lunes, 17 de octubre de 2005

Sitges desde el Abismo (y VI)

Antes de irme de Sitges os contaba la posibilidad de una anunciada catástrofe vista de cerca, desalentado por el hecho de transigir malos títulos y mediocridad fílmica todo el festival y a sólo tres de días de su finalización saber que lo mejor empezaba a germinar en esta extraña 38ª edición del certamen de corte fantástico.
Las dos últimas películas a concurso que pude ver, dejaron la impronta de calidad que había faltado en los días anteriores. A pesar de que no se ha visto ni un ápice de la ansiada tendencia de las anteriores ediciones hacia la regeneración o la búsqueda de piezas de afinidad más adecuadas a las pretensiones de calidad de este evento, cierto es que no todo iba a ser malo (que no lo estaba siendo, eso sí, no había fascinación y sí mucho bostezo). Dos han sido las piezas que en mi último día me llamaron una atención distraída por la peyorativa rutina en que se estaba convirtiendo el festival.
La primera ‘Bittersweet life’, de Kim Jee-woon, poética cinta de corte dramático en la que el bucólico proceder del director potencia una hermosa historia de amor platónico y cruel venganza, la que narra cómo Sun-woo (excepcional el actor Lee Byeong-heon) actúa como mano derecha del mafioso local Kang, el cual ordena su ejecución cuando se entera de que su pupilo ha perdonado la vida del amante de su nueva concubina. Estamos ante un ejercicio de estilo apabullante, de exhibición formal llevada al límite, que se traduce en una oleada de resonancias dramáticas confeccionadas con una frialdad polar que recuerda en su inclinación temática al cine negro europeo, de exquisita negritud de fondo. La venganza de Sun-woo fundamenta su eficacia en la explicitud de su construcción, con un diseño de sonido absolutamente memorable (nunca había escuchado unos tiros tan bien definidos) y una disposición narrativa que gravita entre el preciosismo lírico (y un tanto edulcorado) del romanticismo que late bajo su subtexto y esa ferocidad sangrienta de la vendetta a la que asistimos. Gran película, la de Jee-woon.
Pero si ha habido una cinta que haya llamado la atención hasta el momento en Sitges (seguro que hoy hay otra que la ha superado –y me la he perdido-), ha sido ‘Hard Candy’, del menudo (hay que ver lo bajito que es) David Slade. La historia empieza de la siguiente manera: hay una conversación por internet, dos personas quedan para tomar un café. Él es un fotógrafo de 32 años. Ella, una adolescente de 14 que parece mucho más madura que las chicas de su edad. Ambos acaban en casa de él, en un extraño e incómodo juego de seducción que plantea por dónde va a ir la cinta. Pero ahí es donde comienza el fascinante y opresivo ‘thriller’ psicológico, el juego cruel y despiadado de una película asfixiante y resuelta con una solvencia impecable. Destaca asimismo la virtuosa utilización del espacio (apenas dos habitaciones) y un sentido del ritmo escénico portentoso, pero donde todo el conjunto está construido a través de dos interpretaciones, dos personajes que tienen los rostros de los extraodinarios Patrick Wilson y la jovencísima Ellen Page, lo mejor de la función y del festival (ambos deberían ganar el premio en este apartado). Interpretaciones acojonantes que levantaron la ovación de un público entregado al ardid psicológico, a la tensión, a gran montaje que hace que una cinta de casi dos horas sostenida tan sólo en dos personajes lleve al público por diversas emociones encontradas en esta fábula sobre la mentira, el castigo, la venganza y la culpa. Una de las mejores películas que se van a ver en Sitges.
La última película que vi fue 'Tiburón', entre la nostalgia más entusiasta y la emoción del esperado reencuentro que me llevó después de muchos años a la población costera de Amity Island, a compartir de nuevo un par de horas de mi vida con Brody, Hooper y el carismático Quint. Poco voy a descubrir de uno de los mayores clásicos del cine moderno, de su intensidad sin edad, con ese regusto de inmortalidad que distingue a las películas elegidas para permanecer constantes en la memoria colectiva, incluso hablando de cosas tan actuales como la conflagración que se da entre los intereses económicos de los más poderosos y el sentido del deber de los pocos héroes que quedan en la sociedad. No voy a reiterar mi admiración por Steven Spielberg, por el sublime desarrollo narrativo, con la probidad caligráfica con la que el Rey Midas compuso un relato donde sobresale la sensación ambiental y contextual que tienen su apoteosis todas las impresionantes secuencias de la cacería del escualo. Tampoco contaré que casi se me saltan las lágrimas escuchando los acordes de John Williams, ni que aplaudí con fervor el homenaje que se le rindió en el Auditori a Peter Benchley y a Joe Alves. Sólo voy a escribir que fue una noche de recuerdos inolvidables.
