viernes, 14 de octubre de 2005

Sitges desde el Abismo (V)

A mí lado hay un individuo de lo más singular. Fuma compulsivamente, teclea con asombrosa rapidez el teclado, es bastante caricaturesco y cada vez que concluye un párrafo, hace rudos ademanes con los brazos, hacia arriba, intentando dominar esta extraño acto reflejo, pero sin poder. Se trata de un escandaloso tic, como si se alegrara. Sé que puede sonar perverso, pero es divertido. Es parte de la fauna de Sitges. A su lado estoy yo, para qué hablar de faunas. Es una simple anécdota.
En cuanto al festival, esto no hay quien lo levante. O justo cuando me voy empieza el festín de calidad cinematográfica o no lo entiendo. Por supuesto ‘Corpse Bride’, de Tim Burton no ha decepcionado. Es una obra de sólida composición estética, que sigue ese vademécum visual idiosincrático de un Burton que se ha limitado a colocar su nombre como director, porque esta película está dirigida por un equipo colectivo. Y eso es algo que se nota. La fábula romántica opera con magia y con habilidad, en una historia con atisbos expresionistas y la impronta de la influencia de ese Edward Gorey siempre candente en la filmografía de Burton. Los números musicales con canciones de Danny Elfman también recrean el fantástico mundo de lobreguez y sortilegio de un autor con un gran problema de autoreferencia enlodado en su conjunto por la ausencia del excentricismo de exteriores, parcos y tristes, en el que se echan de menos esos castillos góticos o espacios nigrománticos surgidos de la imaginación de Burton.
Es imposible ver ‘Bride Corpse’ sin evocar a ‘Pesadilla antes de Navidad’, no porque se trate del mismo director, sino porque todo parece un premeditado duplicado en la hermosa historia, con fondo almibarado y donde los personajes siguen siendo los mismos, ‘outsiders’excluidos de la sociedad, en este caso por ser cadáveres. Pese a este escollo, ‘Corpse Bride’, ha respondido a las esperanzas puestas en la nueva obra de animación de un Burton que empieza a autohomenajearse resultando algo monótono, sin embargo, logrando una obra de maravillosa morbidez en un cuento que, visto lo visto, es de lo mejor que se ha visto en esta apática 38ª edición de Sitges.
‘Voice’, de Equan Choe, es una olvidable cinta con trasfondo nostálgico, oscuridad visual y claustrófobico entorno confinado en un instituto donde los muertos hablan con los vivos, los recuerdos se pierden con el susurro que se va apagando con el olvido del espíritu asesino. Así se podría definir de forma poética esta película tan pretenciosa y decepcionante como ‘Lemming’, de Dominik Moll, una espiral de despropósitos que comienza cuando este animal procedente de Escandinavia aparece en la vida de un matrimonio casi beatífico para comenzar con un incomprensible maleficio germinado en la aparición del jefe del protagonista y la perturbada mujer de éste. Eso sí, con Laurent Lucas, Charlotte Gainsbourg, Charlotte Rampling y André Dussollier, espectacular elenco del cine galo, ofreciendo lo mejor de si mismos.
Lo que no tiene nombre, ni calificativos negativos, un auténtico ultraje a la inteligencia del espectador es ‘La monja’, de Luis de la Madrid, último improperio producido por el dúo Brian Yuzna y Julio Fernández. Una tomadura de pelo en toda regla. Un guión de necedad insultante de pertinaces oquedades y paridas varias, saturado de gilipolleces, con progreso narrativo inexistente que hacen de este vejatorio filme el mayor despropósito de este festival. Es imposible imaginar a alguien escribiendo un guión de semejante incoherencia, presentándolo y, no sólo eso, sino producido y distribuido. Vergonzoso (como ejemplo, advertiros que en una película de terror todo el mundo lleva en su bolso un arpón). La teoría del ‘todovalismo’ elevada a la máxima potencia. En serio, pocas veces me he sentido tan despreciado por un director. Para colmo, los intérpretes, en parte considerados prestigiosos (caso de Natalia Dicenta, por poner un caso), están espantosos. Empezando por la guapa de turno que nos somete a su actoral tortura siendo la protagonista total, Anita Briem, una actriz de imborrable gesto hierático que acaba desconcertando. Qué delirio. Qué desastroso.
En cualquier caso, parece que todos los males se subsanarán esta noche con el pase de ‘Tiburón’.
Yo, por mi parte, dejo mañana este pueblo vestido de cine fantástico con la sensación de que me voy a perder lo mejor, pero con la esperanza de que no sea así, pues ya sería mala suerte. En cualquier caso, el domingo (mañana estaré de viaje de vuelta) cerraré este periplo de Sitges con mi crónica final con impresiones y anécdotas curiosos que hayan acaecido por estos lares.