lunes, 14 de febrero de 2005

San Valentín ha muerto

Como ya escribí y confesé en los principios del Abismo, no creo en el amor. Soy un misántropo que renunció hace tiempo a esperar que esa persona especial aparezca. No creo en la dualidad espiritual del amor. Por lo que hoy, día de los enamorados, San Valentín, es un día me la sopla de un modo espeluznante. Me es indiferente todo el sentido de esta jornada y la mercadotecnia hipócrita (como cada celebración multitudinaria y plural) que encierra. Eso que me ahorro.
Tampoco no soy un impío escéptico, un ascético suspicaz desalentado ante estas cuitas emocionales. Ni mucho menos. Siempre he optado por esa extraña y familiar forma de ‘pseudoamor’ que se ha dado en definir como amor sentimental, el cual recoge su esencia en un amor que sólo se experimenta en la fantasía, en la creación propia o ajena de este tipo de idolatría pasional y engañosa que algunos han dado en llamar amor. Imposible que nada salga mal. Todo es perfecto y existe cabida para un final feliz. Antepongo esa gratificación amorosa sustitutiva que experimenta uno cuando lee un libro, ve una película, disfruta un cómic (porque los cómics se disfrutan, no se leen) o escuchar alguna canción genérica (me refiero a las baladas, claro está). El aquí y ahora de la relación con otra persona lo dejo para el puro placer de una concordancia sicalíptica. Nada más. Puede que sea un síntoma arquetípico de mis deseos insatisfechos de unión, avenencia e intimidad, pero es lo que creo desde hace tiempo. Ya tendré tiempo de cambiar de perspectiva cuando irrumpa en mi vida ELLA.
Elijo, por tanto, ser un espectador del amor. Así de fácil.
Ahora que lo pienso... ¿Qué es lo que decía Tonino Carotone en su más célebre y escatológica canción de amor? Sí, ésa. Pues lo mismo.