el realizador polaco emigra a Francia, donde conoce de cerca de grandes maestros como Jean-Luc-Godard, Claude Chabrol o Ugo Gregoretti con los que rueda el filme colectivo ‘Las más famosas estafas del mundo’ (Polanski se encarga del sketch ‘Amsterdam’), sin durar mucho este acercamiento a la idiosincrasia de los clásicos continentales. Pero la tendencia intelectual no reafirma el oscuro entusiasmo del Polanski lúgubre de sus siguientes obras; ‘Repulsión’, vuelta a los infiernos psicopatológicos con la historia acerca de una impresionable mujer que, mediante su relación con los hombres, acaba conociendo de cerca una paranoia que une a la no menos extraña ‘Callejón sin salida’, otra muestra por el tenebroso universo del humor negro que se acerca a la vena más inspirada de autores teatrales como Ionesco o Beckett o Harold Pinter. En ‘Repulsión’, se observa con toda nitidez parte de la obsesiva curiosidad del director por las personalidades fragmentadas, por los submundos ficticios que degeneran en un autismo observador, en este caso, el de Carol Ledoux (en uno de los pocos papeles convincentes de Catherine Deneuve), provocados por una obsesiva aversión al sexo masculino que impulsa a la joven, nada menos, que a cometer el asesinato de dos hombres. Para Polanski en ‘Repulsión’, lo interesante no es evidenciar ni los efectos ni las causas de la locura Ledoux, si no dibujar un certero trazado por la mentalidad enfermiza de una personalidad ambigua en un universo distorsionado por una doble vertiente cinematográfica; la analíticamente argumental, jugando con la disposición de la voluble cámara desde el subjetivismo de la demencia y, sobre todo, la sonora, con un manejo atmosférico sustentado en el magistral manejo del sonido y sus efectos que han sido uno de los dispositivos más importantes a lo largo de la filmografía del director.  Elementos que tendrían también su importancia en esa extraña pieza que es ‘Callejón sin salida’, donde a Polanski, está vez, le interesa por encima de todas las cosas, inquirir en la personalidad de unos roles llevados al extremo, personificados en un matrimonio formado por un hastiado industrial retirado y su hermosa mujer francesa bastante ninfómana (interpretados por Donald Pleasence y Françoise Dorléac) que son secuestrados en su propia mansión por un rudo y violento gángster y su moribundo compañero. Otra oportunidad de embarrar las relaciones de pareja con los diversos dispositivos con los que Polanski (de nuevo con Gérard Brach en el guión) alcanza la zozobra emocional mediante la puesta escena claustrofóbica, derivando esta vez hacia la comedia negra en una suerte de teatro del absurdo, minando la trama y los diálogos con un macabro juego de satírica crueldad inabordable. ‘Callejón si salida’ es la película más radical de Polanski, por la querencia distorsionadora hacia una insoportable situación de aislamiento, por la ruptura con que Polanski plantea su puesta en escena, por la angustiosa sensación de soledad y violencia que se respira en un conseguido ‘huis clos’ del espacio cerrado, del desconcierto, el miedo, la desconfianza y una suma de estados psicológicos perfectamente reflejados por el cineasta en una película asfixiante. Como bien dejó para la posteridad el prestigioso crítico Ivan Butler, ‘Callejón sin salida’ se puede definir como “el filme más horroroso dentro de las comedias y el más hilarante dentro de las tragedias”. La predisposición a ese factor inverosímil de la vida, antes de comenzar su tumultuosa y corta carrera en Hollywood, le lleva a dirigir la extravagante ‘El baile de los vampiros’, película que sirve como parodia al cine de vampiros de la entonces prolífica Hammer y también la primera vez que Polanski utiliza el color dentro de su obra. Una obra sofisticada, de humor grotesco, pero siempre sin perder de vista el punto terrorífico que sirve de homenaje a las películas vampíricas que se habían convertido en clásicos hasta el momento y que estaban en plena decrepitud ya en 1967, año de filmación de esta comedia negra. Para ello, Polanski jugó con una imposible historia donde los protagonistas no son perseguidos o asediados por los vampiros, si no que ahuyentan sus propios fantasmas en la intención destructiva de una organizada sociedad en la que ellos son extraños, en la que son diferentes, como nota característica de la obra de Polanski. De nuevo, son inadaptados dentro de una sociedad (esta vez vampírica) y convertidos en victimas por las masas que exteriorizan sus defectos, mostrándose, en todo momento, incapaces de ajustarse a la colectividad.  No obstante, el dispositivo cómico determinado por Polanski y Gerard Brach no deja de ser una intención más que una realidad, ya que ambos caerían en exceso en el humor fácil, aunque prepondere la subversión (el descubrimiento por parte de un vampiro de su homosexualidad, armonizando sexualidad y vampirismo). El ‘gag’ se transforma en elemento funcional de un determinismo iconoclasta tan fecundo a lo largo de su carrera. Eso sí, ‘El baile de los vampiros’ traza un elaborado armazón dentro del cual destaca la excelente dirección artística de corte barroco, así como el elaborado diseño de producción y la fotografía de Douglas Slocombe. Sin olvidar la música de su inseparable compositor Krzysztof Komeda (que hizo de la música incidental del primer Polanski una delicia sonora y determinante en la eficacia de sus filmes). A ello se suma el sutil refinamiento con que Polanski siempre ha dirigido a sus actores, haciendo en esta ocasión que todo el elenco resulte irreprensible (Jack MacGowran, el propio Roman Polanski, Ferdy Mayne y Sharon Tate –que a la postre se convertiría en la mujer del cineasta polaco-). También hay que agradecerle su despreciativa vena por cualquier conclusión moral o el ‘happy end’, una característica que siempre le ha alejado de los preceptos de los grandes maestros clásicos a los que se le ha comparado. En este caso, demostrando que si Hitchcock definía la vertiente de la maldad y la bondad en unos personajes que despertaban de una pesadilla, él prefiere (como en toda su filmografía) enfangarlos en la tergiversación moral y hacer que sus conclusiones no sean ni por asomo convencionales. Un logro que, en conjunto, ofrece una puesta en escena atmosférica sin igual y aporta una aleccionadora parodia entra la nostalgia del homenaje y el continuo juego con el inventario del cine de terror y la comedia.  