jueves, 10 de noviembre de 2005

Review 'Broken Flowers'

El existencial viaje de un Don Juan caduco
Jim Jarmusch ofrece su mejor trabajo en años con una intimista introspección en la verdad de un aburrido y viejo seductor enfrentado a su pasado.
El cine de Jim Jarmusch, desasido pero a su vez dentro de la esencia independiente del cine contemporáneo, ha tenido siempre como finalidad (buscada o no) un discurso autorreflexivo y cogitabundo que se dilata más allá de la historia que esté contando. Jarmusch está acostumbrado a disertaciones aparentemente vaporosas, pero en realidad cargada de profusa mordacidad y austero sentido consecuente con sus historias. En ‘Broken Flowers’, el cineasta norteamericano se sumerge en un terreno que responde a sus expectativas fílmicas, ya que a pesar de tratarse comedia agridulce, es ideal para desplegar su característica estructura narrativa que procede de una elaboración estética reconocible y constante, apoyada en todo momento en un determinismo minimalista que utiliza, a su vez, los espacios, las miradas cruzadas y los largos silencios como contrafuerte medular de un filme que, más allá de su trama argumental, en este caso, se descubre como poético y amargo.
La desconcertante y seductora ‘Broken Flowers’ narra la vida de Don Johnston, un circunspecto mujeriego entrado ya en los cincuenta, propenso a la depresión y al estoicismo ante la vida y sus conflictos (su joven novia acaba de dejarle) que un buen día recibe una misteriosa misiva de color rosa sin remitente notificándole la existencia de un hijo desconocido concebido hace más de dos décadas. Debido a la persistente insistencia de un vecino aficionado a la resolución de casos criminales, Don es obligado a repasar su vida a través de su currículum sentimental, de las mujeres con las que compartió su vida casi veinte años atrás. Un reencuentro con el pasado formulado como sardónica visión de una temática cultural americana tan enraizada a la tradición cinéfila como es el género de ‘road movies’, un viaje de búsqueda (también iniciático, en un plano moral) que tiene como soterrado objetivo el hallazgo de la verdadera identidad existencial del sujeto que lo realiza.
Antes de encaminarse a la gran aventura de conocer la verdad sobre su posible hijo, empujado por su vecino y por las circunstancias, Don es un hombre que pulula por su casa en chándal, que ve películas antiguas hasta altas horas de la mañana y puede estar en silencio escuchando un réquiem de Gabriel Fauré mientras bebe una botella de champán, ensimismado en su propia apatía frente a la soltería y a la aversión que siente hacia el compromiso, percibiendo que su misantropía es lo que conoce como verdadero hogar. La perplejidad de la existencia es la clave que Jarmusch ofrece al espectador como punto de partida de una travesía nostálgica y agraviante por el pasado de un individuo al que le han colgado la etiqueta de Don Juan (muy enfatizada en su inicio) y que ha acabado por creérselo, pero que aún así permanece escéptico ante el devenir de los acontecimientos. Cansado de su vida y atormentado por la inconsistencia de sus amores pretéritos y actuales, aburrido por la rutina que le abate diariamente, decide emprender ese esperpéntico escrutinio a su pasado sentimental, esperando encontrar una respuesta al sentido de su vida. Para ello, Jarmusch no traiciona sus hábitos fílmicos, dotando a la imagen de un mutismo que prepondera por encima de lo que se está contando, conformando la acción de esta deliciosa película en sutiles planos que realzan la contemplación de cada viaje (gravitando sobre las notas de una portentosa selección de canciones), deteniéndose en las seductoras mujeres que quisieron en algún momento de su vida al protagonista, respondiendo o eludiendo la recurrente cuestión capital de la cinta, aceptando un ramo de flores y reviviendo todas ellas, por instantes, el amor transformado en recuerdo, lástima u odio que sintieron o sienten por Don.
La gran baza de ‘Broken Flowers’, en su ilusoria trama detectivesca, es que no se aportan indicios o pistas que lleven una verdad que incluso puede ser incierta, ni subrepticias explicaciones que aporten la certeza al espectador de que lo que contiene esa carta rosa es cierto. Jarmusch prefiere reconstruir el largo trayecto de Don como una silenciosa travesía hacia su devenir, a la aceptación de su fracaso como persona, de la negligencia vital que ha perpetuado a lo largo de veinte de años reflejada, de diversas formas, en esas flores rotas que simbolizan las mujeres que ha ido dejando y a la semilla perdida que supuestamente dejó diseminada en alguna de ellas. Un efecto que derivará en melancolía, devenida en añoranza, cuando Don visite a una amante ya fallecida que, sin ningún tipo de prosopopeya, deja ver que era a la mujer que más amó (justo después de visitar a la única que le guarda rencor) o, tal vez, en el momento en que asume que su vida no ha sido más que un espejismo de lo que el consideró como ideal, elevado a eterno amante, como el Don Juan incapaz de reconocerse en una madurez aburrida y cotidiana. Es entonces cuando Jarmusch identifica a su personaje con el desengaño de reconocer que todas esas mujeres significaron bien poco para su protagonista y que éstas, en cierto modo, también viven engañadas en esa misma espiral de ostracismo.
Para que todo esto resulte eficaz, no sólo basta con el virtuosismo de su director para dotar de credibilidad un guión que, en su estructura, es bastante sucinto y sobrio, sino que Jarmusch halla en sus intérpretes el elucidario para que todo funcione a la perfección en su intimista visión de la madurez, empezando por un Bill Murray (que aunque recuerde a su Bob Harris de ‘Lost in Translation’) esconde bajo ese hieratismo y gravedad de todo, una imperceptible expresividad que palpita vehemencia emocional, con un dominio del gesto adusto, aparentemente perdido, para obtener un hilarante resultado de regusto melancólico, así como el elogio colectivo que merecen las cuatro flores rotas: Sharon Stone, Frances Conroy, Jessica Lange y Tilda Swinton, que hacen de sus breves apariciones excelentes composiciones interpretativas.
‘Broken Flowers’ es, en consecuencia, una hermosa fábula de un antihéroe que recibe el triste encontronazo con el abatimiento que provoca la incertidumbre y la soledad que acarrea la madurez en un final dotado de filosofía existencial nada gratuita y sí muy reflexiva, donde Don se ampara en la posibilidad de una verdad que ya no existe, en un fantasma sin rostro que puede ser cualquier joven que transite por su perdido pueblo, a un muchacho que tal vez busque un padre que podría ser él mismo, que Jarmusch dibuja en un travelling circular de poderoso sentido cinematográfico. Una historia suficientemente escéptica como para aguantar con lucidez y perplejidad ese desarreglo emocional al que somete al espectador el mejor Jarmusch de los últimos años.
Miguel Á. Refoyo © 2005