jueves, 20 de octubre de 2005

Esencia de cómic

Superhéroes cotidianos
Shyamalan profundizó en el vértice más oscuro de la vida supeheróica con un inigualable guión y un estilo lírico como ofrenda al mundo del cómic
Decía Alan Moore, tomando las palabras del maestro Stan Lee, que el héroe de cómic encuentra siempre su grandeza en la cotidianidad en la que se circunscriben sus actos y en la vida ordinaria que suele llevar cuando no es un semidiós incorruptible (en este caso ‘irrompible’ –en su título original-). M. Night Shyamalan recogió en su mejor película una obra bordada con la sutilidad poética y gélida que caracterizó su gran ‘El Sexto Sentido’ y que después desarrollaría en la más fallida ‘Señales’ y en la portentosa y poco comprendida ‘El Bosque’.
Perfectamente exacta, sin fisuras formales o argumentales, y reforzada con la dirección de un compositor de sentimientos enfrentados como es Shyamalan, ‘El protegido’ abarcó el reverso más angustiante y profundo de aquellos seres sesgados por elementos paranormales que cercenan su vida diaria. Narrada desde una concepción temática doliente y aflictiva, el cineasta de origen hindú envolvió su esta extraña odisea ‘fantastiquè’ en el mundo editorial del cómic, absorbiendo el espíritu que hizo grande a la ‘DC Cómics’ y su visión de la existencia como una filosofía vital plasmada en viñetas. Como en el génesis de un arte privilegiado e insondable, delimitado aquí a un ámbito cercano y puro, Shyamalan regresó, a su particular perspectiva de lo oscuro, del enigma sobrenatural que convive con el hombre.
Desplegando, poco a poco, con una quietud imperceptible y un tratamiento impecable, sus disquisiciones acerca de la muerte, el amor, la soledad, la incomunicación y el sentido de nuestro propio destino toman trascendencia sin renunciar en ningún momento al gran calibre comercial de la obra, perfeccionando su idiosincrasia, dotando al filme con una atmósfera inquietante, enigmática y fría en la que la actitud ascética de sus personajes dejan ver un fondo intencional que hacen de su guión sin fisuras el mayor logro de ‘El protegido’. La increíble historia de David Dunn, el único superviviente de una terrible catástrofe ferroviaria en el que han muerto más de un centenar de personas y del que han salido totalmente ileso lleva al espectador a una hermosa historia paterno-filial que descompone, con trazos sensibles y fugaces, la esperanza de todo niño que ve a su padre como un titán, como ídolo al que admirar.
Mediante el juego llevado hacia la dicotomía final y sorprendente, Shyamalan expone en esta cinta, sin ardides y con una honestidad aplastante, la verdadera síntesis de la magnificencia del Noveno Arte. Como si hubiera seguido los patrones impuestos por Jerry Siegel, autor del que, sin duda, ha bebido el joven realizador al darle forma al superhéroe de la película. Una especie de facsímil y fusión de personajes como ‘Espectro’ y ‘Grendel’. La poesía lírica y calmada imbuye a un personaje atormentado que acaba enfrentándose a sus miedos y, en último término, a él mismo y a sus problemas. Algo que ya sucedía, en cierta forma en la inolvidable ‘El Sexto Sentido’.
La sencillez con la que el héroe encuentra su particular poder y acepta su condición (maravillosa la secuencia en la que Willis lleva en brazos a Wright Penn), su catarsis ante una vida perfecta insatisfecha, sirve nuevamente para un sólido encuentro con lo misterioso, con lo legendario, con una disgregación entre el Bien y el Mal que se acentúa con la virtuosidad escénica con la que Shyamalan logró traspasar la frontera del enigma, la melancolía de sus propios objetivos, arrastrando a un Bruce Willis hacia cauces interpretativos innatos que, aunque nadie pudo ver hasta ‘El Sexto Sentido’, fluyeron entonces en las venas de uno de los mejores actores del cine contemporáneo. ‘El protegido’, además de solidificar una realidad esperanzadora del cine comercial norteamericano, deja patente la facilidad con la que Shyamalan sabe bucear en los bellos y desolados mares de lo eterno.