La entrada de Polanksi en Hollywood se produce por todo lo alto. No sólo porque su siguiente película, ‘Rosemary’s baby’, sería una de las películas más controvertidas y taquilleras de la época, sino por la condición de director estrella con la que acometería su nueva vida, rodeándose de la gente más importante e influyente del momento. Casado con la hermosa Sharon Tate, amigo de los grandes productores de la época como William Castle, Robert Evans o Darryl F. Zanuck, aficionado a las dispendiosas fiestas con las estrellas como Steve McQueen, Warren Beatty, Paul Newman o el emergente Jack Nicholson, amante del libertinaje, la ideología libre y la buena vida, Polanski también se empezó a mover en todo tipo de demenciales ‘parties’ donde su nombre empezó a ser muy conocido. Fiestas de Penthouse, Playboy y veladas con lo más selecto de Hollywood hicieron del cineasta todo un curtido conocedor de los vericuetos de la industria. Incluso se hizo conocida su predilección e interés por toda clase de sectas, espiritismo, parapsicología y ocultismo que estaban de moda de la mano del ‘gurú’ satánico Anton Szandor Lavey, más conocido como “El Papa Negro”, toda una institución dentro de las grandes esferas del mundo del cine.  Roman Polanski y Sharon Tate eran acogidos con distinción en cada una de estas reuniones de estrellas. Polanski estaba en un potente círculo que le convirtieron en la gran promesa del nuevo cine yanqui, el más sedicioso e innovador de los aspirantes europeos a conquistar Hollywood. Para Robert Evans, Polanski era el director ideal para dirigir el cambio de rumbo de Hollywood. Su condición de europeo, su faceta atrevida, agnóstica y sin prejuicios dieron el perfil adecuado para que Evans pudiera convencer a William Castle de que era el director indicado para dirigir la adaptación de la novela de Ira Levin ‘Rosemary’s baby’, la apuesta fuerte de la Paramount por aquélla época. Polanski no dudó en aceptar la propuesta. ‘Rosemary’s baby’ es un fascinante compendio de la cautivadora ambigüedad del director de ‘Repulsión’, apuntalando el relato en una desmedida capacidad de sugerencia visual y temática, en la subversión de la mirada con la que se observa una realidad distorsionada por la sospecha y de la búsqueda de la verdad a través de una cotidianidad que se transforma en insoportable ergástula existencial. Todo ello desde una perspectiva cercana a la visión de Nietszche sobre la religión, llevada a una percepción puramente mesiánica. Una película inolvidable (para mí la más representativa obra maestra absoluta) que determina el poder de hipnotismo oculto en la sugerencia constante. En cualquier caso, ‘ Rosemary’s baby’ fue fruto de un más que amplio estudio dentro del Abismo el pasado mes de septiembre, por lo que dilatar más esta parte sería absurdo teniendo el dossier en un solo clic. Con esto, concluye la primera parte del amplio dossier sobre uno de los directores más importantes del cine moderno. La semana que viene, mucho más. Seguid atentos.
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jueves, diciembre 15, 2005
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Es difícil saber hasta qué punto se puede damnificar a los espectadores en una proyección sólo por culpa del negocio, de los beneficios y del interés propio en algunos de los cines modernos estandarizados con el paso de los años en las Multisalas. No entiendo porqué se ha llegado al empeño de hundir una película de éxito sencillamente por razonamientos que responden a una extensa duración, deteriorando y menoscabando la película por un deslustrador interés que ejerce un desprecio hacia el autor de la película y hacia la gran mayoría de los espectadores, ultrajados por semejante insolencia despectiva. Habrán pensado que las obras cinematográficas de más de tres horas suponen un metraje excesivo como para que el espectador no aguante la duración de éstas y tenga que salir a hacer sus necesidades y recargar su cartón de palomitas y bebida para afrontar con agrado el resto de la película. Cuando Peter Jackson corrigió el montaje final de su publicitada ‘King Kong’ de 150 a 187 minutos lo hizo a sabiendas de que la historia lo requería, sin pararse a pensar cuánto supuesto infortunio iba a provocar en el público. Por algo, su magistral trilogía de Tolkien estaba narrada también en un tiempo de película superior a la media. Exceptuando a los cines Ábaco (que encima dispensan palomitas gratis), los restantes cines de nuestra ciudad han tenido a bien, por un inexplicable libre albedrío, cortar la proyección del excelente filme de Jackson sin excusa alguna, sólo porque estiman exorbitantes las tres horas que dura el ‘remake’ de una de las más célebres gestas de la historia, enflaqueciendo con esta negligente decisión el abrumante ritmo que el director neozelandés ha proporcionado a su elefantiásica epopeya de aventuras, en plena persecución, dinamitando sus estupendas secuencias selváticas. La estrategia parece bien sencilla y responde al mero y burdo beneficio. Devastar este nuevo ‘King Kong’ con semejante e imprevisto corte es una falta de respeto al cinéfilo, al espectador, al cine en general y a Peter Jackson en particular. Lo esperpéntico de la situación es que hacer oír esta reprobación a los responsables del cine se recrimina con chulería y provocación por parte de uno de los encargados, en este caso concreto por parte de un fulano encargado de los Cinebox de Vialia de Salamanca, aludiendo a un inapreciable paraninfo que advierte de tal atentado cinematográfico en la taquilla de los cines. Un cartel, por supuesto, que había sido colocado horas antes, porque los días precedentes no te señalaban nada al respecto de semejante agravio al comprar la entrada ¿Impertinente respuesta a una justificada indignación? Así se las gastan en estos cines salmantinos. Más allá de la incómoda situación personal, este tipo de decisiones depauperan el espectáculo cinematográfico, haciéndonos volver a angostos tiempos de unas tradiciones fílmicas que ya no existen. Así, la ceremonia aventurística de Peter Jackson se infravalora, pierde esencia y es maltratada por este tipo de actos equiparables a la interrupción del acto sexual, como cuando te cortan una cagada o la parálisis de un placer tan simple como es el de disfrutar de una sesión un poco más larga de lo habitual sin imposiciones comerciales.
