miércoles, 16 de marzo de 2005

Apoteosis en Madrid

Recuperado de dos días frenéticamente oligofrénicos, llenos de sorpresas, reencuentros, viables éxitos y el mejor y más caluroso pase de ‘El límite’ (nunca en ninguna proyección hasta el momento hubo tan buen ambiente) vuelvo al automatismo del Abismo con la conquista madrileña a mis espaldas, agradeciendo, ante todo, el aluvión de buenos comentarios, observaciones y críticas que se vertieron el pasado lunes tras la proyección del cortometraje en su esperada muestra en la capital. La gente de Madrid me quiere.
Antes del cortometraje, y después de una conversación semiexistencial con el socio de mi productor y amigo, en la que llegamos a un estado de negatividad insultante hablando del actual enclave del cine español, consumando los casi cien minutos en dos palabras: decepción y estulticia, casi no llego a mi propia puesta de gala al pasar la tarde compartiendo las desinhibidas risas y carcajadas con Jorge y Zapa, entusiasmados sectarios del ‘Grand Theft Auto: San Andreas’, un juego tan adictivo como sugerente, tan violento como perfecto, un excepcional trabajo dentro de su género, una joya del ocio para consola que está teniendo problemas por su contenido debido a una mala gestión (nadie se aclara) con su regulación de contenidos para impedir el acceso de los menores. Así, durante más de tres horas, entre cerveza y cerveza, convertimos al inmenso negrata que Jorge había confeccionado como indestructible ‘alter ego’ para su ‘gang action’ en un esperpéntico fantoche acicalado con unos calzoncillos de corazones, una camiseta de tirantes, unas chanclas, un sombrero de leopardo con ala y, para más socarronería, unas gafas de carnaval con nariz postiza.
Todo ello, portando un miembro de goma en forma de falo conseguido en las duchas de la comisaría de policía. En plena acción, en plan Travis Bickle, por una ciudad construida al milímetro para la expulsión de adrenalina visual. Suena surreal, pero este juego es el remedio más original, ‘cool’ y extraordinariamente divertido para liquidar el aburrimiento de la vida real. Aunque la vida real sea tal vez más divertida, a tenor de una joven que iba gritándole por teléfono improperios casi blasfemos a un interlocutor desconocido, ofreciendo un espectáculo bastante lamentable cuando salimos a toda prisa hacia la calle Arenal.
Nunca había estado en el Palacio de Gaviria, un espectacular y señorial antro bastante inasequible construido en 1846 por orden del banquero Manuel Gaviria y que está inspirado en el Palacio de los Farnesio, de Miguel Ángel. Trece salones de diferentes ambientes conectados entre si, que sirven como cúmulo de ambientes en un discoteca imponente y monumental, muy del estilo de las cámaras victorianas que recorre Tom Cruise en 'Eyes Wide Shut' escondido tras una máscara. Una pena que el lunes no sucediera lo mismo y en vez de asistir a una orgía sectaria vestido con capa, simplemente lo hiciera a la muestra de tres cortometrajes, entre ellos el mío. No tuve que mascullar a nadie la palabra “Fidelio”, pero a cambio la ya célebre y atractiva Mar Muro, un encanto de mujer con muchos encantos, retribuyó mi presencia con dos invitaciones para sendas consumiciones. Y dados los escandalosos precios (que más que precios eran hostias al bolsillo del respetable), fue una suerte poder mojar el gaznate con un frío néctar, sea de la clase que fuere.
Nuestra sala era bastante amplia con capacidad para una multitud entregada a las tres piezas, pero no lo suficiente como para evitar una aglomeración condensadora de un calor intolerante, en paridad a una granja de pollos reconvertida en un público sudoroso. Al igual que los cortos ‘El círculo’ y ‘Esto no es una pipa’, de Mariano Gómez (un tipo simétrico a Jaume Balagueró) y Jaime Goéz (simétrico a Fito Paez), respectivamente, el pase de ‘El límite’ no sucumbió a la indiferencia y gustó bastante, reconociéndonos el duro esfuerzo vertido en un proyecto que ha tardado dos largos años en poder verse en Madrid. Cautivó a las personas que me incumbían, a las que no, a gente del medio cinematográfico, a espectadores ocasionales… Lo más destacado de una ceremonia llevada por una anfitriona incondicional de la equivocación verbal, fue la posterior e improcedente sesión de ‘show’ cómico alentado por mi absurda capacidad de transformarme en un Chevy Chase de tercera, respaldado por mis acólitos que, ajenos al sentido del ridículo (Amable derribó la pantalla donde se proyectaban los cortos), desacreditaron el acto con unas nada ingeniosas preguntas, lances burlescos y peticiones de imitación en un episodio chocante y anormal, un poco como yo, como mis amigos, como el evento en sí, discontinuo entre los tres trabajos para que la gente consumiera. Os aseguro que ha sido el pase con más energía positiva de los que se han producido. Y, desde mi punto de vista (demasiado subjetivo y partidista), el más divertido.
Después, la fiesta fue perdiendo adeptos con tempranos quehaceres diarios que se abstuvieron de dejarse llevar por la dipsomanía madrileña; estuvieron parte de mi equipo (incluido Raúl Prieto y el compositor Darius Palomo), el foro de la bestia, los Bernales, amigos comunes a todos, los Alvariño (por cierto, con la gran noticia de que Javi estará en el equipo de dirección artística de ‘El laberinto del Fauno’, de Guillermo del Toro), Eugenio Mira & Co, la grata sorpresa de ver a los salmantinos RSP y Marta venidos desde aquí, algún Moviden que otro, Frunobulax, Perillas y esposa, todos ellos acompañados por rostros que tiene que ver con mi vida pasada y presente. Pero, al contrario de lo que yo pensaba, Madrid tiene vida nocturna, con fauna amiga de la fiesta y el desahogo alcohólico. De todos los que comenzamos el pequeño gaudeamus cervecero, logramos llegar al divertido etilismo noctívago el gran Tocho (2’04 de buena persona), el enloquecido Zamanillo (el coordinador de efectos del corto, también en peregrinación desde Charrilandia) y Ginés, el arreglista de Roque Baños, un individuo encantador que sólo al final de la noche se arrancó a contar anécdotas y trabajos junto al mejor compositor que hay en España. Una cogorza bastante mítica y lisonjera difícil de olvidar.

Zamaphex Twin, con su bocata y su Cola-Cao.
Acabamos más allá de las 7 en un bar, reponiéndonos del pedal con un surtido de desayunos más típicos de desatinados y perturbados gourmettes que de personas normales. Somos ‘freaks’, hay que asumirlo de una vez.
Como última anécdota, ayer, después de una conversación existencial sobre el cine y la vida con Mikel Alvariño y Eugenio Mira, estuve a punto de perder el tren por el famoso edificio Windsor, al permanecer cerrada la puerta de acceso al metro que normalmente utilizo. Varios kilómetros corriendo y sudando, sintiéndome como un infame adiposo detrás de un pastel, por fin pude regresar a este orbe universitario.
Algún día contaré cómo un paleto con camisa de rayas consiguió, con un inglés de primaria, engatusar a dos curvilíneas extranjeras sin nociones de español en pleno viaje. Deplorable situación.
Por supuesto, no podía faltar un albúm de fotos de la noche en que Madrid recibió nuestro cortometraje con los brazos abiertos en una emocionante velada.
Y aquí un vídeo recuperado del momento que, a pesar de su sonido, refleja perfectamente el ambiente allí vivido en una noche que pasará con letras de oro a mi memoria, a la del equipo de 'El límite', a todos los que allí se dieron cita.