viernes, 17 de junio de 2005

La Fura del Baus, otra vez en Salamanca

Antes de ayer tuvo lugar uno de esos eventos tan multitudinarios que se suelen dar en esta ciudad, en el ágora de congregación más aglutinador de Salamanca: su Plaza Mayor. El I Festival Internacional de las Artes de Castilla y León, promovido por la Junta de Castilla y León y que se celebra en Salamanca para conmemora el 250 aniversario de la construcción de su Plaza Mayor tuvo como primer atractivo al grupo teatral La Fura dels Baus, que dispuso con su aparatosidad lo necesario para su nuevo espectáculo ‘N.D.Q. Navega Don Quijote’, su particular homenaje a la figura cervantina caracterizada por su habitual suntuosidad, grandilocuente discurso renovador de los conceptos clásicos y una puesta en escena pretendidamente innovadora y vanguardista. Una obra en la rebosa presuntuosidad, logrando que con sus ínfulas de ampulosidad monumental el espectáculo trascienda los límites de lo tolerable y se convierta en un producto manufacturado buscando más la majestuosidad de la ópera en su habitual mezcla de palabra, la imagen, la música e importancia corporal que una disertación interesante sobre el concepto de modernidad aplicada al Quijote.
Todo muy enfático, muy altisonante en su reflejo de renovación del clásico de Cervantes, ordenando aparatosos números visualmente como esa hilera de trapecistas suspendidos en el aire que representan una especie de molino humano al que se une un zeppelín de dieciocho metros de largo que sobrevoló la plaza o el enorme útero en el que está sumido el hombre moderno, una matriz que simboliza la alienación a la que conlleva la soledad que provocan las nuevas tecnologías.
Para la Fura Don Quijote es un paranoico internauta tan acostumbrado a navegar en internet que acaba perdiendo el juicio. Una actualización del mito de Don Quijote trasladado a la loca realidad del siglo XXI que traslada su condena mental, como en la novela, a los enloquecidos designios de su inventiva imaginación.Tanto intentan transgredir el grupo catalán que acaban por perderse en el más sombrío del ostracismo que suscita tanta aparatosidad, tanta doctrina renovadora del concepto teatral. Un espectáculo que lejos de resultar fascinante llega a aburrir (yo reconozco que no me quedé hasta el final) con la reiteración especulativa de esa atrayente creación de un lenguaje multimedia único y propio que les ha llevado a convertirse en uno de los grupos teatrales más importantes del mundo.
Eso no quiere decir que la Fura del Baus no goce de mi simpatía. Quién no recuerda los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 y sus provocadores ‘Atlántida’, ‘Ombra’ o ‘Numaquia 1-Teatrología anfibia’ y esa ‘XXX’ que supuso la ratificación de estos provocadores natos en el panorama teatral. Hace tres años, con motivo de la capitalidad cultural europea de Salamanca, la Fura vino a presentar la escandalosa obra, posiblemente, sea la obra de teatro más atrevida e inmoral que se ha haya representado jamás. ‘XXX’, el emblema del hardcore, del porno más agresivo e indecente que tanto conocí de cerca en uno de mis antiguos trabajos alimenticios. Fue una vuelta a mi memoria reciente y me gustó, claro que me gustó. Y mucho. Siempre me ha gustado el porno, el cine X, la literatura y revista más que subida de tono. No soy un hipócrita. Me encanta.
La polémica e irreverente función producción de La Fura dels Baus y Schauspiel-Frankfurt en coproducción con Festival GREC de Barcelona y Teatre Lliure se benefició del patrocinio de la publicación pornográfica ‘Private’, hecho que dice todo del riesgo y de la trasgresión que adoptó esta particular adaptación de ‘Filosofía en el tocador’, una de las mejores obras del maestro Donatien Alphonse Francois, el mito literario más controvertido de la historia de la retórica. Me refiero, cómo no, al Marqués de Sade. Allí, sentado con el irreductible Alvarito ‘Vodka’ difrutamos de esta representación entre las molestas columnas de una deplorable deposición arquitectónica, una chapuza en toda regla como lo es el teatro Liceo de Salamanca.