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Que dos cintas como ‘Obaba’ y ‘Princesas’ hayan sido designadas como las máximas favoritas de la próxima gala de los Goya define a la perfección el actual estado del cine español. La nula calidad de los títulos presentados este año a concurso concreta hasta qué punto de paupérrima decadencia ha agotado la cinematografía patria sus nulos incentivos de cambio o novedad. El cine español, amigos, está en las últimas. En sus horas más bajas. Que ‘Siete vírgenes’ y ‘La vida secreta de las palabras’, de la Coixet sean sus competidoras también parece producto de un chiste mal contado. Si es que resulta divertido y todo. Imaginaos: “ése que va y dice… me encanta el actual cine español porque es excelente”. Suena ridículo. Que Óscar Jaenada sea considerado como el futuro gran actor de nuestro cine también deriva en aserción hilarante, de frase lanzada en plena embriaguez. Quiero decir que… Bárbara Lennie sea considerada para la candidatura como mejor actriz revelación es ya de traca pantomímica. La poca dignidad que hay en los títulos de este año que optan al galardón de enorme cabezón es vacilante; tal vez ‘Tapas’, de Juan Cruz y José Corbacho, algún intérprete de aceptable valía como Adriana Ozores, Emma Vilarasau, Natalie Poza, Eduard Fernández, Manuel Alexandre o Javier Cámara. Y poco más. Unos premios esqueléticos de cualquier interés que dejarán, como parte del hábito nepotista de la infecunda familia del cine español, otro palmarés de esperada apatía y celebrada falsedad, de aburrida gala con connotaciones de beligerancia contra la piratería (como ya dejaran claro el año pasado con muchos de sus integrantes haciendo el ridículo y lanzando proclamas sobre este tema) y con una prolongación agonizante de una situación inconcebible y no reconocida.
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miércoles, diciembre 14, 2005
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Censura. (Del lat. censūra). 1. f. Dictamen y juicio que se hace o da acerca de una obra o escrito. 2. f. Nota, corrección o reprobación de algo. 3. f. Murmuración, detracción. 4. f. Intervención que ejerce el censor gubernativo. 5. f. Pena eclesiástica del fuero externo, impuesta por algún delito con arreglo a los cánones. 6. f. Entre los antiguos romanos, oficio y dignidad de censor. 7. f. Psicol. Vigilancia que ejercen el yo y el superyó sobre el ello, para impedir el acceso a la conciencia de impulsos nocivos para el equilibrio psíquico. 8. f. ant. Padrón, asiento, registro o matrícula. Censura. Ésa palabra tan fácil de usar, que además circunscribe una subrepticia hipocresía por naturaleza, está de moda desde hace años en USA. Ahora, la MPAA (Motion Picture Asociation) ha propagado unas directrices prohibiendo los elementos que consideran vedados en un cartel cinematográfico. Como todos sabemos, los americanos (y en extensión, el resto del mundo, que sigue inconscientemente su modelo) son así. Como dicen en el largometraje de ‘South Park’, son “blanquitos con miedo”. Un miedo que provoca gran parte de toda esta censura. Lo cierto es que hay que tener dos dedos de frente y dilucidar un poco acerca del tema, porque si recapacitamos un poco, obtendremos como conclusión que la excesiva defensa de una supuesta identidad proviene de la inseguridad en la propia consistencia de la personalidad. Los elementos censurados son: 1. Ningún desnudo o actividad sexual. 2. Está prohibido apuntar a cámara con un arma, ni tampoco mostrar un arma apuntando a una víctima. 3. No se podrá exceder las dos armas de fuego en un cartel. 4. Tampoco alusiones ni muestra explícita de drogas o alucinógenos. 5. Está prohibido utilizar cualquier palabra con lenguaje ofensivo. 6. No podrá insertarse imágenes en las que aparezca sangre. 7. Nada de violencia de género, ni violaciones ni abusos sexuales. 8. Es inconcebible la muestra del trato vejatorio con animales. 9. Tampoco se expondrán imágenes de mutaciones, mutilaciones o cadáveres. 10. Queda condenada la utilización de violencia excesiva o brutalidad manifiesta. 11. No se podrá exhibir a ninguna persona ardiendo (no sabemos si esto incluye a La Antorcha Humana) o saliendo despedidas de ninguna explosión. 12. No utilizar la prohibición restrictiva de menores (el célebre PG, R o NC-17) como reclamo para atraer espectadores. 13. No utilizar ni palabras ni imágenes que puedan molestar a cualquier religión, condición o raza.
