miércoles, 15 de junio de 2005

Review '11:14'

A la hora señalada
Greg Marks es una película de relatos encadenados que combina el ‘thiller’ con el humor macabro y cuyo objetivo final no es más que el puro entretenimiento.
Una de las sorpresas más notables de esta impávida temporada cinematográfica bien podría ser el debut de Greg Marks con la estimable ‘11.14’, una desquiciada película que propone como esencial reclamo un nocturno puzzle de humor negro que presenta varias historias fusionadas en una misma hora, concentradas en diversos accidentes sucedidos en el barrio de Middleton, donde la noche se presenta muy intensa para sus protagonistas, ya que todos ellos serán desdichadas víctimas de un destino que entrelaza sus vidas sin conexión aparente en un momento exacto y concreto. Ésta es la línea argumental de un modesto filme que probablemente no hubiera sido estrenado en España si Hilary Swank (una de sus protagonistas secundarias) no hubiera obtenido su segundo Oscar por ‘Million Dolar Baby’.
Atropellos, muertes, equívocos, imprevistas amputaciones de índole fálico, atracos provocados, embarazos fingidos y una extraña sensación de irrealidad son los elementos que maneja el jovencísimo realizador en una primera película en la que ha demostrado un extraordinario manejo del ámbito formal, ya que si por algo llama la atención de esta obra debut es el buen pulso con que Marks ha construido la conseguida atmósfera situacional erigida sobre su historia coral, sin caer en la dolorosa esencia dramática, que permanece intacta a lo largo de la trama, evitando además que sus giros narrativos y situaciones esperpénticas desluzcan la gran capacidad de acción e interés que abundan en una sorprendente película.
En ‘11:14’, la habilidad formal de un recurso expresivo como es el juego de tiempos que confluyen en un mismo instante, en este caso en una hora y minuto delimitado, es la médula sobre la que se nutre un filme que logra sortear cualquier atisbo de gravedad dramática para beneficiarse de una deliberada intrascendencia que se vislumbra en el total de la cinta. Sin llegar a la complejidad a la que enfrenta al público el ‘maze-cinema’ (narración que emprende el relato en su final para avanzar hacia atrás en busca de su punto de partida) ‘11:14’, no obstante, plantea una particular ruptura de las reglas clásicas de la narración, una estrategia de reconstrucción argumental que más allá de su aparente artificio, sabiendo revestir al guión a un indefinido formato de ‘thriller’ con ciertas dosis de doloroso drama, comedia negra y un punto de absurdo en su planteamiento de coyuntura cronológica del tiempo.
A modo de puzzle temporal narrativo que vertebra este delirante viaje en el destino de unos personajes movidos por el interés y ensamblados trágicamente por circunstancias que sólo puede darse por efecto del destino, el cruel fatum al que se enfrentan todos y cada uno de ellos, Greg Marks expone con mordacidad una sátira costumbrista, enfrentando una serie de conceptos manejados con un excepcional sentido del ritmo, mintiéndolo constante en su proceso evolutivo al relatar los mismos acontecimientos desde varios puntos de vista y diversas consecuencias. Es por ello que la gran virtud del filme sea la de aplicar una correcta medida de los tiempos y los espacios en los que se desarrolla toda la acción cruzada en un mismo minuto, cuya explicación no encuentra lógica a la hilaridad que producen los terribles momentos de violencia de lo que acaece en la fatídica noche.
‘11:14’ no resulta en ninguna de sus áreas un filme pretencioso, sino que prima la inteligencia más que la originalidad de lo formulado antes que cualquier indicio de prosopopeya formal o narrativa. Y pesar del subyacente tono de telefilme a lo largo de la obra debut, el joven cineasta sabe aportar mediante un clima mortecino y noctívago la moderación necesaria para perpetuar la intriga y la acción por medio de secuencias en vehículos, persecuciones exteriores, situaciones imposibles y conversaciones de corte intimista con una certidumbre cinematográfica casi insultante a la hora de manejar la dilación temporal y geográfica, con la intención de propagar con mayor valía unas historias que formuladas de manera lineal no llegarían a los treinta minutos reales. Todo está encubierto por la trivialidad con que se narran los acontecimientos que rodean a unos protagonistas que se definen por el prototipo de la América Profunda, del patetismo provinciano que les obliga a actuar llevados por instintos casi siempre erróneos, derivados de su estulticia, de su egoísmo, de una expiación redentora o por incompetencia, venganza, necesidad o bondad, según sea el caso. Personajes (en un elenco en el que destacan todos y cada uno de sus intérpretes) que, involuntariamente, se dejan llevar por sus miedos aportando con su insólita singularidad cierto anacronismo en el apacible lugar en el que residen.
La obra de presentación de Marks es, por tanto, además de una pieza de recargada minuciosidad en su puesta en escena y narrativa, un macabro divertimento a modo de tratado surrealista, un atroz ‘thriller’ que se concreta en un mosaico de coincidencias para las que, como es lógico, se recurre a algunos excesos para conseguir el efecto final, que no es otro que la puro delectación de lo trivial, de divertimento como eje sobre el virar cada movimiento narrativo.
Miguel Á. Refoyo © 2005