martes, 3 de mayo de 2005

El 'Peliculón' de Antena 3. Ayer noche.

‘Made in USA’
Michael Bay propone un panegírico triunfalista y heroico bajo una historia de amor a tres bandas que acaba por resultar artera y empalagosa.
Creador de pirotécnicos artefactos cinematográficos compuestos por una falsa adrenalina elaborada con acción y suntuosidad pretenciosa fundamentada en la más descarada comercialidad, Michael Bay presentó su tercera obra después de dos ‘reliquias’ de nuestro tiempo como ‘Bad Boys’, ‘La Roca’ o ‘Armageddon’ y posteriormente con ‘Bad Boys II’.
El presuntuoso y teorizante cineasta reanudó con ‘Pearl Harbor’ en su particular ‘tour de force’ con el cine espectáculo, con los fuegos artificiales encarecidos por su sobrevalorada autoestima y su encopetado sentido de un cine asentado en los monumentales pilares que suponen las desmedidas cifras que se manejaron en esta deleznable cinta. ‘Pearl Harbor’ no fue más que otra nueva vuelta de tuerca para la petulante demostración del omnipotente imperio de Hollywood y su potestad a la hora de crear hegemónicos filmes con aspiraciones comerciales. Otro imposible vuelco económico para someter al espectador a una enorme ceremonia de grandiosidad y sortilegio digitalizado.
La nueva odisea de Michael Bay se empecinó en recrear uno de los acontecimientos bélicos más importantes de los anales de la historia reciente. Concretamente el sucedido el 7 de diciembre de 1941, cuando 183 bombarderos a las órdenes del comandante Mitsuo Fuchina surcaron los aires para poner en jaque al ejército norteamericanos que se instruía entre Ford Island y Battleship Row. Más de 3.200 militares yanquis murieron en uno de los ataques más importantes de la II Guerra Mundial. Bay aprovechó el evento para incluir entre este trágico suceso la paupérrima historia de amor entre Rafe McCawley (Ben Affleck) y la enfermera Evelyn Stewart (Kate Beckinsale), relación que se ve alterada cuando él desaparece luchando en las filas del Escuadrón del Águila Británica. La chica, destrozada por su aparente pérdida, caerá rápidamente en los brazos de su mejor amigo, Danny Walker (Josh Harnett).
Pero esta roñosa trama amorosa no deja de ser una burda excusa que el guionista Randall Wallace no desperdicia para subvertir este lamentable amorío a tres bandas y hacer apología triunfalista, que es de lo que realmente va este despilfarro comercial. Así, se narra durante más de tres horas cómo y de qué forma el ejército norteamericano despertó de su letargo para demostrar al mundo que era el país más poderoso de los 5 continentes, un acto que intentan refrendar en celuloide Jerry Bruckheimer y Michael Bay al pretender engrandecer con dinero y grandilocuencia esta prescindible, insustancial y empalagosa historia de amor.
Bajo los planos llenos de glamour fotografiados por John Schwartzman se encuentra uno de los manifiestos más triunfalistas y arrogantes de un género tan difícil como lo es el cine bélico. El autoelogio nacionalista, la loa heroica a los veteranos que sobrevivieron a Pearl Harbor y la apología yanqui en su objetivo final convierten a esta superproducción en un emblema acerca del valor y la integridad norteamericana. Así, no es casual que el ataque japonés nunca se vea desde arriba, sino desde la visión de sufrimiento de los militares de la bahía y menos lo es ese acto milagroso que pone en pie al inválido presidente Roosvelt para demostrar que se puede obrar lo inverosímil. O que el héroe de la historia sea una especie de providencia invencible salvaguardado por el amor y el idealismo. Tampoco es casual la vacuidad de la historia del más que correcto Cuba Gooding Jr. si al final se puede expresar que fue el primer afroamericano condecorado o que la sangre de los protagonistas para una trasfusión se vierta en botellas de Coca-Cola, el más imperialista de todos los símbolos estadounidenses.
El discurso ideológico del filme de Bay fluye por un indolente conformismo idealista colmado de aparatosa subversividad visual reiterada en las esperadas barras y estrellas hasta llegar a los continuos contrapicados de ensalzamiento hacia el ídolo representado en un poco carismático Affleck. Alegorías sublimadas que alcanzan el propósito perseguido por los productores de este costoso juguete: la creación de un símbolo fílmico por y para el homenaje nacionalista.
Pearl Harbor’ despliega, eso sí, una puesta en escena y un diseño visual impresionante, enormemente estudiado y delimitado en busca del impacto sensorial (amaneceres, momentos románticos y bélicos). Todo ello le sirve a Bay para, con su descarada petulancia artística, arrastrar el peso de una función que se asienta en la osadía técnica, en los abrumantes efectos digitales que rodean un melodrama de tintes clásicos que ambiciona exhibir el verdadero espíritu del cine bélico. Algo que se consigue durante breves instantes en la apoteósica y larguísima secuencia del ataque nipón inundada de espectáculo crudo y enfervorecido, diligente y suntuoso.
A pesar de una mínima autocrítica personificada en el personaje de Dan Aykroyd, el circo bélico de Michael Bay no se acerca (ni de coña, vamos) a la flagrancia de los Fuller, Milestone, Sandrich o G. Hutton y menos a la intencionalidad gigantesca de maestros que dejaron su huella en el género como Ford, Hawks, Kubrick, Coppola, Malick o Spielberg. Bay aleja el género a un terreno de directrices bien diferentes encaminadas a la taquilla y al ombliguismo de un director tan envanecido como trivial. La música de Hans Zimmer, autoplagiándose bajo las mínimas variaciones de ‘La delgada línea roja’ y el ‘off’ de Evelyn recordando que bajo el Pacífico aún reposan los restos de los 1.400 americanos que se hundieron con el buque Arizona cierran un filme tan pretencioso como atronador resultando, en último término, un entretenimiento que resulta ser un aburrimiento demasiado artificioso para el dineral que invirtieron en la que en su día fue la cinta más cara de los fastos del cine contemporáneo.