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lunes, diciembre 12, 2005
Ha habido de todo; secuencias descojonantes, algunas cuantas inolvidables, aventuradas e incongruentes, deliciosamente ‘freakies’, otras (muy pocas) indolentes o ininteligibles en concepto pero lo importante es que, en su gran mayoría, han sido piezas secuenciales que han llenado de imaginación y extravagancia el Concurso Esperpéntico de Secuencias Subtituladas de Bollywood convocado por el Abismo hace un par de semanas. Ha sido difícil elegir sólo tres de ellas entre todas vuestras creaciones, pues había muchas que estaban a la altura para un concurso tan insustancial e intrascendente como este. Los tres cortes debían resultar eficaces en cuanto a humor, disposición de los subtítulos dentro de la secuencia y que, argumentalmente, tuvieran que ver con la trivialidad que se observa en los fragmentos de películas de Bombay. Y sin más dilación y abriendo el sobre imaginario, con música de boato de fondo y… bueno, ya está bien de bobadas. Los tres finalistas han sido… Enhorabuena a estos tres creadores. Deberéis elegir la mejor estupidez subtitulada emitiendo un solo voto por persona en este mismo post. Para evitar que alguno de los finalistas reincida en la votación he decidido que los tres finalistas sean considerados ganadores del premio final. Es decir que la camiseta que se iba a enviar al campeón como símbolo de la victoria, será recibida por los tres finalistas. Sin embargo, sólo uno de ellos se alzará con la vistoria de este desastroso concurso sin sentido. Como ya sabéis, Haloscan refleja vuestra IP, por lo que tampoco se aceptarán ardides de ningún tipo. Sed honestos. La fecha final para recibir votos será, como en la anterior ocasión, hasta que este post desaparezca de los diez de la página principal del Abismo. Será entonces cuando sepamos quién se lleva la triste gloria de ser el mejor creador de la secuencia subtitulada. La votación queda abierta. Los finalistas, poneos en contacto conmigo a través del mail abismal para el envío del regalito navideño. A los demás, no receléis. Ya habrá más ocasiones para llevarse una. Ha sido muy divertido, os lo aseguro. Y espero que vosotros también hayáis disfrutado.
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domingo, diciembre 11, 2005
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1940 - 2005 Gene Wilder se ha quedado sin su ‘partenaire’ más célebre. Nosotros nos hemos quedado sin uno de los mejores cómicos que ha tenido el humorismo internacional en toda su historia. D.E.P.
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sábado, diciembre 10, 2005
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Por mucho que lo observe, sigue impresionándome la mutación. Qué queréis que os diga.
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Esta semana me he hecho con el último disco de Estopa, el grupo formado por los hermanos Muñoz, José Luis, ése guitarra de sonrisa bellaca inextinguible, con dientes ambarinos de tanto tabaco y coletilla de Jedi, de apariencia bonachona y secundaria respecto a su hermano mayor y David, uno de esos tipos con carisma especial para caer bien, para dejarse querer con su nada impostada actitud campechana. Dos hermanos con empaque, con una extraña áurea de gracia y humildad que hace llegar su chispa a todo el mundo. La procedencia de estos multiventas es digna de prevalecer, pese a que se haya marcado en todas las entradillas que se han escrito a la hora de hablar del fenómeno Estopa. Llegados directamente de una fábrica de tornillos, currantes y/o currelas de tomo y lomo, de los que llegan con dificultad a fin de mes, a pasar a ser estrellas de la canción. En pocos meses pasaron de comerse el bocata de chorizo con el vinito caliente de la fábrica a ser ‘número 1’, por encima de Michael Jackson, Madonna o grandes hitos de la música comercial. Lamentablemente, ‘Voces de ultrarumba’ mitiga la evolución de un dúo que ha hecho de su estilo, a medio camino entre la rumba gamberra, el pop, el rock y la calorrada, una seña de identidad que, con el paso de sus discos, se ha constituido consumado en un producto demasiado reiterativo e invariable. A pesar de que la carga incisiva de sus letras sobre los vestigios de las drogas y la sandunga a la que conlleva emborracharse, la cotidianidad de la diversión esperada del fin de semana de cualquier trabajador modesto, el amor sucio y básico o la inquietud callejera incluso en la delincuencia, Estopa empieza a dejar la sensación de redundancia, esta vez mucho más comercial y sin riesgo, anulando cualquier capacidad de sorpresa. Los dos hermanos parecen haber perdido el sarcasmo cabrón que les hacía asemejarse al mejor Robe Iniesta, la rumba catalana y el calé marcado de Los Chichos para sonar demasiado letárgicos y sin ningún hálito de mejora. Mucha gente me ha reprochado siempre la simpatía que despiertan en mí estos chavalotes enérgicos y descojonantes, que han conseguido el sueño de aquellos que cantan y tocan en un grupo, de los que sueñan con giras, discos de platino y conciertos multitudinarios. Son divertidos, su actitud musical sigue siendo la inaudita que esgrime el ‘carpe diem’ y la diversión, aunque estén perdiendo fuerza. El regodeo y la humildad siguen siendo las armas voraces que empapan su propio emblema, su propia historia. Coño, a mí me gusta Estopa. Aunque éste último disco, sinceramente, no esté a la altura.
