viernes, 6 de mayo de 2005

Review 'La Demoiselle D'Honneur'

Las peligrosas aristas de la pasión
Chabrol se sumerge de nuevo en una pasional y oscura historia de amor circunscrita a la ironía y cinismo con el que muestra el entorno de la burguesía
En ‘La dama de honor’ encontramos a Philippe (Benoit Magimel) un chico joven que vive con su madre y hermanas una existencia de lo más apacible y con futuro más que prometedor que le permitirán salir de la mediocridad social en la que vive. En la boda de una de ellas, Philippe conoce a Senta (convulsiva, carnal y sensual Laura Smet), una de las damas de honor y amiga de la familia. Ambos inician una relación pasional y sexual que les llevará a plantearse cometer una macabra prueba de amor. Es la premisa de la última cinta del veterano e incombustible Claude Chabrol, donde el director francés desgrana una vez más algunos bajo su cínica perspectiva los más recónditos vicios humanos de una condición social que conoce bien, disociando tras la ordinaria vida burguesa las miserables en la que apenas concurren las virtudes un espacio que define la degradación moral de sus personajes, con ese perverso e ingrávido toque de las últimas películas de este rejuvenecido cineasta.
‘La dama de honor’ adapta la novela de Ruth Rendell ‘Amores que matan’, una historia en la que el amor es llevado al límite y la pasión se subvierte en una arriesgada muestra de excentricismo sexual. Chabrol, reflexivo con lo deteriorado de la trama que representa en el género negro, desatiende el texto principal y deja a un lado la exploración del suspense para centrarse en sus personajes, en su psicología y pensamientos infectados por un amor irracional y enfermizo y, de paso, retratar su acomodaticia vida en el entorno familiar y social. Si bien es cierto que la historia juguetea en todo momento con el ‘thriller’ y el drama romántico sazonado de un humor negro ya habitual en el incombustible Chabrol, también lo es que el realizador galo se inclina hacia el cinismo que provoca la materia moralmente cuestionables, sin juzgar a unos roles dispuestos a cometer cualquier delito sin deliberar las derivaciones inmediatas.
Con un ritmo cadencial, acompasado por su virtuoso manejo de la cámara, Chabrol confiere a su película una insólita lección de ‘tempo narrativo’ desarrollando lentamente su tópica historia de amor a primera vista, ajustada a la más oscura vertiente que enarbola una siniestra y enfermiza fábula de pasión que desea ser el único fin y meta de una vida, la entrega total en cuerpo y alma, sin preguntas, sin reproches ni sospechas, hasta llegar a un sacrificio letal que compromete la integridad física y ética del individuo. La pericia de Chabrol en la instauración del círculo francoburgués viene dado por un catálogo de sucesos, guiños y comentarios inscritos en una insustancial apariencia, necesaria en último término para que germine esa disparatada pasión que conlleva al absurdo de cometer un crimen, precisamente donde reside el mal que todos llevamos dentro, en la aceptación de lo establecida como norma básica, instituyendo una necesidad de romperla con el mínimo cambio que se presente. En este caso, un amor pasional irrefrenable. Especialista en la exploración psicológica de sus personajes, Chabrol no pierde de vista la impagable percepción adquirida de mantener al espectador en tensión sin necesidad de efectismos, cuidando la elegancia de cualquier variación ya sea visual o argumental.
Y aunque se deje en el tintero una profusión menos sutil a la hora de profundizar en los enigmas pasados de Senta y algunas inexplicables reacciones de Philippe, para Chabrol la relación perturbadora y fuera de control es el centro de una película en la que no irradia esa contingencia genérica del ‘thriller’ al uso, sino un acercamiento al drama romántico en su faceta más cruel y desgarradora. Chabrol manifiesta ser un maestro en el descubrimiento de promisorias actrices con la elección de Benoit Magimel como voluble enamorado, pero sobre todo con Laura Smet, una deslumbrante y perturbadora actriz francesa (descubierta por el público en la maldita ‘Le corps impatients’), que le da a su personaje un halo de ensoñación apabullante y que es, a todas luces, lo más sobresaliente de una ya de por sí estupenda película.
Un análisis sobre la debilidad humana que, más allá de la ‘femme fatale’ al uso, formula la inusual figura de un súcubo psíquico y físico convertido aquí, de nuevo, en uno de los elementos naturales del cine de su director: la tentación y el amor representado en un envenenado aguijón que conlleva al sometimiento más perturbador circunscrito, cómo no, en la burguesía representativa de los defectos sociales y humanos dentro del cine del gran Chabrol.
Un grato ejercicio de estilo en la destaca la brillante fotografía fría y adusta del gran Eduardo Serra, que envuelve a la historia en un tono creciente de conminación, ambiente perfecto para que Chabrol articule un metódico filme sobre el fondo humano y ético de sus desencaminados personajes con un pesimista enfoque del amor en entornos reconocibles en su ya extensa filmografía.
Miguel Á. Refoyo © 2005