miércoles, 12 de octubre de 2005

Sitges desde el Abismo (III)

Al grano, amigos. Y si hay faltas de ortografía es porque he escrito como el Señor Lobo de ‘Pulp Fiction’. Es decir, a toda hostia.
De ‘Sympathy for Lady Venganze’, el último y esperado trabajo de Park Chan-Wook y que cierra la trilogía sobre la venganza, se pueden decir muchas cosas; la primera, que está a la altura de sus antecesoras ‘Sympathy for Mr. Venganze’ y ‘Oldboy’ en su exposición de un desagravio planeado con animosidad y probidad, la venganza de una mujer que expía sus pecados en la cárcel para salir con un solo objeto en mente: vengarse del hombre que la separó de su hija y hacerle pagar por todos aquellos años que ha pasado encerrada por un crimen silenciado por un interés mucho más importante que su propia libertad. Chan-Wook no renuncia a su aguardado lirismo, ni a ese perfecto manejo musical armonizado con sus duras imágenes (aquí mucho más emocionales que explícitamente violentas), pero sin deponer su impetuoso discurso sobre las justificables motivos que devienen inhumanos debido a un resentimiento irrefrenable, al castigo imputado en cualquier venganza que se precie. Sobria, de hermosa belleza estética y con un desarrollo que va estableciendo una espiral sinfónica convenida como una triste tragedia maternofilial, ‘Sympathy for Lady Venganze’ es el testimonio demostrativo de que Chan-Wook es un experto en la indagación que provocan el perversión retorcida de los conflictos morales sobre la conciencia del pecado y la reivindicación de la humanidad perdida.
Al contrario que en ‘OldBoy’ o en ‘Sympathy for Mr. Venganze’, no se trata de otra consumación de la venganza, frugal, meditada e identificativa en su crudeza y pragmatismo, ésa parte de expiación de la culpa se materializa aquí por medio del castigo menos perverso pero más impactante, fundamentado en su sustitución del egoísmo individual provocado por la satisfacción resentida por un repartimiento colectivo que, a priori, es el eje sobre moral sobre el que se sustenta esta fantástica cinta que yerra en la prolongación innecesaria de la película, ataviando la expiación redentora con un erróneo efluvio onírico y fabulesco, narrando el cierre como un cuento sentencioso y estético.
Asistimos a la estratosférica y calamitosa feria de inopias infantiles de corte fantástico y baladí de Ta de proporciones de Takashi Miike, ‘The Great Yokai War’, que fue muy bien recibida por los múltiples ‘fan-freaks’ seguidores del cineasta oriental, y tomada a guasa por los restantes asistentes a este lisérgico viaje de Tadashi, un niño retraído que, a través de una soporífera aventura, contará con la ayuda de toda una retahíla de espantajos procedentes del folclore nipón representados aquí en un ridículo festival de máscaras de carnaval, homenajes alegóricos, al cine occidental de los 80, al cómic, a la era ‘Digimon’, a Pikachu, a los Transformers, al manga... Todo, con un excéntrico sentido del humor cochambroso que parece sacado de una noche de alcohol, alcaloides y cocaína en ingentes cantidades que de un guión convencional. Una película que se mueve entre la fascinación por lo exótico de esta nimiedad infantiloide y lo insufrible del experimento. En definitiva, y para que nos entendamos: una gilipollez como la copa de un pino que ni siquiera evita del desastre la actriz Chiaki Kuriyama (la Go Go Yubari de ‘Kill Bill vol. 1’), en un rol torpe y sin fundamento. Una oda al poder las judías, queridos niños.
Por lo demás, dos piezas que me han entumecido hasta ese sueñecito que te traspone en brazos de Morfeo; la taiwanesa 'El sabor de la sandía (The Wayward Cloud)', de Tsai Ming-liang, película infame donde el agua, el sexo, la vida y demás es sustituida por el sabor dulzón de la sandía (tampoco puedo contar más porque me salí en su mal coreografiado número musical) y adptación de la novela ‘La tempestad’, obra subvencionada hace tiempo a De Prada por la Universidad de Salamanca –el escritor iba y volvía a Vanecia con dinero universitario- que no logra encauzar en algo interesante Tim Disney con esta historia de ladrones de arte que negocian en la sombra del mundo de las falsificaciones de arte. Un fláccido telefilme de sobremesa que cuenta, además, con la espeluznante interpretación de Natalia Verbeke (que actúa peor en inglés que la propia Elena Anaya en ‘Frágiles’).
Por cierto, Tarantino está aquí.
Mañana os cuento.