domingo, 27 de febrero de 2005

Viviendo en directo la 'Deep Spain'

Tampoco quiero explayarme mucho sobre el palmarés, de hecho ni lo voy a reseñar, pero como todos preveíamos, no nos llevamos nada en el II Pata Negra de Guijuelo. Lógico, teniendo en cuenta que en el Jurado había gente que me tiene en desconsideración porque, para ellos, personifico a otro medio periodístico que me empuja a una rivalidad absurda y bastante cateta. U otros que, profesándose en indefinidos facsímiles de una pretendida redacción a lo Carlos Boyero o puretas cinéfilos de enraizados gustos clásicos que se ofuscan en su masturbatoria perspectiva de un tipo de cine arcaico, rancio y, en muchos casos, insoportable, no saben reconocer ni el riesgo, ni la intención y mucho menos la calidad de un producto innovador (y por supuesto, no me refiero a nuestro corto). Eso sí, ecuánimes son un rato. O ellos así se lo autoinculcaron.
Homenajear al gran Antonio Ozores queda fuera de toda duda a la hora de conceder una merecida retribución en forma de deferencia, el reconocimiento de un hombre prolífico y entrañable que ayer dejó el pensamiento de lo olvidado que tenemos a viejas y grandes glorias de nuestro cine. Un ilustre cómico ante el cual nos descubrimos en la gala de entrega de premios. Lo que ya no es tan excepcional es el concepto de artista famoso que deben tener el Guijuelo. Si durante toda la semana se han enorgullecido por traer a medio casting de la serie ‘Cuentame’, lo de ayer no tuvo parangón, amigos. Allí, berreando, gesticulando y dejando tras de sí una estela de patética francachela con pose de diva venida a menos, la mismísima Marujita Díaz (ojo a su página web) impuso los momentos más esperpénticos de la velada. “Viva la madre que te parió”, gritó al gran Ozores en un arranque de falsa espontaneidad, “este pueblo huele a sustancia, la del jamón que viene del cerdo que come bellotas” acertó a definir este icono del freakismo ibérico, símbolo de la impudicia más funesta de la carpetovetónica escena artística de la España cañí. Ridículo y tétrico, ambos conceptos remezcladas con en una batidora minipimer.
En fin. Como crónica improvisada, me gustaría señalar particularmente dos momentos álgidos de una gala demasiado larga, algo aburrida, pero con intenciones de no serlo. Pero sobre todo, opresivamente calurosa. Y no es por la sensación de presión del ambiente, si no por los 25 grados de calefacción que padecimos.
La primera alude al inexperto e improvisado presentador del evento, el director de ‘El chocolate del loro’, Ernesto Martín (gran tipo), que hizo lo que pudo para sacar adelante con dignidad todas las presentaciones, cuando concedió la mención especial a la mejor fotografía a un corto en vídeo (que a posteriori ganó el primer premio de la categoría), frunciendo el ceño en el momento en que el director del corto subió a por el jamón en miniatura diciendo “es una sorpresa porque la fotografía no tiene nada. Bueno, quiero decir, que no utilizamos ni focos ni nada. Bueno, esto… me refiero…”. Os juro que es trascripción pura y dura. Tras este insólito ‘speech’ sonrió y agradeció.
Lo segundo fue hacer subir a los participantes, ganadores y perdedores, al escenario dejando ver las caras de frustración de los que no se habían llevado premio en cabrona analogía con las de los sonrientes premiados. Y yo allí, entre todos, al lado de Ozores, detrás de Marujita Díaz y con la posibilidad de poder darle una patada a Zoe Berriatúa (agachado justo delante de mí) por perpetrar algunas de las peores interpretaciones vistas en este país, mirando a la nada y aprendiendo del enésimo descalabro en el mundo del cine. La conclusión positiva ha sido que hemos sido seleccionados entre más de 400 cortos y, sobre todo, la impresionante acogida del miércoles de ‘El límite’ por parte de los guijuelenses y salmantinos.
Eso, consecuentemente, es lo más importante.
Espero que esta madrugada Nacho Vigalondo tenga mucha más suerte con su '7:35 de la mañana' en la gala de los Oscar que, si todo va bien, podré disfrutar (o padecer) esta noche.