sábado, 16 de julio de 2005

Solidaridad en la muñeca

El lazo o el pin solidario ya no se llevan. Han quedado anticuados. Ahora, el último grito, como icono de la modernidad, son las pulseras solidarias. Unas pequeñas ajorcas de silicona que simbolizan, con cada color, el apoyo a una causa adherida a la lucha de algún mal común como el cáncer, la violencia infantil, el hambre, etc.
El origen tiene lugar el 17 de mayo de 2004, cuando Lance Armstrong hizo pública su idea solidaria con el lanzamiento de las pulseras ‘Livestrong’ para contribuir a la ayuda en la investigación del cáncer y a las personas que, como él, padezcan o hayan padecido algún tipo de cáncer. Poco más de un año después, su fundación ha vendido 40 millones en más de 50 países.
Ejecutivos, deportistas, actores, modelos, políticos y como consecuencia de ello la sociedad en masa se unió rápidamente a esta noble deferencia con los que sufren y padecen hambre, enfermedades, violencia o cualquier tipo de injusticia. Poco después se convertiría en una moda mundial, en una novedosa fuente de ingresos para las ONG's y su altruista filantropía con las más desinteresadas causas a favor del bien. Pero lo que en principio parecía una excelente campaña se ha ido desvirtuando progresivamente dado que, se quiera o no, se ha truncado en una fuente de negocio muy rentable, así como en una nueva vía de promoción de las marcas que las crean, como en el caso de las ‘Livestrong’, fabricadas por Nike, multinacional que somete a niños en Tailandia que cobran 80 euros al mes por trabajar 54 horas semanales. De hecho Nike, aprovechando el sincero prototipo del ciclista norteamericano sacó otra pulsera de silicona, esta vez blanca y negra, contra el racismo, apoderándose de nuevo de las muñecas de deportistas, actores y demás personajes famosos.
Hay que reconocer la honorable iniciativa de Armstrong, pero también es cierto que en su difusión y resonancia se ha sacado de su contexto inicial, adulterando la idea genérica. Ahora, las pulseras derivadas de la amarilla en la lucha contra el cáncer han originado un marketing aparentemente solidario que tiene en su fondo una convencional vena consumista y fetichista de una gran parte de la población mundial que luce la pulsera no por el significado o importancia que pueda tener, sino por estar al día, actualizado en su imagen de cara a los demás. Lucir una pulsera de silicona apoyando alguna causa (no en todos los casos, por supuesto) ha pasado a ser un simple efugio para satisfacer la conciencia y, de paso, estar a la última.
En menos de un año han surgido como el moho en perpetua humedad pulseras de todos los colores para toda causa justa; rosas de Share Beauty Spread para el cáncer de mama, los brazaletes rojos contra el SIDA (que perdieron su efecto cuando se convirtió en absurdo emblema de la candidatura de Madrid 2012), modelo azul claro como eslogan contra el maltrato infantil, la azul oscura para la defensa del Archivo Histórico de Salamanca (hay que ser paleto para lucir ésta), la azul y blanca que diseñó Unicef para ayudar a las víctimas del tsunami, la naranja utilizada como símbolo antitabaco, la verde clara en apoyo a los aquejados de distrofia muscular, la blanca contra la pobreza, la fucsia utilizada contra la fibrosis quística…

Se ha acabado desvirtuando el contenido de la pulsera lanzada por el famoso ciclista, sobre todo con la aparición del mercado negro, de la venta ilegal y fraudulenta de estas cintas para las muñecas. No importa que sean ilegales, importa tenerla y que la gente perciba nuestra solidaridad determinada a la apariencia, como casi todo en este mundo. La sumisión a los símbolos, arbitrarios por definición, han degenerado en sus buenos pero indefinidos propósitos.
Pronto tendremos una pulsera de algún que otro color con un lema de la SGAE contra la piratería. Si no, al tiempo.