miércoles, 6 de abril de 2005

'Garden State': sorprendente atracción.

Existen filmes que, lejos de ser propicios para una buena o mala crítica, más allá de sus bondades artísticas o interés cinematográfico, reúnen ciertas particularidades que despiertan a la subjetividad del espectador, en este caso a mí, una especial atracción. Películas que, en definitiva, aúnan un inusitado engarce con el espectador. También depende del día de cómo se acerque uno al cine. No hay nada establecido para conectar con un filme, simplemente se produce una entrega del público que se deja llevar, exonerándose a una historia insólita, cómplice de lo que sucede en la pantalla. Historias en las que, por norma, aparentan, bajo su desabrimiento, una percepción de que no pasa nada. Aún así, la película te cautiva, a sabiendas de estar viendo un producto minoritario que ni el resto de la sala no capta, ni comulga con sus valores, situándote en un concilio genérico de la tragicomedia llena sencillez, sinceridad y cercanía tan difíciles de ver hoy en día.
Esta tarde he visto ‘Garden State’ (aquí titulada ‘Algo en común’), de Zach Braff. Ni siquiera tenía pensado ver esta película. Ha sido fortuito, un incidente visual imprevisto. He entrado porque ‘Hierro 3’, de Kim Ki-Duk se proyectaba en una sesión posterior. Así que me he dejado llevar sin reservas por la incógnita de no saber muy bien qué iba a acontecer en la pantalla. Y me he encontrado con una película cautivadora y extraña desde el primer momento; presentando personajes inconsistentes, mentirosos, 'freaks' fracasado, adictos a todo tipo de sensaciones y fñarmacos, necesitados de amor, un drama extrañamente divertido, ajeno a una estructura narrativa comprensible. Todo pasa porque sí, sin ninguna explicación, dilatando instantes intrascendentes y soslayando aquellos primordiales.
Hay películas sobre las que no me gusta escribir críticas, sencillamente porque pasan a formar parte del descolocado arcón de mis recuerdos fílmicos, obras que intuyes impropias, pero a la vez privativas, tuyas, como si hubieran escrito el argumento pensando en que te va a gustar. Sabiendo, además, que por mucho que pase el tiempo, seguirán vivas en tu memoria. Por lo general, no suelen ser grandes películas. Me atrevería a decir que todo lo contrario. Sin embargo, uno siente afinidad hacia ellas. Ni siquiera respondiendo a ningún criterio de identificación.
Hoy he sentido una extraña filiación como la que advertí cuando vi películas más o menos reconocidas como son ‘In the soap’, de Alexander Rockwell, ‘Mizu no naka no hachigatsu (Fishes in August)’, de Yoichiro Takahashi, ‘Box of Moonlight’, de Tom DiCillo, ‘Niagara, Niagara’, de Bob Gosse, ‘Gas, Food Lodging’, de Allison Anders o la reciente ‘Station Agent’, de Tom McCarthy. Obras pequeñas que, independientes o no, sin una distribución adecuada, se adhieren en la retentiva personal de cada uno.
Hoy, viendo a la dulce Sam (la cada vez más superlativa Natalie Portman) y su delirante y progresiva historia de amor con Andrew Largeman (interpretado con solidez por el director y guionista de la cinta Zach Braff), he constatado cómo una película que deambula sin rumbo fijo puede ser clarividente y lúcida, melancólica, extravagante, pero a la vez poco convencional sensible y cómica.
Realmente sorprendente.