miércoles, 28 de septiembre de 2005

El adiós del Superagente 86: "Jefe ¿Podría creer que...?"

Cuando Mel Brooks proyectó el episodio piloto de ‘Get Smart (Superagente 86)' a los mandamases de la NBC, éstos no dudaron ni un instante en declinarla. Los exánimes argumentos que notificaron fueron que la serie era un reducto de ‘antiamericanismo’ degradante. Sin embargo, Brooks, en colaboración con Buck Henry, lograron que la serie viera la luz, convenciendo de sus posibilidades cómicas. No se equivocaron.
Maxwell Smart (Don Adams) estaba en las antípodas de los superagentes secretos como James Bond o Napoleón Solo. Su faceta entrañable, de tipo corriente, torpe, despistado y algo roñoso. No estaba lejos de esa torpeza la institución para la que trabajaba, Control (la única organización secreta de la que nadie había oído hablar), en constante lucha contra el terrorismo provocado por Kaos, frustrada por la anulación de sus objetivos por parte de un Smart que, obviamente, salía triunfante de sus misiones con desmedida fortuna.
Por supuesto, crecí en la generación de la reposición, pero con el melancólico recuerdo de aquella espantosa versión sudamericana, que hacían que los diálogos sonaron aún más absurdos en la parodia televisiva más célebre del género de espías. La alta tecnología, ostentosa y modernizada de Bond se reducía a la máxima expresión de la caricatura con el inolvidable ‘zapatófono’, que sonaba en los momentos menos oportunos. Tampoco es fácil olvidar al más estúpido de los compañeros de Smart, como el singular Larabee, capaz de salvar a los miembros de la organización cuando salía inmune de un gas que afectaba al cerebro. O el robot Hymie, o el siempre escondido en los lugares más insospechados Agente 13 y, sobre todo, 99, el amor eterno del peculiar agente que llegó a ser su esposa. Una serie arriesgada y eficaz que encontró su efímero éxito en la recreación de las aventuras de un perfecto idiota a medio camino entre Closseau y el Inspector Gadget (que tuvo en Adams a su voz televisiva).
Este post es el mejor recordatorio que puedo ofrendar a un actor como Don Adams. Un actor que nos dejó el pasado domingo a la edad de 82 años. Un hombre destacable por su honestidad a la hora de recordar del único papel importante de su vida. Adams afirmó en varias ocasiones sentirse orgulloso de este pretérito encasillamiento, argumentando que se sentía feliz por haber sido cómico, por hacer reír al público. Todo un gesto que le honra en esta pérdida catódica que entristece por la nostalgia que despierta el recuerdo de una sintonía y del familiar rostro de Maxwell Mart caminando a través de un pasillo por el que se iban cerrando una puerta mecánica tras otra.