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jueves, diciembre 08, 2005
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Poco terror, mucho discurso teológico A pesar de conjugar géneros tan dispares como el terror y el drama judicial, el filme de Derrickson acaba por desfallecer por su maniqueo posicionamiento ideológico. Muchos esperaban encontrar en ‘El Exorcismo de Emily Rose’ una película que encomendara a la memoria del personaje de Regan MacNeill en ‘El Exorcista’. Es decir, una dramática película de terror que, más allá del ‘splatter’ y los jugos gástricos verdosos, retomara el exorcismo como terrorífico acto religioso de exoneración diabólica con las trágicas consecuencias que ello arrastra. La trama hacía albergar alguna que otra esperanza: una historia basada en el caso real de Anneliese Michel, una joven alemana que en la década de los 70 falleció por un ritual exorcista, adaptándola a los tiempos actuales, en Estados Unidos, por supuesto, con el juicio del Padre Moore, un sacerdote acusado de negligencia tras la muerte de la joven Emily Rose, cuya posesión es reconocida extraoficialmente por la Iglesia católica, como en el caso de Michel. Pero nada más lejos de la realidad, ya que la cuarta película de Scott Derrickson renuncia, en parte, a la extática demonológica para centrarse en el conflicto de discusión humanista y filosófico sobre este tipo de fenómenos, en la irreconciliable dicotomía que supone el enfrenamiento de la fe contra la ciencia, en un contexto judicial y expositivo, ya que la película se desarrolla en el litigio que se lleva a cabo hacia la supuesta incuria del padre Moore hacia la joven católica Emily Rose. Un contexto que tiene como gran virtud el que Derrickson se desvíe de los preceptos y tópicos formulistas del género de terror sustentando el peso de la cinta en la discordia sobre el relativismo posmodernista opuesto a la fe religiosa que se discute durante el proceso legal. ‘El exorcismo de Emily Rose’ es una difícil y compleja suerte de tres géneros de naturaleza antitética como son el terror, el cine judicial y el puro melodrama (eso sin contar que desde una perspectiva escéptica, su conclusión se convierta poco menos que en una exagerada comedia).  El problema de las directrices argumentales mostradas durante el filme es que, bajo el yugo del sutil terror fantástico que alcanza su plenitud en los habituales ‘flashbacks’ descriptivos de la posesión de Emily Rose, sustentada en el efectismo visual y sonoro a golpe de música estruendosa que busca el sobresalto, encubierta en la imaginería religiosa, la película no deja de ser un indudable pasquín de auténtico maniqueísmo ideológico. Así, la protagonista del filme no es otra que Erin Bruner, la abogada defensora del Padre Moore, una agnóstica letrada con dudas religiosas que se enfrenta a Ethan Thomas, el devoto metodista que representa a la acusación. Lo que interesa del subtexto es patentizar la progresiva adopción de la creencia católica por parte de una abogada inmersa en una epifanía cristiana surgida por la manifestación de señales tenebrosas, hechos inexplicables, amenazas y fenómenos paranormales que se producen a su alrededor, que serán los que provoquen su incertidumbre y entrega final a la Fe Católica por dichas ‘evidencias’. Por supuesto, el empirismo científico es representado como intransigente y dogmático, ya que los médicos pronostican que la posesión de la joven Emily Rose es producto de la epilepsia y la esquizofrenia en contra de las prescripciones religiosas del padre Moore. Sin embargo, no se duda en ningún momento en lanzar incoherentes teorías de la defensa, llevando a una doctora interpretada por Shohreh Aghdashloo a declarar a favor de lo espiritual, mencionando a un experto en pantomimas como es Carlos Castaneda, autoproclamado antropólogo que ha dejado la inescrutable tensegridad y las ‘Enseñanzas de Don Juan’ en sus estudios, que mezclan de forma circense la antropología, las antiguas culturas y el chamanismo. El resultado, según la disposición de cada espectador (porque en un devoto creyente será de lo más eficaz), es del todo ambigüo y prosaico, dilatando un contenido pretendidamente intelectual y melodramático para exhibir de manera muy expeditiva las declaraciones de los testigos que, conforme avanza la trama, van inclinando la diatriba hacia la balanza de la religiosidad con una cadena entregada a la abogada por una señal divina, provocando la repentina muerte de un testigo vital (sugiriendo el asesinato por medio de fuerzas malignas) e incluso visualizando a modo de ‘flashback’ (siempre de manera subjetiva) el exorcismo de Emily, así como la trascendencia de la verdad en forma de misiva que dejó la joven al narrar su espantosa ordalía religiosa. No obstante, hay que agradecer la sutil limitación de truculencia durante el proceso de posesión y exorcismo, sin olvidar un sensacionalismo terrorífico muy moderado, teniendo siempre sobre el papel el juicio como nexo de unión entre pasado y presente, recubriendo el filme con un fascinante y lúgubre tono realista que, sin ser suficiente, sí aprovecha sus bazas para esbozar un retrato judicial que el cine norteamericano domina a la perfección. Una consecuencia aprovechada para esgrimir sus argucias científicas y metafísicas, llegando a plantear su objetivo, que es no es otro que provocar la duda en el espectador y poner de manifiesto que los exorcismos existen, que el Diablo existe y que, por lo tanto, que Dios existe. También hay que atribuirle a ‘El Exorcismo de Emily Rose’ la gran labor de su estupendo elenco de actores, que contribuyen a la eficacia interpretativa con unas sólidas composiciones encabezadas por la prolífica Laura Linney y el adusto Tom Wilkinson, y en menor medida, por Mary Beth Hurt y Campbell Scott . Pero sobre todo, hay que destacar el descubrimiento de Jennifer Carpenter, que logra con sutil caracterización introspectiva y sin excesivos maquillajes que la progresiva astenia vital se perciba muy visible y terrorífica. Aunque su personaje no esté muy definido, más que por las pinceladas que apuntan otros personajes.  