jueves, 22 de septiembre de 2005

Review desde la entropía informática: 'George A. Romero's Land of the Dead'.

Reconstrucción del mito zombie
George A. Romero restaura el subgénero del cine de zombies con una película metafórica sobre el sistema político actual y la diferenciación de clases.
George A. Romero y John A. Russo tomaron como referencia la obra de Richard Matheson ‘Soy leyenda’ y la desconocidísima obra de culto de Sidney Salkow y Ubaldo Ragona ‘The last man on Earth’ para elaborar el clásico ‘La noche de los muertos vivientes’, no sabían que además de desarrollar las fijaciones de las generaciones posteriores del cine de terror, fundarían un subgénero propio denominado, por lógica, ‘cine de zombies’. Si Romero reinventó con numerosos y contundentes matices a los zombies modernos presentándolos como bestias anónimas con sed de carne humana en sus secuelas ‘Zombie’ y ‘El día de los muertos’, persistiendo en ese instinto natural que servía para hostigar a unos protagonistas que ante la amenaza de la masa maléfica se transformaban en seres más egoístas y violentos para mostrar, en último término, la total deshumanización, en ‘La tierra de los muertos vivientes’, el regreso de Romero a la gran pantalla después de muchos años en la misantropía fílmica, se continúa con la acertada soflama sociopolítica que poco o nada ha cambiado desde finales de los 60 hasta el día de hoy, concluyendo que la condición humana acaba por evidenciar lo que para muchos sociólogos y filósofos es un hecho fehaciente: que una sociedad en continua descomposición representa, en varios sentidos, al hombre actual.
En su acertada actualización, el maestro Romero ha dejado a un lado aquella miscelánea que deambulaba entre el expresionismo, el semidocumental y el cine discursivo de corrientes teleologistas, sin olvidar un trasfondo social, para proyectar determinadas situaciones de países actuales oprimidos por sus propias restricciones y por la práctica manipuladora de sus gobernantes y la progresiva querencia por instaurar el miedo social. ‘La tierra de los muertos vivientes’ le sirve a su veterano cineasta para plantear su sempiterna epístola terrorífica sobre zombies y humanos, acomodada esta vez en una aureola de serie B de gran calidad, menestral pero con ambiciones, como si de una obra de John Carpenter (cineasta con el que encuentra varios puntos en común) se tratase, aportando con su genialidad la lucidez de una historia que no necesita de nuevas tecnologías para impactar en su manifestación de irónico ‘gore’ en su eficaz empeño de acreditar que un subgénero tan denostado como el ‘splatter’ sea el idóneo para exponer la diferencia de clases y el envilecimiento de los líderes que gobiernan el mundo.
Romero ataca sin tapujos al neoliberalismo y a los pretextos de la administración Bush Jr. tras el 11-S, urdiendo una descarnada crítica al capitalismo que impera en un mundo occidental que ha vuelto, silenciosamente, a un soterrado feudalismo que en el filme está aludido en una enorme fortaleza llamada Fiddler's Green, donde sólo vive la clase alta que menosprecia a los pobres y teme a los muertos vivientes que incorporan a ese Tercer Mundo que hoy en día no importa a nadie. Un lujoso reducto donde un amo somete todo y a todos, controlando con despotismo y sordidez una precaria sociedad que acabará asolada por sus propios miedos. Aquéllos que, paradójicamente, les devolverá la libertad y la oportunidad de volver a crear una sociedad en igualdad con los zombies.
Y en medio de ellos, unos mercenarios que procuran sobrevivir entre dos mundos marcados por la disparidad de bienes trabajando para que a los ricos no les falte suministros, mientras los más desfavorecidos mueren de hambre. Asesinos materialistas que, como sucedió con los estadounidenses, se vuelven contra aquellos que les adiestraron en sus censurables tareas. Las alegorías, en este sentido, no tienen desperdicio; soldados desmembrados que son silenciados con el mutismo mediático, una ciclópea torre que en su final es asolada por el horror, ciudadanos huyendo presas del pánico, aristocráticos capitalistas devorados por los zombies con ferocidad. En definitiva, cadáveres que son ocultados a los ojos de una colectividad que se pretende perfecta y sin problemas. Nada queda sin crítica en el ojo sarcástico y nihilista de Romero. Así, el indudable poder metafórico de ‘La tierra de los muertos vivientes’ no deja títere con cabeza.
Pero lo más interesante, dentro de toda esta autenticidad del mundo actual, es que los zombies (a los que se llama ‘podridos’), en estado de putrefacción, desorientados y carentes de estímulos, lejos de perpetrar una indolente conducta autómata, además de seguir devorando ávidamente carne humana, recobran aquí su decencia, coordinándose como pueden, aprendiendo a utilizar armas y buscando, finalmente, lo que todo ser humano: un lugar donde poder convivir en extraña y fétida sociedad liderada por un negro capaz de ir progresando en su limitado raciocinio.
No muy lejos de los propósitos del ‘remake’ ‘Amanecer de los muertos’, de Zack Snyder, la mejor representación de la idea ‘romeriana’ del género hasta el momento (para eso era un superlativo sucedáneo de la mejor dramaturgia del maestro), ‘La tierra de los muertos vivientes’ encuentra sus mejores virtudes en esa diversificación ampliada en un mundo visto como acrópolis habituada a vivir bajo la amenaza zombie. Tanto es así, que a lo largo de la cinta asistimos a todo un recital de ridiculización de los no muertos (con los que se tira al blanco, sirven de modelos fotográficos, luchan con apuestas de por medio e incluso aparecen varios cadáveres vivientes disfrazados de payasos), dejando claro que el humor negro pasa a ser parte de este profundo análisis por parte de Romero en la psique colectiva yanqui y, de paso, reconstruir su mito del zombie.
Miguel Á. Refoyo © 2005