martes, 19 de abril de 2005

La homosexualidad en el cine de Hitchcock, por Izaguirre

Hace ya muchos años que prestigioso crítico Robin Wood salió del armario prorrumpiendo a los cuatro vientos su homosexualidad. Esto trajo consigo que el cineasta al que había dedicado sus mejores estudios a lo largo de su vida, Howard Hawks, fuera el centro de una nueva revisitación de sus códigos cinematográficos desde el punto de vista ‘gay’, analizando toda su filmografía en base a esta tendencia sexual. Su brillante indagación pasó a convertirse en una soterrada perspectiva desde un enfoque en el que en cada película del maestro Hawks extraía unos excedentes dispositivos abiertos a la homosexualidad. Wood transformó con su renovado y enorgullecido enfoque cualquier elemento de simple amistad entre dos hombres (incluida en la magistral ‘Río Bravo’) en apócrifas relaciones que iban más allá, suscitando todo tipo de alusiones homosexuales en las películas de Hawks.
Ayer por la mañana, el ínclito Álex de la Iglesia ha presentado ‘El armario secreto de Hitchcock’, el nuevo libro de Boris Izaguirre (ojo a su página), ése carismático animal de la fauna letrinera que anida en el inefable ‘Crónicas Marcianas’. En él, Boris retoma la idea de Wood establecida en la grafía homosexual de algunas escenas del mago del suspense que el propio autor define no como una reivindicación del maestro británico sino como una forma de ver el universo Hitchcock desde otra geometría. De la Iglesia ha descrito la nueva obra del venezolano como “un libro frívolo que se acerca a un personaje frívolo de una forma rigurosa. Se acerca a la profundidad de Hitchcock a través de lo efímero”.
Supongo que dentro de este periplo a lo largo y ancho de los ‘momentazos homo’ de Hitchcock, Boris habrá subrayado algunos de incuestionable perentoriedad, ya que, pese que el ‘Maestro del suspense’ era un católico victoriano convencido siempre, y esto es algo bastante irrebatible, sintió curiosidad por el mundo ‘gay’, pero de un modo bastante rudo y retrógradamente delicioso, cercano al entorno homofóbico y no al fulgor metódico que pueda contemplar Izaguirre. Así, tenemos ‘La Soga’, con protagonistas fehacientes ‘gays’, personajes interpretados por Farley Granger y John Dall, en esa ambigua relación de secretismo y dependencia de ambos asesinos. O en ‘Extraños en un Tren’, donde se ofrecía un retrato de la homosexualidad descrita en la juventud que auspicia sofisticadas dosis de inteligencia, riqueza, diletantes de lo ‘snob’ y, rebatiendo el tópico, una madre posesiva, como la de Norman Bates en ‘Psicosis’.
También el lesbianismo latente y subvertido de ‘Rebeca’, cuando la pérfida ama de llaves, la señora Danvers (Judith Anderson), enseña a su nueva señora la lencería de la difunta que da nombre a la película. Tampoco se puede olvidar la atracción que siente en el joven Leonard (Martin Landau) por su jefe Philipp Vandamm (James Mason) en ‘Con la muerte en los talones’. Y, por supuesto, espero que no se haya olvidado la pluma del cronista marciano de incluir en su itinerario homosexual por el cine de Hitchcock la británica ‘Asesinato’, en la que uno de los personajes, en sus secuencias principales, se suicida vestido de mujer debido a la contrición de una naturaleza no aceptada o que los dos aficionados al críquet eran igualmente homosexuales en ‘Alarma en el expreso’. A pesar de sus pretensiones, las páginas de este libro no ofrecen nada nuevo. Boris afirma que Alfred Hitchcock no era misógino, si no que, muy al contrario, trazó una mujer fría cuando ser fría era un ejemplo al que aferrarse para ser una mujer independiente. Una aserción que a los amantes y estudiosos del maestro se nos antoja bastante equívoca.
Habrá que echarle un vistazo a este nuevo compendio ‘hitchcockiano’ para ver si Boris acepta los límites que propugna su objetivo o exagera sus finalidades con la proliferación de una posible fallida ponderación. No he leído ‘Morir de glamour’ ni ‘1965’, pero reconozco que sí he profundizado en algún que otro libro del señor Izaguirre. No me cae particularmente bien este autor. Personalmente me parece un ‘autoproclamado’ erudito de lo elegante y ‘glamouroso’, cuando adolece de estos epítetos con sus esperpénticas exhibiciones de lamentable gusto. Sin embargo, he de reconocer que en ‘Fetiche’ y, sobre todo, en ‘La verdad alterada’ el showman consiguió sorprenderme con un agudo cinismo, desarrollado bajo su ironía y una escritura de lectura ágil y amena en sus excelentes crónicas que tienen como factor común una buena dosis de inteligencia y atracción.