La gran traba, sin duda alguna, es el raquitismo con el que se acomete su conclusión, cuando, más allá de pugnas entre razonamiento científico y teologismo, incluso del género de terror o del drama legal, ‘El Exorcismo de Emily Rose’ se convierte en un manifiesto panfletario de tal calado religioso que resulta incluso irrisorio, ya que con la confesión escrita de la joven de alma cándida descubrimos que no estaba poseída por un solo ente maléfico, sino que dentro de sí contenía una orgía satánica, albergando en su persona a nada menos que a seis demonios (como el metro cuadrado de las manifestaciones actuales), además de una aparición divina que propone la purificación del sufrimiento otorgando el Cielo Eterno a la exorcizada que, como mandan los cánones religiosos, rechaza para advertir al mundo con su sufrimiento que el Mal existe. Un final que elimina cualquier atisbo de ambigüedad, excluyendo la posibilidad de una posible enfermedad mental (aunque se deja entrever) y juzgando las creencias antes que los hechos, siempre más sugeridos que evidenciados. Por eso, no es extraño que la cinta de Derrickson haya contado con el respaldo de la Iglesia Católica y que se vea normal esa sentencia dictada por el propio jurado a un homicidio por negligencia, que es resuelta como una condena de tiempo cumplido. Es decir, que el cura, aunque considerado responsable de la muerte de Emily Rose es inocente de los cargos ¿Alguien puede explicar esto? Obviamente, en Hollywood parece que sí. Miguel Á. Refoyo © 2005
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miércoles, diciembre 07, 2005
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A lo largo de la semana que viene, y con motivo del reciente estreno de ‘Oliver Twist’, en este Abismo de perturbada semicognición, tendrá lugar la publicación de un extensísimo dossier analítico sobre la obra de un polémico e imprescindible autor como es Roman Polansi. Un cineasta cultivador de obsesiones recurrentes, donde los impulsos individuales, las urgencias inconscientes y la psicosis humana han transformado su cine en una emulsión de elementos en los que destacan el mal, la catástrofe, la dicotomía entre fantasía y realidad, sexo y violencia, discordancia y dualidad, represión y claustrofobia, pesimismo… En una palabra, ambigüedad. Uno de los conceptos básicos sobre los que girará un prolongado y profuso recorrido por la obra de este director maldito.
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martes, diciembre 06, 2005
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Cada 6 de diciembre celebramos el aniversario de la Constitución de 1978. Algo apasionante ¿No os parece? Ya, bueno. A mí tampoco. Recuerdo que cuando éramos pequeños en el colegio coloreábamos una banderita de España y la colgábamos en la ventana sin saber exactamente a qué respondía semejante gilipollez. Pero lo cierto es que es un día de fiesta. Y sea por la razón que sea, siempre es una fecha para marcar en el calendario porque no se trabaja. Hoy en día, poco importa que se conmemoren aquellos convulsos tiempos de la transición, de encomiar y garantizar la avenencia democrática devenida en un escrito en forma de la Constitución en 1978 y de unas Leyes que conformaran un orden económico y social ecuánime e imparcial. Tampoco que consolidara un Estado de Derecho, ni que se preocupara de velar por la justicia y el reciedumbre de unas relaciones pacificas y la cooperación entre todos los pueblos de la Tierra. Parece una utópica idea que se ha ido resquebrajando con el paso de los años. Hoy en día, insisto, parece que poco importa todo eso. En cambio, la Constitución, más que nunca, sirve de excusa para la colisión política, para que unos intenten corregirla y modificarla siguiendo incoherentes preceptos manipuladores o un servilismo monárquico, pretendiendo operar sobre ella para que conduzca el país quien les plazca o cambiando palabras que significan lo mismo, mientras otros la utilizan vilmente como excusa ideológica y rancia, sin razón de ser, para lograr calentar los ánimos y acercar a los desinformados que sienten muy españoles. Haciendo su trabajo. Todos a la vez. Un trabajo que consiste en manejar los hilos de las marionetas sociales en que han convertido al pueblo para su despreciable usufructo. También se les ha olvidado que la Constitución señalaba que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna. Aunque esto ya se la suda mucho a todos porque a ellos no les afecta. La Carta Magna está de moda. Y lo está porque ya no simboliza un instrumento útil para continuar por el histórico camino del desarrollo, si no, como todo lo que tocan las impúdicas manos políticas (vengan del partido que sea –abogo por mi vena apolítica y desprecio por los representantes de cualquier partido-), ahora la Constitución es un dispositivo de instrumentalización. Por eso, lo mejor es no profundizar en el asunto y disfrutar de la celebración, de la algarabía y asueto de un largo puente, ajenos a los entresijos de esta ciénaga ideológica que simboliza la inmundicia política que nos rodea.
