domingo, 20 de marzo de 2005

Terror de clausura

El viernes, acompañado por mis más terroríficos recuerdos infantiles intrincados en mi memoria, tuve la oportunidad de reencontrarme con ‘La Residencia’, del menestral demiurgo, mayoral del cine de género fantástico en España, Chicho Ibañez Serrador. Volví a descubrir un filme impecable, armonioso, de una insultante sutilidad que maneja los hilos del terror con innovación y destreza con vocación de clásico, de cine inalcanzable. Tanto, que hoy resultan inaccesibles para los nuevos realizadores. Ahora somos meros discípulos que alumbramos rudimentarias menudencias al lado de ‘La Residencia’ y ‘¿Quién puede matar a un niño?’, los dos únicos filmes de nuestro propio tótem del escalofrío. Si los americanos tuvieron el placer de favorecer el talento de un gordo inglés pervertidamente oscuro apodado ‘el mago del suspense’ y una referencial serie, tenebrosa y escalofriante, sobre los instintos y miedos básicos con el nombre de ‘Twlight Zone’, en este país de decadencia icónica deberíamos venerar y exaltar la figura del gran Chicho.
En esta sociedad ibérica tan olvidadiza e ingrata en la que vivimos, habituada a encomiar la mugre y lo zafio, castrada de genialidades y necesitada de nuevos designios tanto artísticos como fílmicos, no valoramos en su justa medida estos dos testimonios históricos en nuestro cine, formalizados en dos prototipos de desgarradora fuerza y maestría plena, de un discernimiento de la narrativa enaltecida a un nivel superior. ‘La Residencia’, es una pesadilla gótica que, lejos de parecer una obra primeriza, un arriesgado debut de un genio en ciernes, se revela como una preceptora obra de contención, de una sutileza encontrada en la búsqueda por evitar la truculencia, asentada en su deliberada lejanía conceptual en cuanto a su indefinido origen geográfico que transporta al espectador a estado de tensión constante, acopiando el drama y el terror en un muestrario de depravaciones que van amplificar el estado de ésa angustia, atmosferizando lo insostenible. Todo está ahí; la mórbida perspectiva del lesbianismo, la crueldad sexual del sadomasoquimo, la necreofilia, la turbia e incestuosa tortura, la espeluznante represión moral y espiritual que sale al exterior en forma de iniquidad. Todo ello reflejado con una intencionalidad soterrada asombrosa.
Regresé a ese sueños de infancia, sentí cómo me recluían forzosamente en el Palacio de Comillas con la opresora Señora Fourneau (Lilli Palmer, siempre presente en el subconsciente colectivo), compartiendo espacio y tiempo con Irene, Theresa, Isabel, Pedro Baldie, Brecherd y el pervertido Luis. Volví a observar con afección lasciva a esas pobres chicas ducharse con el camisón puesto, con sus transparencias húmedas que tanto me perturbaron cuando era un crío de 6 años. Recuperé con un nuevo enfoque el asesinato en el invernadero, ese prodigioso ralentí en el corte antes de sesgar un cuello, subrayando el horrible instante o el castigo físico y las miradas cautivas de un cabrón salido. Sin golpes efectistas, sin sustos, haciendo que el clímax se alcance con un contexto enfermizo que va obstruyendo y asfixiando su insoportable atmósfera, sabiendo fusionar su fúnebre éter en contraste con la ingenuidad y candor que expelen sus jóvenes protagonistas.