sábado, 17 de septiembre de 2005

Lapiceros

La palabra lápiz siempre me había evocado el instrumento arcaico por el cual se obtiene algún fruto artístico o matemático en forma de palabra, dibujo o computación matemática utilizados en diversas materias, ya sean algebraicas, lingüísticas o artísticas. Un lápiz, hasta hace poco, era para mí (y supongo que para todos) una familiar herramienta compuesta de madera y grafito con la que he pasado muchos de mis mejores momentos creativos (hasta el descubrimiento del maldito y adictivo Pilot G-1), siendo H2 y HB las dos clases más conocidas que diferenciaban los nostálgicos lapiceros.
Desde ayer, tengo una nueva concepción de la palabra lápiz. La razón es que he adquirido un Pen-Drive USB de 256 Mb. Ahora ese HB y H2 han sido sustituidas por indescifrables términos demoníacos como módulo usb-storage, usb-uhci, insmod o modprobe, dpkg… La habitual hoja, cuaderno o libreta se ha suplantado por el ineluctable ordenador, por el universio binario que nos absorbe vertiginosamente. Ni siquiera Henry Mill imaginó nunca que un buen día su célebre máquina de escribir iba a ser postergada en la oxidación de su concepto, casi humillado por todos aquellos que escribimos. Ahora un lápiz, amigos, es un artefacto de memoria con diversa capacidad para almacenar información. El lápiz ha pasado de proveer datos a acumularlos. Y desde ayer, tengo un pequeño lápiz de memoria USB. Lo necesitaba. Así, de repente. Obligado por las circunstancias. Hasta el diskette (el mítico ‘floppy’ de 3 y 1/2) ha pasado a mejor vida. La moda tecnológica impera y te arrastra consigo.
El mundo se está transformando en un escenario absorbido por ‘aldea planetaria’, que poco tiene que ver con la concepción socioevolutiva de Tehilard de Chardin, incluso se está alejando por momentos de la visión global de McLuhan. Observando a mis compañeros de clase con sus respectivos USB-Pen Drive (este tipo de lápiz ya instaurado hace tiempo) he visto cómo los valores, lenguajes y cosmovisiones se han homogeneizado, resultado, principalmente, de la revolución tecnológica que ha tenido lugar en nuestros tiempos y se está expandiendo sin freno.
He mirado con nostalgia mi viejo portaminas antes de deshacerme de él y me he resignado a admirar un pequeño mecanismo (que incluso trae una correa para lucirla en el cuello –el colmo del horterismo tecnológico-) con el que tengo a mano mis más importantes escritos y creaciones y donde puedo guardar todos mis datos sin necesidad de cuaderno ni del arcaico lápiz. Entre este chismito este y yo se ha creado una extraña e inmediata retroalimentación, un buen rollo de la hostia, un absurdo ‘feedback’ de dependencia informática a pequeña escala.
El futuro ya está aquí. Y no me había dado cuenta.