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lunes, diciembre 05, 2005
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Como casi todo buen cinéfilo comprometido con unas tradiciones clásicas y reverentes con la película y sus espectadores, arraigadas al respeto, la puntualidad y el decoro silencioso en una sala de cine, odio las palomitas y a los que las consumen. Aborrezco su estridente e inquietante ruido, ese diabólico estrépito que provoca el crepitar, el desagradable y enardecido crujir producido por el constante masticar. Es un aperitivo ideal para la intimidad, donde uno sólo se molesta asimismo, pero no para compartir con gente. Comer palomitas es un ejercicio ocioso que aviva el malestar y los nervios de los no consumidores. Un encarecido producto por el que muchas salas subsisten hoy en día, desgraciadamente parte fundamental de la industria cinematográfica. Las palomitas son un mal menor, pero una maldición cinéfila muy extendida hoy en día con la que estamos obligados a convivir. Recuerdo que aquí en Salamanca, había unos cines que hasta hace bien poco vedaban la entrada de comida en el cine (bien fueran palomitas, bolsas de chucherías, gominolas e incluso caramelos). Pero como “poderoso caballero es Don Dinero” en seguida no sólo se extendió la abominable venta de diversos modelos (pequeño, normal y extra) de cajas de palomitas y demás dulces, si no que encima habilitaron todas las salas para poder colocar los enormes vasos de refrescos y la caja de palomitas en la butaca. Venal desperdicio de una epopéyica raigambre. Una adversidad contra la que no se puede luchar, que necesita de gente habituada a tener algo en la boca con quién sabe qué clase de problema ‘freudiano’ anexado a ello.  Lo cierto es que a todos, en mayor o menor medida, nos gusta este infernal aperitivo. Y vaya por delante que me gustan las palomitas, pero no en el cine. He aprendido desde pequeño a acatar las reglas no escritas del respeto que, como espectador, uno debe profesar en una sala de cine. La gran pregunta es ¿qué diablos pasa si en el cine te regalaran las palomitas con tu entrada? Maldita pregunta y maldito el momento. El otro día, cuando fui a ver la última del niño mago Potter (al que, por cierto, ya le ha salido pelusilla en sus partes pudendas), descubrí, con cierto desconcierto, que en los cines donde proyectaban ‘El cáliz de fuego’ a los que fui, regalaban las palomitas. Obviamente, como si fuera un pensionista de la tercera edad y como eran gratis, las cogí, no sin cierto recelo, mirando a un lado y a otro, procurando que me viera la menor gente posible. Y allí estaba yo, sentado en mi butaca, con cara de gilipollas y un enorme envase de 90 gr. hasta arriba, cultivando con simonía el pecado que tanto he condenado a lo largo de los años, dejándome llevar por el sabor a maíz y el tentador olor que desprende tan infructuosa manducatoria. Además, qué narices, no había ni un solo espectador sin palomitas, por lo que el mal era menor. Creo recordar que la última vez que comí palomitas en un cine fue viendo ‘Procedimiento ilegal’. Eran otros tiempos de inconsciencia infantil, en plena preadolescencia, compartiendo momentos con mis primos. Otra época casi olvidada. Me he traicionado a mí mismo, pero reconozco que las putas palomitas estaban deliciosas. Eso sí, certifico que será la última vez que cometo tal delito. Hasta que dure la promoción en los cines Ábaco, por supuesto.
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Hace tiempo abrí una sección en este blog llamada ‘GD. Gente Detestable’, basada en la malévola intención de desplegar pequeñas glosas en forma de hostia crítica hacia personajes públicos que se han ganado mi animadversión infinita. La primera y única hasta la fecha había sido la infame Rocío Madrid. Y ya iba siendo hora de volver a envenenar algún que otro dardo. No sé si es más triste que un ínfimo personaje como Carmen Alcayde vaya de ‘diva’ (únicamente por dejar vislumbrar dos ubres de dudosa naturalidad) en un programa que sólo proyecta basura infecta a los ojos de los que los ven, que se crea una selecta periodista muy profesional que manifiesta con sus indiferentes frases sin sustancia una redundante inopia delimitada a una deleznable rama del oficio periodístico o que promocione un libro dándose coba en su propio programa con una deplorable entrevista realizada por su execrable compañero de faena, Jorge Javier Vázquez. El otro día en ‘Aquí hay Tomate’, esta impúdica periodista hacía publicidad de su libro ‘Treinteañeras’, ofreciendo uno de los más vergonzantes ejercicios de ombliguismo, dejando claro, por enésima vez, que cualquier personajillo puede escribir y editar una obra. Ahora sabemos que esta petarda con ínfulas de gloria catódica ha pretendido crear un prontuario de mujeres que supera las tres décadas, con problemas e inquietudes como las que pueda tener ella. Entre otros dilemas vitales para la vida de las treinteañeras, si a una se le ve bien el escote y un poco de carnaza en forma de tetas en un paupérrimo programa de estiércol social. Os dejo la entrevista de marras para que disfrutéis de la (nula) cognición erudita de uno de los personajes más insufribles de la actual parrilla catódica. Por eso, desde el Abismo, yo te digo: "¡Te odio, Carmen Alcayde!".
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sábado, diciembre 03, 2005
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Fascinados y recelosos del inalcanzable estatus (y sobre todo de sus cuentas bancarias) que mantienen los hombres más poderosos del mundo, muchas veces la ficción reduce este tipo de afortunados a simples caricaturas de ficción. Monopolistas, oráculos, derrochadores, tacaños, tiranos, genios, engreídos y, en muchos casos, especuladores y ladrones. En una palabra: Multimillonarios. La revista Forbes, habituada a restregar a sus lectores las personas más acaudaladas del mundo en su anual lista de poderosos capitalistas, acaba de publicar un ranking en el que se establecen los personajes de ficción que más dinero poseen en sus arcas. 1. Santa Claus. 2. Oliver "Daddy" Warbucks. 3. Richie Rich. 4. Lex Luthor. 5. C. Montgomery Burns. 6. Scrooge McDuck. 7. Jed Clampett. 8. Bruce Wayne. 9. Thurston Howell III. 10. Willy Wonka 11. Arthur Bach. 12. Ebenezer Scrooge. 13. Lara Croft. 14. Cruella De Vil. 15. Lucius Malfoy.
