sábado, 26 de marzo de 2005

Review 'Asalto al distrito 13'

Un asedio carente de emoción
Jean-François Richet lleva a cabo una insípida actualización del clásico de Carpenter, cuya esencia de tensión y claustrofobia se pierden en el camino de su modernización.
En esta irracional fiebre del ‘remake’, cada día más extendida en el cine norteamericano, corriente fílmica que manifiesta la anemia de ideas originales y el anquilosamiento por el que atraviesa la cinematografía yanqui, uno de los preceptos autoimpuestos para su entendimiento es, al menos, respetary mantenerse fiel al espíritu del original. Pues esta simple premisa, obtenida en no muchas ocasiones, parece ser que no es suficiente para que un 'remake' mantenga la coherencia que se le supone a este nimio ejercicio de reiteración. Un gran ejemplo de esta desvalorización en la duplicación de películas ya rodadas es ‘Asalto al distrito 13’, la nueva visión del clásico de serie B rodado en 1976 por John Carpenter ‘Asalto a la comisaría del distrito 13’. En esta nueva traducción actualizada, la idea conceptual y esquemática, sin concesiones a la narrativa malabárica, se mantiene e incluso se incrementa desde la perspectiva del francés Jean-François Richet, que toma la excusa argumental de la película de Carpenter: el asedio sufrido por los ocupantes de una comisaría a punto de cerrar por una mesnada exterior que hará todo lo posible por acabar con sus vidas.
Hasta aquí muy bien, el respeto y finalidad de lealtad cinematográfica hacia el maestro es innegable. Pero hay algo que no funciona, que distancia este redundante producto de su predecesor. Tal vez sea que esta revisión no suscita ningún tipo de desasosiego, de tensión claustrofóbica y de efectividad, debido a que el espectador sabe perfectamente dónde está, el entorno es demasiado familiar. Y es que aunque Richet no se aleje de las gélidas sombras y disparos, del contexto opresivo y estremecedor, en el que la irracional violencia del colectivo externo proviene de ‘La noche de los muertos vivientes’ (máxima referencia a la monumental novela de Richard Matheson ‘Soy Leyenda’), el realizador galo no encuentra el vigor y la actitud resolutiva para supeditar lo significativo a lo trivial, haciendo que las perfiladas relaciones interpersonales que forjan sus protagonistas, aislados y destinados a entenderse si quieren sobrevivir, ensombrezcan cualquier tipo de tratamiento de la soledad o los sepulcrales silencios de la original, rotos por esas ráfagas de tiros de la oscura amenaza. Hay un excesivo diálogo en sus esteriotipados personajes como para que funcione al nivel dramático del clásico de Carpenter.
De todos es conocida la adhesión de director de ‘Halloween’ al ideal de Howard Hawks y su infiltrada utilización de la consubstancialidad más auténtica del ‘far west’. En ese sentido, este nuevo ‘Asalto...’ poco ha cambiado de aquél western urbano con forma de thriller, donde los indios, reflejados en una pandilla juvenil llamada ‘El trueno verde’ en busca de venganza, han sido sustituidos por un grupo de policías corruptos que quieren acabar con el único testigo que puede delatarles. Asimismo, el fuerte a ocupar ya no es una solitaria y desértica dependencia policial de Anderson, en Los Angeles, sino una destartalada comisaría en pleno corazón de Detroit, ambas a punto de cerrar. Desde el principio, este ‘remake’ deja bastante claro cómo ha cambiado la sociedad actual respecto a la de los 70, idiotizándose deliberadamente bajo la hipocresía moral que nos rodea.
En ‘Asalto a la comisaría del Distrito 13’ (curiosa traducción, ya que se trataba de la comisaría 13 del distrito 9), de John Carpenter, la raíz del acoso procedía de las ansias de venganza del grupo juvenil hacia un padre que veía cómo éstos mataban a su hija de seis años sin motivo alguno, resarciéndose con un disparo que acaba con la vida de uno de ellos. En la actualidad que una inocente niña reciba un tiro a bocajarro con un helado de la mano, es una imagen inconcebible en Hollywood. La rebeldía de esta juventud encolerizada era lógica, teniendo en cuenta que seis componentes de su banda habían sido acribillados por la policía, situación en la que Carpenter propuso las relaciones entre las bandas y las fuerzas de orden público como una batalla fruto de la ineficacia política de la época. Para la versión de 2005 es mucho más fácil, sin tanto calado de violencia gratuita, haciendo que la trama gire en torno a los valores morales, acomodando a los sitiadores como una treintena de policías corruptos pretendiendo salvaguardar sus espaldas. En 1976 Bishop era el policía negro primerizo, el accidental héroe que en su infancia había coqueteado con la delincuencia. Ahora, Bishop se ha transmutado en el íntegro criminal que no duda en ponerse de parte de la ley, ya que esto le beneficia, perdiendo así la figura del socarrón y carismático Napoleón Wilson, un recluso que se regía bajo el instinto de supervivencia. La iniquidad de la propuesta actual de esa carcoma de estos agentes de policía deja mucho que desear si se confronta con aquel ‘cholo’ (una lucha a muerte) de Carpenter.
