sábado, 1 de octubre de 2005

La cuarta de '24'

AVISO: Si aún no has visto la cuarta temporada de ‘24’ y tienes intención de hacerlo, no leas este post. Incluye varios ‘spoilers’ de la trama y desarrollo.
Adrenalina en estado puro
La cuarta temporada de '24', pese a su mínima irregularidad, ha respondido a todas las expectativas puestas en la mejor serie catódica actual
He tardado bastante en acabar de ver la cuarta temporada de ‘24’, la serie de culto generadora de mis mejores momentos catódicos de los últimos años. Pero ha valido la pena. La demora es fruto de la falta de tiempo y de alguna argucia de Antena 3 en la emisión de la serie (como emitir tres capítulos sin avisar). Ha sido una temporada, sin lugar a dudas, irregular, pero sin perder de ninguno de los puntos clave que han hecho de ‘24’, posiblemente, la mejor serie de la televisión actual: acción, ritmo frenético, amenazas terroristas, violencia, imprevistos giros de guión, recuperación de agentes y villanos de temporadas anteriores y un inagotable factor de adicción, de necesidad. Un anagrama llevado al éxito sin concesiones a la simplicidad. Cuando uno empieza a “meterse” ‘24’ inoculada a través de la vista, se engancha sin paliativos, con todos los sentidos.
La cuarta temporada nos presenta a Jack Bauer apartado de su trabajo como agente de campo para la UAT, alejado de su antiguo empleo trabajando el Ministerio de Defensa de los USA a las órdenes del James Heller. Un atentado a un tren tras la cual hay una célula terrorista islámica infiltrada en el país y el secuestro de Heller y su hija (con la que Jack mantiene un idilio) reincorporan a Bauer a la UAT en una misión que es, como no podía ser de otro modo, la punta de un iceberg en forma de maquiavélico plan que pondrá en peligro al país de los sueños.
A pesar de tener momentos de negligente descuidada incuria, derivada de algunas de las subtramas (la hija esquizofrénica de Erin Driscoll –la nueva directora de la UAT-, la muerte de la madre de Edgar Stiles, momentos sentimentales de Jack y Audrey Heller, la acción romántica entre dos personajes como Tony Almeida y Michelle Dressler…), y una evidente reiteración estructural análoga a la de la tercera temporada, sobre todo en lo que se refiere a mantener la tensión con recursos de distracción que hacen avanzar la historia por los cauces previstos para conservar el nivel de acción, la cuarta temporada de ‘24’ responde a las expectativas por su escrupulosidad y probidad con lo que se espera, en ese mecanismo de relojería de calculada precisión, donde sus elementos, aquellos que devienen en giros de guión más o menos creíbles de la historia, imponen un ritmo que dejan al espectador ansioso de más. Algo habitual en las tres anteriores temporadas de la serie.
Asimismo sigue existiendo un trasfondo de tintes trágicos ocultos bajo un dinamismo homérico, planteado en cada temporada como un minucioso dispositivo del titánico engranaje argumental que pone a prueba al espectador, pulsando sus narrativa y diligencia imprevisibles de forma coherente, sin privar en ningún minuto de la idiosincrasia característica de esta magistral serie.
Desde el primer episodio de la temporada se deja bien claro que no habrá tregua. Arranca de forma impecable, con Jack disparando a un terrorista sabedor de que el atentado contra el tren es una mera excusa para desviar la atención de la UAT. Ése carácter violento de Bauer es acentuado aquí hasta el paroxismo, revocando cualquier acción atroz que pudiera cometer el personaje interpretado con brillantez por Kiefer Sutherland (como, por ejemplo, ejecutar a su superior Ryan Chapelle en la tercera temporada como parte de un trato). Bauer actúa por instinto, con una desmedida furia que, en vez de granjearse la antipatía del espectador, ha despertado una mayor admiración del heroísmo iracundo y encolerizado de este agente antiterrorista. Nunca antes habíamos visto tantos interrogatorios con torturas, impetuosa intimidación y ensañamiento en las anteriores temporadas (la secuencia de Bauer apuntando al médico que operaba a Paul Raines para que atendiera antes a un testigo, dejando morir al hombre que le ha salvado la vida es salvaje y admirable).
También se ha incrementado el virtuosismo de la puesta en escena, del montaje, aparte de subrayar el carácter frenético de sus movimientos argumentales, recalcando la importancia del tiempo en esta serie laberíntica, de apariencias (más que nunca), que van confluyendo en un final que por esperado no deja de ser menos sorpresivo que sus antecesores.
En esta cuarta temporada, además, hay dos elementos clave que han lucido por encima de sus antecesoras; por un lado, el elegante carisma de Habib Marwan, un villano intimidatorio, de un fanático islamista con fervientes deseos de atentar en masa contra Estados Unidos, siguiendo una línea logística impecable y llevando su ideología hasta sus últimas consecuencias. Nunca antes un malo había tenido tanto atractivo y empaque como el personaje al que ha dado vida el imponente Arnold Vosloo. Y, por otra, la aventurada implicación política dentro de la historia, donde no se ha eludido una crítica hacia el actual gobierno yanqui de George Bush, representado en Charles Logan, un vicepresidente encumbrado sin aviso a ‘hombre más poderoso del mundo’, relevando a Presidente de los Estados Unidos, tomando el poder sin tener ni idea de dirigir un país, dependiendo de las decisiones de terceros, inepto, inculto, sin carisma... Todo una sosías de Bush Jr.
Con todo ello y un final apoteósico que germina en esa frase de David Palmer: “Cuando cuelgues el teléfono, a todos los efectos, Jack Bauer estará muerto”, el agente de campo de la UAT queda abandonado a su suerte, sin destino aparente, sin identidad, sin rumbo. Fotografiado en un amanecer de poderosa belleza para un final perfecto, el héroe anónimo salvador del país del ataque de un misil nuclear camina silenciado por la incompetencia de un gabinete gubernamental que se cuelga las medallas que le corresponden. Bauer ha quedado como una incógnita de cara a la siguiente temporada. Una secuencia que, no sé de si de forma intencional o no, representa milimétricamente el comienzo de ‘Flatliners (Línea Mortal)’, de Joel Schumacher, cuando Sutherland, en un plano de fotografía similar, se colocaba las gafas de la misma manera refiriendo la frase “Hoy es un gran día para morir”. Curioso dato para la conclusión de otra temporada soberbia e indeleble.
Ahora sólo queda esperar a que 2006 nos vuelva a sumergir en las aventuras de estas instalaciones de la imagen superior, resucitando al personaje más heroico y carismático de los últimos años en el entorno catódico: Jack Bauer.