miércoles, 22 de junio de 2005

¡Qué calor!

Ha llegado el verano, el sofocante calentamiento de cualquier resquicio físico y mental, sin modo de frenarlo. Ha llegado ese calor resbaladizo que impregna y destruye cualquier iniciativa de acción o dinamismo. Pura divagación. El verano me mata, amigos.
Esta tarde, cuando he ido a buscar un billete de tren para Madrid (este fin de semana saldré del Abismo a reencontrarme con el mundo real, el de un rodaje cinematográfico a cargo de Mikel Alvariño, que se pone tras las cámaras tras muchos años de ausencia) he experimentado una de las situaciones más ridículas que recuerde en mucho tiempo. La estación de Salamanca, edificada en una estructura arquitectónica impresionante, está reconvertida a su vez en un centro comercial. Esta ventaja tiene algunos provechos, el principal, son las siete salas mejor acondicionadas de la ciudad, los cines Premiere Megaplex, donde se ubica la sala de proyección más grande de la provincia (274 localidades).
“¿Y para qué me cuenta este demente todo esto?”, os preguntaréis. También es verdad, pero ya que estoy, prosigo...
Hoy he descubierto una estúpida sensación de fruición ambiental, la que se siente ante las puertas automáticas de un centro comercial en el mismo instante en que se abren. En ese momento en se franquea el umbral y se nota el radical cambio de temperatura que provoca el paso de la canícula al intenso frío procedente del aire acondicionado. Ah… qué efímera felicidad transmite ése golpe de aire frío, qué deleite más pusilánime, qué pequeños momentos de la vida.
Tanto es así que he entrado y salido varias veces para comprobar este zafral efecto adictivo (y no sé yo si nocivo) como una cobaya en busca de su hedonista recompensa. Estaba disfrutando como un crío, regocijándome de modo impulsivo, saliendo y entrando. Hasta que me he dado cuenta de la amenazante presencia de un guarda de seguridad que ha lanzado su animadversión visual hacia mí. Inmediatamente, he disimulado con torpeza, fingiendo haber olvidado algo, rebuscando en mis bolsillos y saliendo del recinto con gesto adusto y amenazador, por si alguien había advertido mi infantil juego.
Por cierto, que he aprovechado mi paso por el centro para comprar la entrada de ‘The War of the Worlds’. Cuando la chica me ha preguntado qué fila quería y he seleccionado mi butaca habitual, me he sentido un ‘freak’ al descubrir que a una semana de su estreno éramos muy pocos los que nos habíamos acercado a la taquilla para obtener nuestro ticket anticipado.
En fin, una historia sin enjundia. Lo sé.
Os contaría algo más interesante. Pero vivo en el ostracismo del día a día, carcomido por la cotidianidad. Qué se le va a hacer. De hecho, hace nada estaba ultimando la crítica de ‘Batman Begins’, pero el aplomo se ha apoderado de mí y he desistido, damnificado por el ahogo encontrado en este maldito bochorno.
Mañana será otro día, que dicen los perezosos.
Me voy a tomar unas cervezas bien frías.