jueves, 13 de octubre de 2005

Sitges desde el Abismo (IV)

No os hagáis ningún tipo de ilusión. Sitges este año está muy flojo. Se murmura sobre ello, se gruñe en silencio, en las mesas donde comemos, en los círculos profesionales, entre la prensa, en el wáter cuando se hace aguas menores. Hasta la efigie con forma de escualo de Spielberg bosteza a ratos (una pena que no sea real y se meriende a algún responsable de la sección de prensa). Está flojo. No está cumpliendo las expectativas, pero aún así uno no pierde la poca ilusión que queda. Es una pena que tenga que regresar el sábado, porque no sé porqué intuyo que lo mejor está por llegar.
El resumen del día. En altas dosis de infausto regusto, de escasez de magia, de falta de esplendor. En una palabra: mal.
La tarde nos dejó ‘Somne’, de Isidro Ortiz, una película con la que no quiero encarnizarme por la sencilla razón de que el guión pertenece a uno de mis mejores amigos. Sólo puedo decir que es un filme tramposo, desarrollado en función de una sorpresa final que privada de todo dinamismo y que se pierde en la desidia debido a las interpretaciones más pavorosamente ignominiosas de la historia del cine español. Goya Toledo parece actuar en un constante anuncio de detergentes, torpe en sus alocuciones, incapaz y nula, dejando claro que ha realizado una de las peores actuaciones vista en los últimos años.
Para no ser menos, Óscar Janeada perpetra su inútil talento con una retahíla de dejes de baja estofa absurda, de macarra poco convincente, casi risible. Una irrisoria labor a la que no es ajeno Nancho Novo. Más allá de todo lo negativo que se puede decir de ‘Somne’ (ofensiva por momentos), la verdad es que lo peor es que la película parece un concurso en el que gana el que peor actúa. Y todo salen victoriosos ex aequo. Una pena porque, en el fondo, el propósito de este ineficaz ‘thriller’ era aportar algo diferente; un ‘thriller’ a la española cuyo resultado es erróneo, poco menos que improcedente.
Por otra parte, la presencia de Quentin Tarantino despertó la curiosidad y la exaltación del fenómeno ‘fan-freak’ entre todos los presentes (incluyéndome a mí, que me acerqué a observar de cerca al creador más aclamado del cine contemporáneo). Asistió por tercera vez al festival. Todo el mundo le quiere, le jadeó, el aduló, le vitoreó y éste, además de aspavientos con su jeta de enloquecido freak disfrutando del momento compartió su momento de gloria con el director Eli Roth (director de 'Cabin Fever') y el especialista de ‘make up’ Greg Nicotero, a los que se unió la sugerente Barbara Nedeljakova para dar paso a ‘Hostel’, un desparrame ‘gore’ alentado por un público entregado a la figura de Tarantino, pero sin pararse a pensar que lo que estaba viendo era auténtica inmundicia cinematográfica...
(Hay dos periodistas muy mal educados detrás de mí, que me están levantado dolor de cabeza y tengo que tomarme un respiro y echar una mirada asesina. Aquí es lo normal debido los berridos que hay en este espacio al que, ridículamente, se da en llamar Sala de Prensa).
...Sigo...
Decía que no, que la película de Roth se sustenta en dos partes delimitadas en instintos primarios del género: ración de tetas y algo de sexo y mucha violencia. Puede parecer divertido, pero exceptuando un par de ‘gags’ en la frenética historia de tres adolescentes en su periplo de aspiraciones sexuales en Eslovaquia que viven una pesadilla de lo más sangrientos. Pretendidamente gamberra, con aspiraciones de incorrección política y un halo de inmoralidad que sin embargo esconden un exangüe guión aburrido y reiterativo con un consejo para los yanquis: viajar por Europa para follar y beber, en la actualidad, es un peligro.
Por último (y por destacar lo “importante”) ‘Flightplan’, de Robert Schwentke, es una película comercial al uso que narra la desventura de Kyle Pratt, una aguerrida ingeniera que se enfrenta a su peor pesadilla cuando su hija de seis años, Julia, desaparece sin dejar rastro durante un vuelo entre Berlín y Nueva York. Desde ese momento, ni siquiera los personajes se creen lo que va desfilando por un guión vacío que aspira a mantener en tensión al espectador. Consiguiéndolo hasta el la hora y ocho minutos cuando, agotados todos los recursos del género y del avión de lujo, se desvelan las cartas y todo se va desinflando, decayendo letárgicamente. Sólo destaca una Jodie Foster que vuelve a poner de manifiesto que es una de las mejores actrices de la historia del cine moderno con un papel en apariencia desvanecido de trascendencia al que la actriz logra dotar de unos matices que lo transforman en el recital de la película.
Mañana, ‘La novia cadáver’, de Tim Burton y ‘Tiburón’, de Spielberg. Al menos sé a ciencia cierta que veré una obra maestra.