jueves, 10 de marzo de 2005

Muere Debra Hill, la pionera de las productoras

Hay veces en que la desconexión del mundo exterior, debido en gran parte a un buscado autismo existencial, te hacen excluirte de lo que sucede en este desequilibrado mundo. Ayer J.P. Bango me transmitió una triste noticia: Debra Hill ha fallecido. “Las catacumbas de la independiencia tiemblan”, apostilló este gran individuo y prosista.
Con la muerte de Debra hace un par de días, los amantes del cine (y más concretamente de John Carpenter –que es como si habláramos de la divinidad fílmica a la que glorificar-) hemos sentido una pequeña orfandad espiritual, una tribulación un poco más sentida del puro trámite de la misericordia anímica, del efímero lamento con el que temporizamos todas las muertes ajenas a nuestros vínculos más personales. Es decir, aquéllas que, sin ir más lejos, nos resbalan.
La desaparición de Debra no supone sólo la pérdida de una de las primeras mujeres productoras, una pionera dentro del mundo del cine. Decir que Hollywood ha perdido a una de sus escasas precursoras dentro de la producción es insuficiente. La razón es bien sencilla, ya que ella nunca estuvo inmersa en la maquinaria hollywoodiense. Su grado de integridad, de lealtad a sí misma, independientemente de las bogas perecederas, le hicieron correr con el axiomático débito que se le exige a un verdadero productor independiente: aceptar los riesgos haciendo las películas en las que creía. En una época, los 70, en que la mujer era un efectivo ornamento laboral en profesiones secundarias, como la de ‘script’ o maquillaje o peluquería, Hill aceptó el reto de luchar en un mundo de hombres.
Escribió en menos de diez días la película por la que hoy todo el mundo la recuerda, ‘Halloween’, junto al que sería entrañable paladín de la libertad cinematográfica, John Carpenter, con el que ha mantenido una indestructible ensambladura profesional determinada en la audacia y los designios menestrales de arriesgados proyectos donde la explotación de ignotos terrenos creativos ha sido el estimulante de una carrera intachable y honesta, que es lo mejor que se puede decir de esta gran dama del celuloide.
Junto a Carpenter creó además de ‘Halloween’ (una saga a la ha estado ligada hasta su última parte), ‘La Niebla’, ‘1997: Rescate en Nueva York’ y su secuela en Los Ángeles, títulos referenciales que la convirtieron en una productora capaz de apostar por un cine personal, consolidándose poco a poco en una jauría de ‘majors’ e intereses hasta fraguar una filmografía tan sincera y virtuosa como reivindicativa, a los que se fusionan ‘La zona muerta’, ‘Aventuras en la gran ciudad’ o ‘El Rey Pescador’ entre otras. Lo último hubiera sido la producción del innecesario ‘remake’ de ‘The Fog’ y la preparación de una película sobre los atentados del 11-M.
Con 54 años, Debra Hill abandonó este mundo tras perder una batalla contra el cáncer, la enfermedad que casi acaba con Carpenter tras una década de sufrimiento.