lunes, 10 de octubre de 2005

Sitges desde el Abismo (I)

Pues como he comentado esta mañana, la cosa empezó de la siguiente manera: dos acreditaciones para un medio, una entrada por medio para casi todas las sesiones. Hasta ahí, dentro de la usura encubierta en comerciales atenciones de este certamen, es lógico. Todos los que hemos venido aquí alguna vez, conocemos la actitud petulante y despectiva hacia los medios y acreditados que no son “importantes”. Lo que ya no es tan explicable es la arrogancia que se respira en un desorganizado ‘set’ de prensa que cuenta con cinco ordenadores (el primer día sin sillas), un caos en el reparto de entradas y, sobre todo, una anarquía digna de un festival de tercera. Pero es lo que hay. Nada nos sorprende. El festival funciona bien para el público, que es lo importante. Punto y final. Resignación y no quejarse, porque al menos vemos cine por la filosa. De todos modos, la superabundancia y raudal de cine hace que uno no se pueda organizar para asistir a tanto cine, un poco como lo que les pasa a los organizadores.
En otro orden de cosas, ya metidos en pleno festival hasta el momento no he podido ver más que tres cintas esta mañana. Hemos empezado pronto, con un sofocante calor que aquí perciben como frigidez ambiental. Cosas de la geografía. Casi cuando los gallos se ponen los calzoncillos, hemos asistido a ‘Devil’s Rejected’, de Rob Zombie, presentada como una especie de secuela de ‘La casa de los 1.000 cadáveres’, prolongación de las andanzas de la siniestra familia del ‘psycho-clown’ Spaulding (nada que ver con nuestro Spaulding –un derroche de simpatía habiéndole conocido personalmente, también al gran Absense, simplemente excepcional ser humano-), esta vez con algunos de los miembros supervivientes, Baby y Otis, el hermano subnormal y la madre que los parió a todos. La cinta de Zombie cierto que es excesiva, que ofrece momentos de sadismo en una suerte de reconversión maniquea de posturas encontradas en el género (los buenos son aquí los asesinos sin piedad –personificados todos en el sheriff Wydell- y los malos se descubren de la misma manera en que lo hicieran los ‘Bonnie & Clyde’, de Arthur Penn.
Lo cierto es que pese a no dejar indiferente a nadie, el discurso de maldad sangrienta de este rockero metido a cineasta se acaba en seguida. Con largas pausas y vacíos en los que todo es previsible y desvaría sin freno (a algunos les hará gracia, a mí no), la acción no parece arrancar nunca, Zombie parece más preocupado de enfocar bien el culo de su señora (la incapaz actriz Sherri Moon Zombie) y en buscar planos sofisticados de grúa que en contar una historia que se agota a pesar de su más que interesante subtexto. Uno sale con la sensación de haber asistido a un “quiero y no puedo”, pero lo que sí hay que agradecer a Zombie es el insolente ímpetu degenerado y pérfido con que se recrea en el ferocidad de sus asesinatos, de su bien llevada atmósfera de demencia criminal y de una resolución cismática en la que el género es recompuesto por su director.
Por otra parte, ‘Mirrormask’ no es más que una confitada visión del estético mundo de Dave McKean, como si sus personales ilustraciones adquirieran un inusitado movimiento en una historia de viaje iniciático y onírico de una niña hacia su madurez cuando debe enfrentarse a la enfermedad de su madre. Un icónico universo de color y luz, que no pierde esa visión conceptual que combina de manera excelsa la fotografía, el dibujo y sus célebres 'collages', un brebaje visual enaltecido con un tratamiento digital que representa a la perfección el cosmos cromático del artista multimedia. Dulcificado por la fábula lírica y pretenciosamente existencial de una historia de Neil Gaiman y un acabado artístico único hacen de ‘Mirrormask’ una interesantísima propuesta.
Por último, hemos visto ‘Trouble’, una coproducción franco-belga de Harry Cleven, que actúa en un plano psíquico como terrorífico documento sobre los hermanos gemelos, llevando hasta el extremo un trauma que reaparece en forma de pesadilla consanguínea de proporciones psicológicas algo presuntuosas, pero que logra enganchar al espectador gracias al gran trabajo reconstructivo interpretativo con el gran Benoît Magimel compartiendo pantalla consigo mismo.
De momento, esto es todo. Seguiremos al pie del cañón, si es que nos dejan y no siguen otorgando privilegios y regalías distintivas, ilógicas en un certamen que ambicionando ser (y siendo, porqué no) uno de los más importantes del mundo carece de una humildad y organización interna que, a veces, brilla por su ausencia. Y esto, lamentablemente, le resta muchos puntos. Pero bueno, que a disfrutar hemos venido. Y eso vamos a hacer. En ello estamos.