Son muchas las diferencias que hacen que este ‘Asalto…’ de 2005 esté muy por debajo de su progenitora, fundamentalmente en la exposición general de sus personajes. Mientras que Carpenter definió los caracteres de sus acorralados roles en una insubordinación a los cánones impuestos en el filme de Richet todos representan a un personaje típico del género. Los tres protagonistas de la cinta del maestro Carpenter, Leight (Laurie Zimmer) una secretaria impasible y tenaz, Bishop (Austin Stoker), el policía negro héroe a supesar y Wilson (Darwin Joston), un peligroso criminal que actúa al lado de la ley para sobrevivir no estaban a gusto en el tópico que se les imponía, insubordinándose a los preceptos genéricos. Ahora no, la pérdida de identidad del filme de Richet, además de claudicar ante lo común de una trama que pierde cualquier nivel de intención alegórica que poseía la película de 1976, tiene su peor enemigo en el guión de James DeMonaco (‘El negociador’) que se excede en la prototipificación de su fauna, iniciado con ese prólogo donde vemos a Roenick (en las facciones del cada vez más demacrado Ethan Hawke) fracasar en una operación antidroga en la que pierde a sus dos compañeros. Ya tenemos la excusa perfecta para conocer los fantasmas del heroico protagonista, de comprender su ‘modus operandi’ y sus reacciones ante el ataque policial de su comisaría.
La excesiva personalización no sólo se rotula en el personaje principal y en su forzoso acólito Bishop (Lawrence Fishburne, ejerciendo otra vez de Morpheo), el problema es que se despliega a los demás personajes secundarios, que toman más protagonismo del esperado; una secretaria deseosa de sexo con chicos malos (la muy ‘carpenteriana’ Drea de Matteo), un policía irlandés a punto de jubilarse (un envejecido Brian Dennehy), un drogadicto nervioso e irracional (histriónico como siempre John Leguizamo), y una incapaz psicóloga (una insulsa Maria Bello) adquieren un protagonismo desnivelado en función de la acción.
La originalidad se pierde por completo, la falta de recursos argumentales y la superposición de la acción en detrimento de la cadencia que significaba el hermetismo claustrofóbico de la original se unen al recursivo apego de Richet por el constante movimiento de cámara para encontrar el ritmo visual, último recurso utilizado por Carpenter en su segundo filme. También se desmejora el nuevo ‘Asalto…’ en el desarrollo lógico de la trama, apoyándose en un pretendido realismo (la justificación argumental de todo lo que pasa) que cercena cualquier intención de insinuación, de subversividad, incluso el enfoque dramático del angustioso encierro queda mutilado con ese final a campo abierto (ojo, en un bosque en medio de Detroit, en el centro de la ciudad) que descompone el clímax logrado por Carpenter con aquel atrincheramiento en el sótano de la comisaría con sólo ocho balas para frenar a la horda de agresores. Si a este escamoteo de intenciones le añadimos que en el filme de Richet la oscuridad es mucho menos sombría gracias a la ajustada fotografía de Robert Gantz, que empaña el asfixiante objetivo de claustrofobia y tensión que logró Carpenter, nos queda bien poco.
A cambio, Richet brinda un arsenal de secuencias de acción, de ráfagas de cine de género bien rodado, con buen pulso amparado en el alarde técnico, siempre en función de un espectáculo que termina siendo vacuo, enérgico y eficaz, eso sí, pero carente de emoción. Un producto de innegable capacidad para distraer, pero sin llegar a más. Se pierde, por tanto, el nivel de tensión del inquietante tratamiento de las tribus urbanas suplantado por un anodino policía con los rasgos del siempre fallido Gabriel Byrne en otra espeluznante interpretación, con lo cual, todos hemos salido perdiendo. Tampoco escuchamos los punteos sintetizados de Carpenter que dan esa peculiar energía a la acción, ni concurre en su interior una escéptica visión acerca de la aquiescente actitud de la sociedad americana, ni se ha mantenido el sentido del humor irónico que salpicaba el filme del maestro de la serie B, ni se percibe algún signo de inquietud por aportar nada nuevo a la historia. Por lo tanto, no existe un motivo claro y justificable para esta revisitiación cuya intrascendencia es identificable a estos tiempos de desabrimiento y oprobio ‘hollywoodiense’.
Miguel Á. Refoyo © 2005