La obra de Sade representa la iniciación sexual de una joven ingenua con ganas de aprender, Eugènie, a manos de los ‘libertinos’ (siempre quise que existieran unos profesores como éstos en este pútrido mundo) Madame de Sant Aige y Dolmancé, a los que se uniría a través de la obra ‘El Caballero’ y ‘La Señora de Mistival’. Mediante su pluma llena de descarrío y de impudicia, Sade ironizaba en siete capítulos, siete diálogos para ser exactos, con la pornografía literaria y la mala hostia, con su suprema violencia oculta contra la burguesía, la nobleza, la medicina y sus métodos y sobre todo levantando las llagas de la religión católica para lograr que su visión de la falsedad púdica, que el conservadurismo, traspasara los siglos y siguiera, hoy en día, siendo un punto de referencia a la hora de analizar muchos de los conceptos falsarios que rigen la moral actual, nuestra sociedad del S. XXI. Como Aretino y Boccaccio, Sade siempre litigó aquello que ocultaba las debilidades y los vicios de la alta sociedad en la que vivieron.
La Fura adaptó estos conceptos a la modernidad en un entorno que muy bien podría haber disfrutado Sade, inundando muchas de las perversiones más oscuras del show business: los castings. Con esa comentada innovadora puesta en escena, llamada ‘teatro digital’, el montaje se iniciaba con la selección de una menor durante un casting para rodar un espectáculo, que en principio nadie asegura que sea erótico. Lo primero que se hizo fue que una de las actrices (la fantástica Teresa Vallejo) escribió sujetando un lápiz óptico con la vagina y sobre un monitor que todo espectador puede contemplar a lo largo de la representación escribe la frase “Un mundo mejor es posible”. Con este inicio comenzaba el particular análisis social de La Fura sobre el sexo, las relaciones humanas, la muerte, el crimen y, finalmente, sobre la existencia del ser humano. Para ello, la trama se transformó necesariamente explícita, pudiéndose ver en pantalla la perversión y depravación que requería la obra, con una valiente actitud impulsada al realismo. Así, los intérpretes se metieron de lleno en escenas de lesbianismo en un bidé, masturbaciones de todo tipo, felaciones, una orgía sexual-gastronómica de estos tres personajes activos y un voyeur y, sobre todo, la guinda de la noche: sobreimpresionadas en esa representación real de una falso príapo con una microcámara penetrando a la que fue la reina de la función, la joven actriz Sonia Segura.
El impacto escenográfico del montaje se estableció sobre todo en esas proyecciones sobre dos pantallas colocadas al fondo del escenario que se nutría de imágenes pregrabadas creando ilusión y engaño, repulsión (la imagen de ese clítoris cosido con hilo y aguja del final) o avidez (muchos de los momentos de sexo) en el espectador. Un universo interactivo que fue, como la videocreación fastuosa de la esencia de la obra, el verdadero objetivo de ‘XXX’. La cámara y la pantalla tenían tanta importancia como la interpretación. La espectacularidad y visualidad de la obra teatral impusieron su presencia tal vez en exceso, pero dando como consecuencia curiosas visiones sexuales como un prepucio parlanchín o el mítico coño globalizado y el mencionado juego entre la verdad filmada y la ficción en vivo, con un falócrata y el número del hombre araña o el tardío génesis de Eugènie convertida en feto, insertada en una enorme cánula llena de agua de donde emerge la renacida virgen convertida en vengadora social.
Tal vez eché de menos algo más de riesgo en cuanto a la temática sociopolítica que contiene la obra maestra de Sade, con aquel libelo titulado 'Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos' con los imponentes pasajes dedicados a ‘Las costumbres’ y a ‘La religión’, hostias llenas de más sangre y barbarie que cualquiera de los números pornográficos del libro. ‘XXX’ pretendió dejar como incógnita una interpelación entre realidad y ficción, entre acto o falsedad. Todo bajo una excelente selección de temas del sello Subterfuge para cada número sexual; la balada para el dúo lésbico, el techno más salvaje para el trío o la canción de Alaska en el desenlace de la obra que instigó al aplauso en un magistral epílogo en el que todos los intérpretes completamente desnudos se van vistiendo con máximas metafísicas en las pantallas que totalizan la filosofía de Sade resumida en el apotegma “frente a la pérfida y falsa educación materna, arrojar a un contenedor de basura el cuerpo torturado de Madame de Mistival, la madre de la boyante, sanguinaria y ferozmente desvirgada Eugènie”.