martes, 5 de julio de 2005

'Femme Fatale', puro y genuino De Palma

Apasionante juego de manipulación
‘Femme Fatale’ inicia su preludio con las imágenes de un clásico del cine negro como es ‘Perdición’, de Billy Wilder, con Phyllis Dietrichson (Barbara Stanwyck) intentando matar a Walter Neff (Fred MacMurray) y tras esto, cayendo en sus brazos, un hecho que se puede interpretar como un signo de que la última cinta del maestro Brian de Palma hasta el momento (esperamos ansiosos su ‘Dalia Negra’) no sólo comienza proponiendo la historia de una mujer arpía que hará lo que sea por salirse con la suya y que manipulará a todo aquel que se ponga por delante sino que, además, se intuye que todo el argumento se va a mover en un doble juego.
‘Femme Fatale’ inicia su periplo con Laure Ash (Rebecca Romijn-Stamos), seductora y peligrosa mujer a punto de cometer un robo que utiliza a sus compañeros para quedarse con el botín: un valiosísimo collar de diamantes lucido durante el Festival de Cannes. Tomando una nueva identidad, Laure escapa con la carísima alhaja dejando su pasado en manos del destino. Siete años después, el paparazzo Nicholas Bardo (Antonio Banderas) vuelve a sacar a escena a Laure, que será perseguida por sus ex socios. Todo ello no es más que otro de los magníficos ‘McGuffins’ al más puro estilo Hitchcock que el cineasta utiliza para concertar un epigrama de suspense calculado por completo para obtener como resultado algo tan difícil como lo es el engaño. Para ello, el ojo narrativo de De Palma sigue constantemente a sus personajes de cerca, como condición ‘vouyerística’ propia de su cine, cerrando los movimientos para buscar así la cercanía y adhesión a los roles.
Para ello, el director juega a plantear rasgos equitativos al cine del gran maestro del suspense y de otros muchos ‘auteurs’ europeos, pero tomando a su vez como referencia muchos de los momentos de su propia filmografía: desde ese plano del robo de ‘Misión Imposible’, la duplicidad de aspecto de ‘Doble Cuerpo’ o ‘Vestida para matar’, la intensidad europeísta de ‘Fascinación’ o la utilización de la ‘split-screen’ de ‘Hermanas’. Todos ellos elementos narrativos y visuales que revelan el factor de dualidad tan buscado a lo largo de su obra y que está presente en la intención argumental y posterior desarrollo de una ensoñación un tanto tramposa (pero inocente y traslúcida) y en el ímpetu por centrarse en pequeños detalles, objetos determinados y en situaciones clave que confluirán en un desenlace que desglosa una buscada correspondencia análoga a todo lo que hemos visto. ‘Femme Fatale’ es así un cúmulo de situaciones en el que el desequilibrio argumental tiene su equivalente en un final sorpresa que De Palma ha sabido desplegar en toda su filmografía.
La persistente insistencia de la suplantación de personalidad como medio de escape es explotada aquí para hacer que esta confusión provoque una reflexión sobre el azar y el destino de un personaje que nace y muere, que manipula y controla el destino de todos y cada uno de los personajes que aparecen en el filme. De ahí que muchos de los contextos inverosímiles e imprecisos diálogos estén resueltos con secuencias de sexo, colmadas de un erotismo subconsciente que De Palma resuelve con inspirada perspectiva hacia el deseo, la tentación y el acto. En esa extraña combinación de realidad y ficción, los pequeños elementos que producen los golpes de efecto de la trama, ésos instantes que se repiten y que descolocan al espectador, no son más que un ingenuo juego de despiste que el director esgrime en pos de un epílogo que aún siendo tramposo y manierista da como consecuencia un producto muy personal sin los complejos y prejuicios ‘hitchcockianos’ de su cine, empero la música de Ryuichi Sakamoto conmemore el espíritu de Bernard Herrmann.
A pesar de una subvertida frialdad ambiental adaptada a un Paris en exceso europeo y sofisticado, necesario como precepto característico de la gélida y hermosa Rebecca Romjin-Stamos , De Palma vuelve a recurrir a mecanismos imprescindibles en la obra de este incomprendido genio del cine. Por eso no es casual que tanto el Romjin-Stamos como Banderas (ambos magníficos en sus papeles) adopten el objetivo de una cámara de fotos como instrumento metafórico de su deseo sexual e indiscreta tendencia a mirar. ‘Femme Fatale’ puede verse como una película sobre el ‘vouyerismo’, pero también sobre lo que se ve y parece ser visto, sobre la mirada de los personajes y lo que el espectador parece ver pero no está viendo.
Un juego de ardides en los que no solamente caen los caracteres que rodean a esta peligrosa mujer, sino a los que sucumbe el propio público. Elementos subversivos que dan claves pistas extemporáneas, como la camisa llena de sangre del líder del robo, la detención del tiempo durante gran parte del metraje (percibida en los relojes) o la acción futura de los acontecimientos son parte de la utilización a la que somete la ‘femme fatale’ del título a todos y cada uno de los personajes que le rodean, pero también al propio espectador, ya que toda la película es una gran puesta en escena creada para una de las mejores manipulaciones cinematográficas y argumentales del último cine actual.
‘Femme Fatale’ es por tanto un juego de apariencias, donde el destino confunde ficción y realidad onírica en una cinta que supone un sorprendente ejercicio de estilo y artesanía llevados a cabo por un director que con esta fantástica cinta dejó de ser (aunque nunca lo fuera) el copista de Hitchcock para convertirse en uno de los últimos clásicos del cine contemporáneo.