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jueves, diciembre 01, 2005
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Metalenguaje, humor y cine negro Shane Black propone un surreal juego de elementos de renovación ‘noir’ fusionado con irónico humor negro en una inteligente y fascinante película. El debut como director del guionista Shane Black era un evento esperado desde hace años, ya que fue él quien redefinió los cánones del género de acción licuado con el linaje policiaco como creador de clásicos modernos de finales de los 80 y principios de los 90 (históricamente maltratados por la crítica) como ‘Arma Letal’, ‘El último boy scout’ o ‘El último gran héroe’. De alguna forma, Black fue el precursor de una nueva estirpe de cine negro derivado en subgénero, denominado como ‘buddie movies’, ésas películas de compañeros de departamento obligados a trabajar juntos pese a sus abismales diferencias. Para ‘Kiss Kiss Bang Bang’, cinta de onomatopéyico título que también alude a la recopilación de artículos de Pauline Kael de 1968, Black despliega en su argumento un enloquecido homenaje a las tramas clásicas del cine negro, del ‘noir’ modernizado. Un condicional y estético en el que cabe el cine de acción ‘ochentero’ para formular una sarcástica visión creada en torno a un anfibológico cosmos que combina intriga, acción, humor y ‘thriller’ y que está adaptada –el propio Black- la novela de Brett Halliday ‘Bodies are where you find them’. Como apunte, Kael aludía con el título de su libro a una precisa aserción de la básica y estricta fascinación que proponen muchas veces las películas, al entretenimiento sin complicaciones, materia prima con la que Black dota a su filme desde el principio hasta el final.  ‘Kiss Kiss, Bang Bang’ es un apoteósico ejercicio de irreverente reciclaje, compilación de la tradición clásica de la novela y el cine negro de los años 40, como bien hicieran los Coen en su prodigiosa modernización en ‘El Gran Lebowski’, que introduce bajo su apariencia de comedia (en ése sentido, recuerda al clásico de culto ‘Las aventuras de Ford Fairlane’, de Renny Harlin) la efectiva y compleja fórmula de las obras literarias de detectives, adaptándolos a la familiar y artificial esfera del mundo cinematográfico hollywoodiense, en un sentido contextual. Es por eso que la metodología basada en dos variantes (una compleja, la otra trivial, ambas conectadas) seguida por los personajes, que siguen la metodología de un ficticio detective (Jonny Gossmer, referencia directa a Raymond Chandler o Dashiell Hammet) protagonista de unas novelas ‘pulp’ baratas, sea sólo el comienzo de lo que será una constante parodia inteligente de los preceptos del ‘noir’ clásico, que arranca directamente con la voz en off de un narrador que se equivoca o se salta segmentos del discurso que acomete. Un efecto al que no son ajenos la utilización de unos soberbios créditos a lo ‘Saul Bass’ ni la fragmentación episódica de la cinta, como si fuera precisamente una novela.  Que el héroe de la función sea un ladrón de poca monta que es confundido con un actor puesto al amparo de un detective homosexual para preparar un papel y que finja, además, ser un verdadero investigador privado, responde a una de las construcciones más originales expuestas en el último Hollywood para componer un protagonista con el que el espectador se identifica desde los primeros fotogramas. La pirueta guionística es sólo el comienzo de lo que será una indescifrable trama que gira en torno a dos cadáveres, una intriga que no huye a ningún tópico genérico; suicidios, mentiras, muertes, extrañas confidencias, torturas y el develamiento de secretos familiares ocultos en la historia. Por supuesto, tampoco falta la ‘femme fatal’ de enigmática moralidad, incierta fidelidad y nombre a la altura: Harmony Faith Lane. Black fagocita todos esos elementos y los distorsiona (y subvierte) por medio de un tamiz irónico en una constante ruptura de las formas cinematográficas, donde sus ambiguos personajes no viven ajenos al conflicto que propone el ‘cine dentro del cine’ de esta película. Dudoso juego entre la realidad y la ficción, pero absorbiendo las leyes propias del género de tal forma que el experimento termina por decantarse hacia una opción metalingüística, con un método tan habilidoso como divertido, haciendo que en ningún momento nada sea lo que parece y el protagonista se revele contra el destino nomotético de su rol. Un metalenguaje que contiene dentro sí una riqueza de posibilidades constructivas inagotables, que destroza en todo momento el carácter lógico y general de una trama policíaca como la que se lleva a cabo, dejando de lado las pesquisas de búsqueda típicas para jugar con el surrealismo irónico y la corrosiva causticidad de algunos momentos cómicos inolvidables (como aquél en que el protagonista orina encima de un cadáver sin darse cuenta o el momento ‘Lynch’ de la pérdida de uno de sus dedos).  ‘Kiss Kiss Bang Bang’ es un delirio cómico con momentos brillantes y excesivos. Una película macabra, original y divertida que desprende una inventiva no exenta de magnífico ritmo y progresión, de vitriólico humor (inolvidable su ‘happy ending’ mostrado con vergüenza y servidumbre al cine actual) y acción sin freno que fomenta su eficiencia con una buscada tonalidad fotográfica del cine de acción de los 80, gracias a la gran labor de Michael Barrett. Lo que queda fuera de toda duda es que la peculiar elegancia autoparódica del filme de Black no tendría su extraña autenticidad y apariencia sin ese actor en estado de gracia que es –y siempre ha sido- el gran Robert Downey Jr., al que dan réplica un recuperado Val Kilmer, derrochando carisma y humor con su caracterización de rudo detective ‘gay’ con principios y el gran descubrimiento de la bella Michelle Monaghan, gran baza femenina a la altura de una cinta que basa su éxito en la fascinación del material que emplea, en su desorden y en el desprejuicio con el que Shane Black estipula todos los mecanismos de una obra que, aunque sea una ópera prima, a buen seguro será de culto. Una obra inteligente que supone una lección de espectáculo irreprochablemente lapidaria. Miguel Á. Refoyo © 2005
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