jueves, 12 de mayo de 2005

Cara de gilipollas

Los eventos deportivos a veces tienen un ingrato cariz, la otra cara del deporte, la menos amable, de derrota, el descalabro en forma de latigazo colectivo a los que profesan un apego a los colores de determinado equipo.
Ayer la ilusión de poder ver al fin al Athletic en una final de Copa tras dos décadas de estiaje hizo espolear mi atención a la radio, tras ese deprimente espectáculo político que es el soporífero ‘Debate sobre el estado de la Nación’, para escuchar los últimos minutos de la semifinal de la Copa del Rey entre el Athletic Club y el Betis.
En buena hora, ya que en cuanto lo sintonicé el arrebato de enfervorecimiento llegó en forma de tanda de penaltis, imaginando a cada jugar lanzando la pena máxima y viéndome con unos buenos litros de kalimtxo en el Bar Serantes, para celebrar como es debido el acontecimiento. Pero mi ligereza a la hora vitorear a mi equipo se truncó con un fatídico penalti lanzando por Santi Ezquerro, malogrando la gloria en esa ruleta rusa que te endiosa o te hunde en la más miserable de las zozobras, en el desengaño de los miles de seguidores de la Catedral y del resto de España que creíamos en la victoria rojiblanca.
Siempre queda el consuelo de decir que el Athletic Club ha vuelto a mostrar dignidad también en la derrota, lo que dará opción a preparar ulteriores citas desde el convencimiento de que alguna vez la alegría será completa, pero no es suficiente. Todos los sabemos.
Ayer, escuchando la radio, sabiendo que el Betis (precisamente el equipo al que profesa adhesión mi progenitor –bien se rió de mí-) se ha llevado la final futbolística en la lotería, en una rifa casi siempre inicua que le suele dar la victoria a aquellos que menos han bregado por vencer.
El 22 de junio de 2002 Joaquín falló el penalti que hubiera situado a la selección española en las semifinales de una Copa del Mundo. Ayer tuvo que meterlo. En fin, que como se bien dice en estos casos se le queda a uno “cara de gilipollas”.