martes, 18 de octubre de 2005

Nostalgia ochentera (Juegos Míticos)

Cuando la nostalgia hostiga con su inexorable amonestación del paso del tiempo, me recuerda la mejor época de mi vida. Un tiempo de dos dígitos que aparecen remarcados en mi memoria: 80, la mítica y dorada década que marcó a una generación de ‘freaks’ que añoramos aquellos convulsos días con los que España cambió hacia un rumbo que todos creíamos renovador y moderno.
Más allá de mis recuerdos, de la primera vez que le vi las bragas a una chica, de los juegos e historias con mis Madelman, de los bocadillos de Nocilla mientras veía ‘Barrio Sésamo’, ‘Un mudo para ellos’, ‘La Isla de la Fantasia’, ‘Mork y Mindy’, de mis primeros arrebatos periodísticos promovidos por mi fascinación por ‘Lou Grant’, de los cómics de la Marvel, de Tintín del ‘Durango’ de Yves Swolfs, de todas las películas de Amblin, del cine que me ha formado como persona, de Alaska y ‘La bola de Cristal’, de Iron Maiden, de Obus y Barón Rojo, del asesinato de John Lennon, de Narajanjito y el mundial de España 82, del ‘Back in back’, de AC-DC, de tantas y tantas cosas que irán saliendo aquí en este nostálgico Abismo. Más allá de todo esto, se inmortalizan aquellos incipientes recuerdos de los espacios de ocio consagrados a los juegos que iban saliendo como revolucionario pasatiempo novedoso.
Se trataba de los primeros videojuegos, la prehistoria de la modernidad tecnológica del ocio. Aún no sabíamos qué era eso de la pluralidad de los sistemas de reproducción audiovisual, la multiplicidad de acción, el arcade en primera persona, el 3D. Casi no había interactividad. Hemos evolucionado y estamos en plena fase de aprendizaje para lo que nos viene. Pero siempre hay hueco para el recuerdo entristecido de aquello que consideramos un buen día la gran novedad.
Esta tarde la he perdido jugando al Pac-Man, al Space Invaders, al Don Key Kong, e incluso al arcaico ping-pong absurdo que da pena ver hasta qué punto llegaba lo labriego del juego. Incluso he vuelto a desafiar a Simon, después de décadas apartado de mi vida.
Los 80, en definitiva, me marcaron para siempre. Aquí está la efímera puerta al pasado.