martes, 7 de junio de 2005

Esa inseparable compañera de viaje

Robert Allen Zimermann, el genio de Minneapolis, Bob Dylan, nació del nombre de otro poeta, Dylan Thomas, para abrirse paso como cantante en el Greenwich Village, el barrio artístico de la vanguardia neoyorkina.
Un mito forjado por sus letras inolvidables, por su personal voz nasal que se ha ido deteriorando con el tiempo, por su armónica y su guitarra.
Siempre que escribo o hablo de Dylan me vienen a la cabeza Slim Pickens y Katty Jurado en ese rojo atardecer de ‘Pat Garrett and Billy the Kid’, de Sam Peckinpah, cuando Billy dispara a un viejo y cansado sheriff que se derrumba en los brazos de su mujer antes de poder llegar al río.
He aquí un particular homenaje a las guitarras del maestro.