Y así acabó Sitges para mí.
Me encrespa haber abandonado antes de tiempo esta población del Garraf que amo y odio a partes iguales, de no poder haber concluido estas crónicas que, si soy sincero, ni yo mismo esperaba recrear con tanta asiduidad y detallismo. Me jode no haber descubierto por mí mismo que ‘El exorcismo de Emily Rose’ no es más que un bulo comercial que utiliza una sola palabra como reclamo publicitario, que ‘A history of a Violence’ es de los mejores trabajos no sólo de Cronenberg, sino una de las películas de 2005, que ‘Oculto’ o ‘The Dark’ tal vez hayan dado una agradable sorpresa, que no haya visto apenas nada de las secciones de Orient Express, que no me haya pasado por el ciclo de Johnnie To ni asistiera a la clase magistral de Carles Grangel. Han quedado cosas en el tintero. Y me desuela esta no consumación festivalera. Pero así es la vida.
Me quedo, sin embargo, con recuerdos y sensaciones de una edición que, bastante indolente en su capacidad de sorpresa, sí me ha devuelto la oportunidad de volver a un festival que con sus películas tal vez no haya subyugado esta vez a través de su lenguaje algún atisbo de tensión evolutiva, huérfano de índole fantástico o algún tipo de emblema artístico indagador del arcaísmo o de los nuevos tiempos, pero que sigue en su empeño de mitigar cualquier efecto de las nuevas tendencias audiovisuales con un festival distinto. Para bien y para mal.
LO PEOR:
.- La zona de prensa: con el desprecio de los responsables de esta sección hacia los periodistas no reconocidos en el mundo cinematográfico. Son clasistas, engreídos y bastante cutres con este apartado (tan importante para su imagen exterior). Una lástima.
.- La desorganización: bochoronosa y ridícula en un festival con aspiraciones internacionales como es este (vaya colas). Al cuarto día, se dieron cuenta de que el Auditori podía acoger tanto a público, como a invitados y periodistas. Muy triste que fuera tan tarde.
.- La calidad de las películas: la calidad no quiso adherirse a las buenas intenciones de la propuesta.
.- El calvo que me quitó el sitio privilegiado en la rueda de prensa de Tarantino. Llegué y ya estaba sentado en mi sitio con la mochila. No quise montar una escena porque Quentin ya había llegado.
.- El traductor del festival: un fulano que, depués de ir de colega con Tarantino y Eli Roth, suelta frases como “Me vais a perdonar que traduzca esto porque es muy bueno”. Vamos a ver, soplapollas, te pagan por traducirlo todo. No para que nos avances si lo que viene a continuación es gracioso o no.
.- La lluvia en tromba (inevitable).
.- El concepto que tienen en determinados lugares de Sitges que tienen del concepto “Bocadillo de calamares”.
LO MEJOR:
.- Ella, Myrian.
.- Poder estrechar la mano y mantener conversaciones varias con Spaulding y Absense (con el que también comimos un día).
.- Lo relajantes que son los sillones del salón del Melià Hotel de Sitges para esperar en los tiempos muertos.
.- La mítica y erudita manducatoria compartiendo mantel y charlas existenciales y cinematográficas con Álex de la Iglesia, Koldo Serra, Borja Crespo, Adrián Guerra y Xavier Daura.
.- La cordialidad y buen ambiente que se respira en el festival. Los villanos de prensa y de la organización nada tienen que ver con la buena atmósfera de cine que respira en el certamen.
.- La asequible cerveza de un ‘Espar’ cerca del hotel. Cuatro latas de medio litro de cerveza equivalía en precio a lo que costaba un quinto del mini-bar del hotel.
.- Tarantino, rehusando lujos, y paseando por el pueblo y emborrachándose en bares cutres de Sitges, aquellos que frecuentó cuando estrenó aquí ‘Reservoir Dogs’, hace ya trece años.
.-La visita de Paco Cavero exclusivamente a pasar el día con nosotros.
.- La insólita sensación de expectación que provocó en mí el pase en cine de ‘Jaws’, de Spielberg, veintiséis años después de la primera vez que la vi, treinta desde su estreno.